Cocharcas

UN NIÑO MOLLENDINO CONOCE LIMA

En Mollendo no había un semáforo. Hasta el día de hoy no los hay. No son necesarios: jamás se ha registrado un embotellamiento. Tampoco había ascensor. Aunque hora creo que hay uno que otro. Sin embargo, no son muy necesarios, pues las casas en su mayoría son todavía —aunque ya no tan abrumadoramente— de madera.

Por Eduardo Abusada Franco


En honor la verdad, pues se supone que soy periodista y debo buscarla, creo que hay un ascensor en el Hospital Manuel Torres Muñoz, el único cuando yo nací, en un año que rebosaba de aprismo: 1979. Moría el Jefe ya convertido en leyenda, y se firmaba la justiciera Constitución aprista. El resto es historia.

Mi infancia en el Puerto Bravo, como se le conoce a mi pueblo y dice su escudo, fue más bien corta. Vivíamos un tiempo en una casona de calle Comercio, donde están las familias árabes, y de allí pasamos a una casa en la calle Centenario, en la parte alta de la ciudad. Hasta allí tengo recuerdos como residente. Desde luego que volvía todos los veranos, y mi primera educación sentimental empezó en aquel puerto, pero prácticamente hice todo el colegio en Lima. No obstante, no me vinculaba a Lima ni a los limeños. Era un niño muy ensimismado que solo quería regresar a jugar en la playas mollendinas, recorrer con los amigos las veredas resquebrajadas del puerto, cazar ranas en las aguas empozadas del Campín, tirar cordel y pescar borrachos (los peces, no de los otros, que de esos hay también por cantidades allá) en el ruinoso muelle (hoy reconstruido), darle a las canicas o “bolitas” —usualmente las perdía todas— en el juego del ‘ojo’, y jugar a las escondidas —allá le dicen a la ‘esconde esconde’— en el Parque Grau (o ‘parque de abajo’; pues el otro parque, ‘el de arriba’, es la Plaza Bolognesi, el centro de la ciudad).

Siendo aún pequeño ya escuchábamos de los adultos las noticias del terrorismo. Máxime cuando mi familia materna era decidida y participativamente aprista. Recuerdo haber recibido en la centenaria casona de madera de mi abuela la visita de Luis Alberto Sánchez, aquella vez que fue a almorzar y se tomó una buena siesta en mi cama, con ronquidos de oso y todo. Yo no tenía ni idea de quién era ese ancianito de enorme cabeza que llegaba sin avisar, no me traía regalos y encima se agarraba mi cama, pero me hacían fotos con él por doquier. Pobre mi abuela, siempre quiso que fuera aprista, y que sea presidente.

Muelle antiguo de Mollendo.

Muelle antiguo de Mollendo.

Insisto en que el tema del terrorismo era doblemente recurrente en Mollendo, pues en aquel mismo hospital donde di mis primeros alaridos, dicen algunos biógrafos, muchos años antes, nació Abimael Guzmán Reynoso, a la sazón, primo hermano de mi tío Juan Reynoso, casado con mi tía Alicia, la tuerta; y compañero de colegio de mi tío Hugo en el colegio La Salle de Arequipa, quien me contaba que junto con el aún adolescente terrorista eran monaguillos en ese tiempo y encargados de tocar la campana. Faltaban varios años aún para que el inocente monaguillo iniciara la guerra que desangraría al país, y algunos más para que mi tío se vuelva hincha del Barcelona de España, pero esa es otra historia. En fin, ¡menuda condecoración la que nos toca cargar como mollendinos! He leído también que nació en otros lados por allí cerca. Como fuere, Abimael no vivía exactamente en Mollendo, sino en El Arenal, un pueblito más al sur, donde la vida en ese entonces, como hoy, era apacible, ganadera, campesina y aburrida. Por su puesto, todo ello se ha visto de cabeza con la defensa de los ‘espartambos’ contra el proyecto minero Tía María. Hace unos dos veranos me di una vuelta por allí rumbo al Valle de Tambo a comer los camarones más espectaculares que existen en comarcas peruanas, y vi que aún permanece en pie la fachada de la casa del otrora líder senderista. Había escuchado que el inmueble pasó a manos de la Universidad de San Agustín de Arequipa, y asegura la chismografía local que por miedo a alguna represalia del genocida maoísta, la fachada de su infancia no ha sufrido modificación alguna. Lo cierto es que me pareció una casa de familia más, bien amplia, eso sí. Parece ser el mayor atractivo turístico de un pueblo donde lo que más abunda, como lo dice su nombre, es la arena. Y en meses reciente, una invencible resistencia y violencia.

