¿Y SI DEJAMOS DE SER CORRUPTOS?

En medio de esta bacanal de corrupción en la que nos ha puesto la actual coyuntura (o sea, como siempre, pero con más ruido), quería reflexionar un poco del tema a raíz de una pequeña anécdota. Hace una semana, más o menos, me encontré con un amigo. Digamos que conocido. Arquitecto él. No daré más señas para no perjudicarlo. Me dijo: “Oye, ¿en serio te lanzas para alcalde de Miraflores?”. En realidad, yo no veo al amigo éste desde hace varios años. Entonces le dije que sí lo estaba haciendo. A lo que me aconsejó —supongo que fue un consejo— que si ganaba la alcaldía, a ver pues si le daba a él las obras de construcción y tal. Me hice el tonto y desvié la conversación por otro lado.

No es la primera vez que algunos de mis “amigos” me hacen comentario de ese tipo. Sobre todo, mis amigos mejor parados. Es decir, los que tienen mejor situación económica y han tenido buenos estudios. Bueno, tampoco es que sean muchos. Cada vez tengo menos amigos. Pero, en verdad les digo, si son mis amigos, les pido, por favor, que si quieren conversar la amistad tal como está, mejor no insistir en ello. Es más, si es esa su idea de gobierno y política, les aseguro que no les conviene votar por mí. Aún más, creo que deberían hacer campaña en mi contra.

¿Con esto digo que soy moralmente superior a ese tipo de personas? No necesariamente. Me explico. El juicio que quiero hacer en esta oportunidad no es moral, sino de simple acción-reacción. Por un lado, normalmente todos critican a la corrupción, que “es el cáncer del Perú” y patatín patatán. Pero, de otro lado, todos —o casi todos— la ejercen (no quiero entrar en esta reflexión en los niveles de corrupción y qué cosa es más corrupta que otra. Eso da para otro tema, creo que bastante complejo y mayor). Hay una frase que señala que uno de los significados de la locura es esperar resultados diferentes haciendo lo mismo. He leído por ahí que lo dijo Einstein, pero no tengo la fuente; así que lo dudo.

Pues bien, si pedimos que metan presos a políticos corruptos, y a tu amigo candidato le pides que sea corrupto, ¿cambiará el país, la política? Evidentemente, no. El resultado será el mismo si hacemos lo mismo. Como fin seguiremos teniendo un país donde sacan ventaja los que tienen acceso a la corrupción.

Pero, como les decía, no es que me considere moralmente superior; sino que sólo quiero intentar una forma diferente de hacer política. Es más, no sé si resulte; pero así como están las cosas, no me gusta la política actual. Así que dejaremos de lado la corrupción. Es necesario. Dudo mucho de que pueda irnos peor.

Así las cosas, hay otro motivo mucho más mundano por el que debo rechazar la corrupción de llegar al cargo municipal al que estoy postulando: Me da flojera ser corrupto. Ser un político es toda una chambaza, y ser corrupto le da una enorme carga extra: cuidar tus conversaciones, reuniones furtivas, conversar con uno y con otro tipo realmente brutos, hacer arreglos con diferentes personas, blanquear el dinero recibido, convencer a testaferros, transferir fondos de un lado a otro, modificar normas para favorecer al corruptor, etc. Como ven, para ser corrupto, hay que darse una chambita bien quisquillosa y laboriosa. Y más trabajosa aún si no quieres que te chapen, con el correspondiente estrés que debe ser convivir con ello. Y yo, la verdad, es que soy alguien de gustos simples. Solo quiero ser como aquel futbolista que va, entrena, deja todo en la cancha, y tranquilo se va a su casa con su familia.

Ron, amor y pan es todo lo que le pido a la vida. No me complico demasiado. Soy hincha del Alianza Lima, más no sigo la Champions League. Me gusta el cebiche y el pollo a la brasa, y nunca he probado foie gras, ni caviar (a lo mucho huevera). No puedo diferenciar entra una salsa y un merengue, como tampoco entre un tango y una milonga. Puedo reconocer un Picasso o un Botero, más no un Cézanne. Me gusta el cine de Hollywood, como el expresionismo alemán. Puedo leer Condorito y a Zweig, pero me aburro mucho con la alta poesía. Tampoco soy un hombre vulgar. Solo un tipo normal. Para citar a Julio Iglesias: “Me va bien con vino y con pan y, cómo no, con caviar y champagne”.

En consecuencia, no quiero complicarme la vida siendo corrupto. Repito, no estoy haciendo en este caso juicio moral. Pero como es difícil también dejar de lado la carga moral cuando se habla de corrupción, sería la siguiente la valoración obvia: ¿Es inmoral la corrupción? Lo es. ¿Está contra la ética, entendida como moral pública, como yo la entiendo? Lo está. Sin embargo, yo no aspiro a la santidad, simplemente a ser un buen político. No quiero ser un superhéroe, ni que acaecida muerte alguien salga con una hagiografía. No soy un prohombre, tan solo un hombre. Y es en esa absoluta normalidad donde se forja a fuego lento realmente el valor. Para un genio, alguien tocado por el dedo de Dios, sería fácil. Es así que los seres normales, debemos de meterle un poco más de punche. Tampoco es un sacrificio tan complicado. ¿Qué tan difícil es para un funcionario elegido por votación popular ir, hacer lo que tiene que hacer, y ya? Los sueldos de congresistas y ministros, por ejemplo, no son malos: con ello se puede vivir de manera decente.

Tampoco quiero arrogarme la imagen de un personaje como Javert en ‘Los Miserables’, incapaz de ceder un milímetro de la ley. No, señor. La ley no está escrita en piedra. Muchas veces la ley es tremendamente injusta. Casualmente, diseñada, en varios casos, para “legalizar” la corrupción. Pero lo que no deseo es dejar las leyes de lado porque sí, así como me lo pidió ese amigo arquitecto, que dinero para vivir no le hace falta. Si un amigo tiene un problema, si necesita dinero; simplemente tiene que pedírmelo. Si está en mis condiciones ayudarlo, lo haré. Puedo darle una mano y algunos contactos para buscar un trabajo, darle dinero de mi propio bolsillo, hasta acompañarlo con unas chelas si acaso necesita alguien con quien llorar; pero, por favor, no me pidan que comprometa dineros públicos.

¿Qué afán de complicarse la vida siendo corruptos?

Por: Eduardo Abusada Franco


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