Cada tres meses, puntualmente, Barbosa toca el timbre de mi casa. Lo hace desde hace unos quince años. No supe su nombre hasta el sábado pasado. ‘Soy Barbosa’, dice por el intercomunicador. Solo se presenta así. Sin nombre. Como si supiera que lo estamos esperando. Solo es Barbosa. Hay algo en su nombre, o mejor…
Los bares de mi vida
Nunca fui un buen bailarín. Lo he intentado, pero tengo dos pies izquierdos —lo que simbólicamente cae bien en mí, tildado habitualmente de “rojete”—. Así las cosas, al no saber bailar, creo que me hice un conversador de aceptable performance. Desde las inmensas preguntas sobre la vida y la muerte, hasta la cháchara graciosa y…
Mi viejo pequeño Larousse
En las marcas de dedos en las páginas de mi diccionario puedo aún ver las gruesas manos de mi papá. No solo recordarlo, sino que casi puedo verlo, como el mensaje de la Princesa Leia a través de su pequeño robot, como un holograma. Lo veo arreglar el Toyota Corolla que teníamos, barbicrecido y con sus tatuajes de marinero inveterado, y lavarse luego las manos llenas de grasa con detergente (Ña Pancha, para ser más exactos). Ya que la grasa del auto del no sale fácilmente de las manos, luego marcaba sus dedos en las páginas cuando tomaba el libro para resolver los crucigramas.