La mención al senderista viene a cuento, pues era una especie de leyenda urbana que se usaba contra los niños en aquel tiempo para asustarnos o tranquilizarnos, según sea el caso. Cuando se tenía noticia de los atentados, nos decían los adolescentes más grandes que Abimael había prometido no atacar Mollendo por haber nacido allí. Es más, decían que una amenaza de muerte, dictada de los mismos labios del ‘presidente Gonzalo’, pesaba sobre aquel subversivo que se atreviera incursionar en el puerto.  Por el contrario, si querían asustarnos nos contaban que había rumores de que habían visto a Abimael y sus huestes entrando por Cocachacra y que venía a volar la Comisaría de Mollendo. Castigado puerto el mío. Ya había sido cañoneada su población por el Cochrane y la Magallanes en abril de 1879, apenas empezada la guerra, sin tener la ciudad un puto cañón para defenderse como no fueran unos viejos fusiles. Y de nuevo como una sombra que presagiaba olor a sangre y pólvora, se esparcían en el aire salado las letras del innombrable: A-B-I-M-A-E-L.

Abimael

Pese a todo, éramos lo que se dice una familia bien instalada. Mi padre tenía su negocio propio y nada nos faltaba. Íbamos a pescar en su jeep Suzuki Samurai abriendo surcos ondulantes en la espuma que dejaban las olas en la orilla, y atrapábamos enormes lenguados y corvinas —bueno, mi papá y sus amigos, yo no; pero hacía el intento—. Pese al terrorismo, que a decir verdad nunca entró de manera directa en Mollendo (al menos hasta donde recuerdo), como no sea con las leyendas urbanas mencionadas, la pasábamos bien. Para mi papá eran sus épocas doradas. Sin embargo, sí había algo que nos faltaba, y que en general no existía por allí: educación de calidad. Desde luego que había colegios y los sigue habiendo, cómo no; pero en los años 80 el futuro rimaba con Lima.

Así el panorama, mi mamá vio por conveniente que nos viniéramos a la capital para tener una educación de primer nivel. El tiempo demostró que no necesariamente tenía razón. A muchos de mis amigos mollendinos les va bien, pero es verdad que también muchos tuvieron que dejar el puerto para encontrar mejor futuro. De otro lado, mis padres se esmeraron para que yo sea abogado. Al final lo consiguieron, pero, tal vez a pesar suyo y de la familia, acabé de cuasi periodista y editor eventual. A pesar de todo, trabajé como abogado un tiempito, pero no fui feliz. Tampoco es que lo sea mucho en el periodismo, pero se me hace más acorde a mi perfil. Como sea, pude descubrir con rabia que ambos oficios están repletos de mediocridad y corrupción. Pero a estas alturas del partido, muchos otros talentos no tengo, así que no me queda más que continuar. Pero volviendo a la historia, era alrededor de 1985. Mi abuela materna tenía un departamento en el edificio Jacarandá, en la Residencial San Felipe de Jesús María, la rica ‘resi’, una de las mejores y más emblemáticas obras del presidente Fernando Belaúnde (ya con los años, las lecturas, la investigación y las conversaciones con fuentes independientes, me enteraría de que mi antiguo admirado arquitecto tuvo una política muy despreciable en el tema de los Derechos Humanos). Es allí en San Felipe donde empieza mi segunda educación sentimental y mi primer y maravilloso entendimiento de Lima, que es finalmente de lo que se me ha pedido que escriba y para lo cual me he tomado una enorme introducción.

Como cualquier niño quería ser futbolista, algo que mi papá y unos tíos frustraron tempranamente, porque yo quería jugar por el Alianza Lima, nada más: “Para jugar por el Alianza tienes que ser negro”, me dijeron. Quedé dubitativo, pero mal que bien, a tiempo frustraron mis intenciones, pues ese fue otro talento que la providencia me negó. Lo aclaro porque tal fue mi primer contacto con Lima: el fulbito. Miraba por la ventana del departamento, desde el segundo piso en que vivíamos, como unos chicos jugaban pelota en el parque. Hasta que una vez el mayor de ellos, que todavía recuerdo su nombre, Lucho, pero no su cara, y que hacía las veces de entrenador, me invitó a bajar a jugar. Entonces, empecé a conocer la ciudad.

