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TRUMP Y LA RESTAURACIÓN DEL NEOFACISMO

“Hace varios meses leí que el 20% de los que votaron por Donald Trump estaban en desacuerdo con la emancipación de la esclavitud de los negros. Muchos racistas confesos y asolapados han visto en Trump la pieza instrumental para “restaurar” el mundo como antes. En su campaña, el ahora presidente tuvo un fuerte componente racista y de desprecio hacia los migrantes en su discurso político. De las palabras, ello se cristalizó en acciones concretas. La prueba palmaria vino con la incorporación de Steve Bannon, quien fue su jefe de campaña. El 28 de enero, aprovechando la frescura del gobierno, lo convierte en miembro del Consejo de Seguridad Nacional. Este es como un consejo consultivo de ministros ante situaciones de crisis.”

Por: Eduardo Abusada Franco


Entiendo la democracia no solo como el hecho de tener elecciones libres. La democracia también se desarrolla en el devenir del día a día. El viejo Sábato escribió en ‘Sobre héroes y tumbas’: “De modo que no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario: aquellas insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su ancho de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio”. Así, las grandes teorías no son las que impulsan al hombre, sino la pulsión de vida.

Fukuyama nos quiso hacer creer en ‘El fin de la historia’ que ya un sistema se había impuesto sobre el mundo: la democracia liberal. Sin embargo, debemos saber diferenciar entre una democracia sustantiva o real, y otra formal. Lo que me interesa es la democracia real, y que no sólo se mide porque esté escrito en la ley que haya separación de poderes y existan elecciones libres, y otros elementos. Por su parte, la democracia real es difícil de medir. Hay que tener otros indicadores como la pobreza, acceso a la educación, acceso a salud, derechos colectivos (comunidades LGTB, derecho al agua, medio ambiente, entre otros). Sin todo ello, no se puede conseguir un verdadero y amplio concepto de democracia.

Siendo así, dudo mucho que exista actualmente una democracia global; es más, ya este concepto es muy etéreo, máxime cuando estamos asistiendo a un periodo de restauraciones (reflujos, lo llama la izquierda contemporánea). Tomemos, para ejemplificar, el concepto de “ciudadanía”. ¿Cómo lo entendemos? Esto ya es educación cívica del colegio, un curso que se enseñaba antes. La ciudadanía se inicia, hasta donde son mis registros de un conocedor común, en la polis griega (s. V AC.).  Sin embargo, solo se consideraban ciudadanos a los atenienses libres y varones. Es decir, no extranjeros, ni mujeres ni esclavos. En Roma se extiende un poco el concepto y la ciudadanía abarca a los habitantes de Roma y de las ciudades del Imperio, es decir, sí a extranjeros que habitaban allí. El concepto fue variando de acuerdo a la legislación; pero, como sea, las mujeres y esclavos tenían derechos restringidos en todo momento.

Vemos que el concepto de ciudadanía se fue ampliando. De alguna manera —guerras van, guerras vienen—, se fue conquistando derechos. No obstante, viene un periodo de oscurantismo, de restauraciones. Así, hacia la Edad Media, el concepto decae con los regímenes feudales y entonces se empezó hablar de vasallos: no hay derechos ciudadanos. Luego emergería el Estado Nación, las grandes urbes, y con éstas las monarquías absolutas y el despotismo ilustrado. Tampoco hay ciudadanos entonces, sino súbditos. En la Revolución Francesa se pone de moda decapitar reyes, y se vuelve a conquistar derechos para los hombres. Acá resurge nuevamente el concepto de ciudadanía. Surgen los Derechos Políticos y Civiles, los llamados de Primera Generación.

Tiempos violentos

Así estamos acá parados, tratando de ejercer esta democracia llamada ciudadanía. Para Savater el concepto de ciudadanía es algo que sale del ámbito privado, de los círculos cerrados, casi tribales y pasa a aquellos que “entran en la democracia, sin renunciar a sus tradiciones, pero dejándolas a un lado para intervenir en lo que tienen en común con otros”.

Suena bonita, ¿no? En teoría, sí. Empero, el fin de semana pasado, viendo los sucesos de Charlottesville, en Virginia (EE. UU.), se empiezan a cristalizar intentos de restauraciones. Como vimos, un grupo de los llamados “supremacistas blancos” (algo así como un Ku Klux Klan en la era del Internet) se manifestó ya no solo con frases e insultos, sino que mataron y golpearon gente que se manifestaba (además, portando carteles contra Trump) para retirar una estatua del general Lee (confederado a favor de la esclavitud durante la guerra civil).

Hace varios meses leí que el 20% de los que votaron por Donald Trump estaban en desacuerdo con la emancipación de la esclavitud de los negros. Muchos racistas confesos y asolapados han visto en Trump la pieza instrumental para “restaurar” el mundo como antes. En su campaña, el ahora presidente tuvo un fuerte componente racista y de desprecio hacia los migrantes en su discurso político. De las palabras, ello se cristalizó en acciones concretas. La prueba palmaria vino con la incorporación de Steve Bannon, quien fue su jefe de campaña. El 28 de enero, aprovechando la frescura del gobierno, lo convierte en miembro del Consejo de Seguridad Nacional. Este es como un consejo consultivo de ministros ante situaciones de crisis.

Bannon viene, aunque recientemente ha tenido un desencuentro con su jefe por un tema económico respecto a China, de la Alt Right, un movimiento supremacista blanco surgido entre los milenials inconformes desde los foros de internet y el mundo virtual, teniendo al meme como principal herramienta de comunicación y discursiva. La Alt Right (algo así como “derecha alternativa) apuesta por el racismo, el machismo, la misoginia, la homofobia y la islamofobia, entre otras estupideces. Bannon fue también presidente ejecutivo de Breitbart, un medio digital que se originó con el fin de promocionar el sionismo en los EE.UU., justificando los crímenes del estado de Israel.

Por ahora, Trump ninguneó los hechos de Charlottesville. Ha tenido que ceder un poco ante la presión. En realidad, el asunto no es Trump, él solo es una pieza instrumental para un movimiento racista, una suerte de neofacismo que se extiende por el mundo entero. Ya lo hemos visto en Francia, donde la ultraderecha racista estuvo cerca de ganar las elecciones, en un país con tradición socialista.

Así, esta semana el vicepresidente Mike Pence estuvo de gira por nuestra región (no vino al Perú). En conferencia con Macri decía el estadounidense que Trump es el veradero líder del mundo, que EE. UU. recuperaba su papel, que en el mundo mandaba Trump. Es decir, le decía a Macri en su cara: Trump es tu jefe. Y Macri asentía y sonreía. Tiempos oscuros se vienen para el mundo. El neofacismo está hace tiempo en nuestras casas.

Nota: Publicado en Diario Uno el 19 de agosto de 2017

 

 

 

 

 

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