discriminación chola

YO RECLAMO, PERO ÉL NO DICE NADA…

“En realidad, es muy frecuente que en los casos de agresiones discriminatorias sean otras personas distintas al agraviado (amigos, familiares o testigos) quienes visibilizan su indignación y denuncian los hechos. La gran dificultad para lograr una sanción es que las entidades estatales suelen requerir que la víctima sea quien presenta la denuncia y es muy difícil que esto suceda. ¿A qué se debe esta aparente pasividad?”

Por Wilfredo Ardito Vega

-Cada vez que pasa algo –me dice una estudiante -, yo quiero protestar, pero él se queda callado.

Ella se refería a todas las veces en que su enamorado ha sido víctima de racismo. Por ejemplo, cuando están ingresando a una discoteca o un restaurante y los porteros a él le impiden pasar.

En realidad, es muy frecuente que en los casos de agresiones discriminatorias sean otras personas distintas al agraviado (amigos, familiares o testigos) quienes visibilizan su indignación y denuncian los hechos. La gran dificultad para lograr una sanción es que las entidades estatales suelen requerir que la víctima sea quien presenta la denuncia y es muy difícil que esto suceda.  ¿A qué se debe esta aparente pasividad?

En el Perú, este silencio no solamente está presente en casos de racismo o discriminación, sino de otros agravios, desde la violencia familiar hasta el mobbing en las oficinas o el maltrato en los servicios públicos.

La primera explicación para el silencio de las víctimas es que la conducta violenta suele tener un efecto paralizante.

-No sabemos qué hacer – dice un  amigo mío frente a un jefe maltratador e irascible-. De repente comienza a gritarnos en plena reunión, sin que nada justifique su reacción.

La parálisis es mayor cuando se recurre al racismo o a otra apreciación discriminatoria. En este caso, no se trata de centrarse en un supuesto error, sino de descalificar a la otra persona en su totalidad.

-Mi jefa se puso muy alterada a decirme que la frase que había escrito parecía propia de una “indígena” –me cuenta una alumna en relación a una abogada – y yo me quedé callada, porque no podía creer lo que estaba diciendo.

Cada vez que comentamos una denuncia en la página Ciudadanos Luchando contra el Racismo, decenas de personas sostienen que ellos hubieran “puesto en su lugar” al agresor. La mayoría son peruanos en el extranjero que están indignados por los maltratos que ocurren en nuestro país, pero que no logran ponerse en el lugar de la persona agraviada y comprenden que el agresor está aprovechando de toda la discriminación estructural que la víctima ha padecido para humillarla.

Conozco casos de personas agredidas que, además de guardar silencio, prefieren tratar de olvidar o pensar que “ya es imposible que haga algo peor”, todo lo cual no soluciona nada.

Con frecuencia, además, la víctima cree que, si encara la agresión, ésta se va a incrementar. Se trata de un temor comprensible, porque quien comete la agresión está ejerciendo poder y no quiere perderlo. Por eso, lejos de disculparse, puede pasar a más insultos o inclusive a la violencia física.  Es lo que ocurre en la violencia familiar o en los colegios. Por ello es tan ineficaz la campaña contra el bullying, que hasta ahora se centra en dejar en las víctimas la responsabilidad de denunciar los maltratos.

Una amiga, especializada en violencia familiar, sostiene:

-El agresor sabe perfectamente hasta dónde puede llegar.

Yo creo, sin embargo, que muchas veces él mismo no lo sabe y la ira que siente al verse desafiado puede llevar a más violencia.

Al mismo tiempo, muchas veces no existe claridad en colegios o instituciones sobre los mecanismos para enfrentar estos casos.  Con demasiada frecuencia, los procedimientos no existen, porque ni siquiera se ha imaginado enfrentar estos problemas (o los han naturalizado).

A esto se añade que cuando la víctima depende del agresor, le es normalmente imposible presentar una denuncia o inclusive hablar con su entorno más cercano sobre la agresión que sufre. Esto le ocurre, por ejemplo, a los pacientes de los hospitales, que saben que si denuncian al médico o la enfermera es más probable que sufran alguna represalia. Naturalmente, quien sigue un tratamiento prolongado con un mismo médico es mucho más vulnerable que quien simplemente acudió para una consulta. Le sucede también a los padres de familia que temen quejarse por el mal comportamiento de un profesor.

Muchos agresores en casos de violencia familiar, enfatizan la situación de dependencia también para paralizar a la víctima.  En el ámbito laboral, esta conducta es frecuente en los jefes maltratadores, especialmente cuando la víctima se encuentra en una situación de precariedad, sea porque está bajo recibo de honorarios o porque todos los meses le renuevan su contrato.

-Yo quisiera reclamar –dice un trabajador maltratado -, pero mis colegas tienen demasiado miedo de enfrentarse y me dejarían solo.

Mi impresión es que resulta ingenuo pretender que la víctima “tome consciencia de que está en sus manos enfrentar al agresor”.  La víctima está atrapada en circunstancias personales y estructurales y solamente podrá salir adelante si otra persona interviene.

A falta de una intervención de las autoridades, actuar frente a la discriminación o el maltrato que otra persona sufre no es ni una intromisión ni menos una forma de “paternalismo”, sino de solidaridad.

Comenta en Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *