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VILLA EL SALVADOR: LA CIUDAD ARDIENTE

Al principio era la nada, o mejor dicho, la arena. Allí, solo el polvo y el viento señoreaban esas colinas de nadie, donde jamás el hombre se atrevió a poner el ladrillo. Imposible, ya fue suficiente error erigir una capital en el desierto, y más loco aún era pensar en construir una ciudad en el desierto del desierto. Pero la pulsión de vida no conoce de razones, es solo un terco e irracional esfuerzo por vivir, o sobrevivir. Mejor lo explica el viejo compañero Ernesto Sábato en ‘Sobre héroes y tumbas’: “De modo que no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario: aquellas insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su ancho de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.” 

Así fue entonces, con unas ganas incontenibles por seguir viviendo en esta abigarrada ciudad, que nació Villa El Salvador (VES), hoy un enorme distrito al sur de Lima, una ciudad siempre inconclusa, pero, precisamente por ello, jamás se ha dejado estar, sino que lucha día a día por ser, por existir, contra todo tipo de adversidades. La semana pasada, VES ha celebrado su cumpleaños, un año más de existencia. El histórico padre Cristóbal ha organizado una serie de hechos conmemorativos, y fue también un curita indómito quien le dio el nombre de “Villa El Salvador”. Se llama Luis Bambarén, hogaño obispo.

Los pioneros de VES bajaron de las alturas de Áncash, donde perdieron todo, casa y amigos y familias, en el terremoto de 1970. Emprendieron un largo caminar hasta la gran Lima, buscando un espacio donde descansar los huesos. Se asentaron entonces en Pamplona Alta, donde el entonces ministro Artola los sacó a su manera, a las patadas. Allí fue que un Bambarén levantisco entró a mediar en el conflicto y Artola lo mandó preso. Ello le costaría el puesto al ministro y un hermano a Bambarén. Tiempo después, el mismísimo general Velasco —versión del propio obispo— habría de contarle: “¿Sabes quién mató a tu hermano? Artola. Él es capaz de eso y mucho más”.

Fue así que luego el primer grupo de invasores se instala sobre el candente arenal de lo que ahora es VES. Con ellos estaba un legendario líder urbano, a quien apodaban ‘Poncho Negro’. El tiempo y la transmisión oral se encargarían de mitificar la vida de este hombre, de quien me contaron que vivía en una cueva, y al que nunca pude encontrar para entrevistarlo. Con ellos también estaba Michel Azcueta, vasco de nacimiento, peruano por adopción y nacionalización, y dos veces alcalde de este distrito. Bien escribió Gabo en boca de Úrsula Iguanrán: “Uno no es de donde nace, sino de donde entierra a sus muertos”. Se formó la Comunidad Urbana Autogestionaria de VES (CUAVES), y luego el Parque Industrial. La asonada senderista atentó luego contra Azcueta, contra Bambaren, despedazaron el cuerpo de otra líder histórica del lugar, María Elena Moyano. Sin embargo, el discurso de la derecha pituca se empecina en decir que la izquierda promovió a SL. El resto es historia.

Desde aquel 11 de mayo de 1971 en que una raída bandera peruana empezó a flamear en el arenal, VES crece sin pausa. Es como la higuerilla de la que nos contó Ribeyro, que aún sin agua se empecina a florecer en los lugares más imposibles. Buscando la paz. Como tal fue propuesta para el Premio Nobel de la Paz en 1986 y recibió el Premio Príncipe de Asturias en 1987 y la ONU la declaró ‘Ciudad Mensajera de la Paz’. Sea pues este mi saludo de cumpleaños a VES, a sus hombres y mujeres y, como dice Elvis Mori, uno de los líderes de este lugar, “me quedo con la persistencia de la utopía, de una historia que se creía cancelada pero que vuelve a aparecer desde adentro, de las venas de todo Lima Sur”.

Por: Eduardo Abusada Franco

[Publicada en Diario Uno el 13 de mayo de 2017]

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