Para un niño llegado de provincia, era una ciudad gigantesca, aunque aún no reparaba en ello pues no salía del departamento hasta que Lucho me pasó la voz y luego andábamos en mil mataperradas, pero siempre dentro de la ‘resi’.  Pocas veces nos aventurábamos muy lejos de nuestro territorio comanche. En una de esos recorridos allende de la ‘resi’ fue que me di de cara con la modernidad. Mi mamá me llevó con mi hermano mayor al Centro Comercial Camino Real y quedé extasiado con las escaleras mecánicas. Qué prodigio de la tecnología y la ingeniería. Fue como descubrir una montaña rusa. Subía y bajaba, y trataba de subir por las que se bajaban y viceversa. Empecé a sentirme menos provinciano —tontamente— y a sentirme ciudadano de una “gran” metrópoli. En mis llamadas con mis amigos de Mollendo les comentaba de lo moderna que era Lima. Luego vino otro factor que me marcó en aquel tiempo y que terminó de convencerme de lo supuestamente avanzada que era la capital: el pinball. Yo ya había jugado Atari e incluso otro videojuego anterior donde los gráficos jamás conseguían la forma circular. Empero, el pinball fue para mí todo un descubrimiento. Pasaba tardes enteras allí metido, era el ápice de la tecnología, o eso creía yo hasta que un día con la gallada de la ‘resi’ nos fuimos de excursión a Miraflores —donde hoy vivo— a conocer el Bam Bam. ¡Ese sí quera un pinball! ¡Habían máquinas que se movía con el jugador!

Asimismo, algo que me hizo reparar en el tamaño de esta ciudad fue una ocasión en que escuchamos la sirena de un carro de bomberos. Cuando hay un incendio en el puerto, que no eran pocos porque gran parte es madera, se trata de un acontecimiento social y todos van a verlo. Así que al percibir al carro de bomberos, nos subimos con mi mamá al Toyota Corolla que teníamos —en el que años más tarde aprendí a manejar y hoy es un auto de culto en el drifting— y fuimos tras el incendio. Desde luego que lo perdimos y regresamos sin ver siquiera una fogata.

Residencial San Felipe.

Residencial San Felipe.

Otro descubrimiento que me maravilló fueron las navidades. No precisamente por el fervor ni los regalos, sino por los cohetes. En Mollendo había presenciado fuegos artificiales en los llamados ‘castillos’, pero no sabía que los vendían de manera independiente o portátil si se quiere, y de todo calibre y color. El letal ‘rascapiés’ era inocente aún. Hasta mi papá me lo compraba. Luego ya nos enteraríamos de que varios niños se fueron para el otro patio por tragárselo. En el mes de diciembre, en las afueras del Scala (aún existía) de la ‘resi’, decenas de ambulantes, que el resto del año vendían frutas y verduras y con quienes siempre nos disputábamos un pedazo de pista que ellos usaban como improvisado mercado y nosotros como cancha de fulbito, se instalaban a vender todo tipo de cohetes y fuegos artificiales. Un día, un patita de la mancha, uno de los mayores, ‘el chato’ Brando, me dijo que no había por qué pagarlos. Vi cómo se acercaba entre el barullo y a través los cuerpos de los compradores metía una mano y la sacaba con cualquier cohete que agarre. Así, llegado diciembre, íbamos con nuestra bolsa y como decía ‘el chato’, “jalábamos” todo tipo de explosivos y luces. Claro, ahora me doy cuenta de que no siempre fui honesto, tal vez por ello me hice abogado y periodista más adelante.

De alguna manera, esa “inocente” travesura de llevarnos las cosas sin pagar hizo que me diera cuenta de otra sorpresa con la que Lima me recibió. Acá cada quien hacía lo que le daba la gana. Recuerdo que en el barrio muchos “tíos” orinaban donde les venía en gana. Ignoro si tenían problemas prostáticos, pero con los muchachos empezábamos a ‘hacerles roche’ en mancha y les gritábamos “meón, meón”. Hoy podría decirse que de alguna manera eso se llamaba bullying. También era sintomático que nadie, que yo recuerde hasta bien entrados los años 90 y más, usaba cinturón de seguridad. Los semáforos, que no existían en Mollendo, no sé para qué existían acá. Hoy nos quejamos del tráfico infernal, y es cierto que existe, y también lo es que el parque automotor es mayor; pero cuando conocí la capital era igual o peor. Y no tanto por la gran cantidad de autos, sino que porque el desprecio a las reglas de manejo era más intenso. Es más, el tema ambiental era una utopía y echaban humo como si se estuvieran quemando. Cómo olvidar al mítico Cocharcas. Se parecía al Urbanito que había en mi tierra, aunque el nuestro echaba mucho menos humo. Y hablando de humo, también recuerdo claramente que la gente fumaba donde les venía en gana. En sexto de primaria mi profesora de matemáticas fumaba en el salón. En defensa de los fumadores hay que decir que no existían las leyes antitabaco, y que la mayor amenaza respecto a fumar que nos decían los mayores era que “nos íbamos a quedar chatos”. En cualquier caso, si a un fumador le pedías que apague su cigarro, te mandaba a algún círculo del infierno de Dante.

En buena cuenta, sentía que había una gran ciudad, pero no gobierno. Era la República peruana, donde cada quien hacia lo que la daba la gana. El Estado eran nombres que uno escuchaba en la radio o la tv como Alan García, Olivera o Belaúnde. Era lo más que sabíamos de política, además del nombre del horror: Abimael. Un clásico, la verdad. La escasa presencia del Estado se puso peor con la época de los apagones. Era usual quedarnos atascados en el ascensor del edificio. Por ello, los que empezaron a tener un gran protagonismo y los veíamos más que a la Policía fueron los bomberos, quienes nos rescataban de los ascensores. Tipazos. Lástima que hace poco me enteré de muchos actos de corrupción en el Cuerpo. En ese ambiente fue que el oído adquirió sentido propio y podía calcular con alguna cercanía donde había reventado más o menos un bombazo, y hasta nos atrevíamos adivinar la cantidad de anfo del coche bomba. Las voladuras de torres de alta tensión eran un cuento repetido. Los vidrios de las ventanas se hacían trizas. Había que pegar las lunas con cintas gruesas para evitar las esquirlas. Lo viví en carne propia con el atentado al Canal 2, muy cerca de la ‘resi’ en la Av. San Felipe. Tuve que tirarme al piso abriendo la boca y con una mano agarrándome los huevos, pues tal era la indicación de los especialistas. No obstante la violencia y el desgobierno, los apagones tenían cierto encanto para los niños del barrio. La adrenalina se apoderaba de nosotros, sobre todo cuando nos agarraba en la noche jugando en la calle y corríamos a casa a toda velocidad, matándonos de risa y preocupación, para reportarnos con los padres y escuchar RPP en la radio a pilas. Ahora que lo pienso, la sacamos realmente barata. Lo que para mí parecía un juego, en la periferia de Lima era un asunto de vida o muerte.

De alguna manera, el Gobierno se manifestó a instaló el ‘toque de queda’ y ya no era conveniente quedarse muy tarde afuera.  En una de aquellas madrugadas prohibidas, recuerdo claramente a mi papá, vencido por la ansiedad ante su falta de cigarros Hamilton, salir a buscarlos en pleno toque. Mi mamá le rogaba que no, pero el vicio podía más. Puso un pañuelo blanco en la antena del Dodge Coronet 69 verde que usaba, al que llamábamos el ‘Avispón verde’, y salió en busca de los cigarrillos. No sé cómo, pero regresó contento con ellos. Muchos años después, los Hamilton y el cáncer le cobrarían aquella suerte.

Esa fue la Lima que encontré. Una ciudad enorme, bulliciosa, inexplorada para mí, en la que el Estado era cada quien y el Gobierno unos nombres sueltos en la radio. Una Lima en la que retumbaba un nombre que me persiguió desde Mollendo: una vez más, Abimael. Pero también, una ciudad llena de colores pasteles y amigos. Una ciudad terrible que logré querer.

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