derechos gay

ROBERT H., IN MEMORIAM

“Tiene casi 20 años y ya está cansado de soñar; pero tras la frontera está su hogar, su mundo y su ciudad. Piensa que la alambrada solo es un trozo de metal, algo que nunca puede detener sus ansias de volar”. Y voló. La letra citada refiere a la emotiva canción de Nino Bravo, inspirada en Peter Flechter, aquel joven alemán que fue cosido a tiros cuando intentó cruzar el Muro de Berlín para reunirse con su familia.

Pero, inevitablemente, esa canción me hizo pensar en estos días en Robert H. Un amigo al que nunca conocí, y tal vez por eso, lo siento más cercano que otros a quienes veo con frecuencia. Pues no bastaba que nos viéramos para admirarlo, su lucha era el motivo de mi admiración y constituía ese lazo inmaterial, inefable, que se crea entre dos personas separadas por el tiempo; la edad; la distancia; “las circunstancias”, diría Ortega y Gasset. Dos personas que nunca se han cruzado físicamente por el camino, a pesar de seguir la misma ruta: un mundo mejor.

Robert H., el amigo que no conocí, murió hace algunos días. Robert H., el amigo que no conocí, apenas había cumplido los 19 años. Nació gay y luchó por él y otros homosexuales para ser feliz. No pidió más que lo que otros tienen, sino solo lo que le correspondía: libertad, igualdad, justicia y amor. Ser f-e-l-i-z; suena tan simple, pero para muchos resulta una quimera. En esa búsqueda, se involucró, siendo aún menor de edad (lo que hace más valiente su decisión), con la hermosa edad de 16 años, al Movimiento Homosexual de Lima. En sus inicios era un chico tímido, pero poco a poco fue soltándose y coordinando acciones con chicos y chicas LGTBI de otras organizaciones.

Su tiempo fue corto, y aunque breve su lucha como activista gay, fue intensa e inmensamente sinceras sus convicciones; y su causa, desde luego, imperecedera. Pero Robert H., el amigo y activista que no conocí, libraba también otras batallas. Su familia no entendía del todo la guerra de este chico contra una sociedad que se escandaliza porque dos hombres se casen, se besen o tomen de la mano, pero le parece muy normal balear campesinos. Una sociedad de mierda, francamente. La verdad, querido Robert, es que dan ganas de morirse. Pero Robert H., decidió pelear. Tenía una increíble sensibilidad, según me cuentan sus amigos que sí lo conocieron. Será por ello que tocaba guitarra y quería dedicarse a la música, quería encontrar en el alma liberada de los artistas, la libertad conculcada por las iglesias y las leyes antediluvianas. Sin embargo, le impusieron la carrera de medicina. Pero no sabían ellos —pobrecitos, tampoco tienen la culpa— que la libertad no se cura.

Robert H., mi querido amigo al que no conocí y mi admirado activista, se alejó del activismo hace una semanas. Una infame ley de la vida dice que los buenos se van primero. Hace tres días me enteré por amigos y compañeros de lucha ‘derecho humanistas’ de su partida. No solo era un buen tipo, sino tan joven, alguien que tanto pudo aún dar por este mundo, por lo que su partida me subleva especialmente. Hubiera querido conocerlo, tomarme unas copas con él, abrazarlo, decirle “no estás solo”, decirle “gracias… gracias por pelear”. Decirle también que no era ningún maricón, sino el más valiente entre los hombres. Robert H., querido amigo, jamás harán un busto con tu imagen, ni le pondrán tu nombre a una calle de esta ciudad gris e ingrata. Pero acá se quedan tus horas de lucha, que tarde o temprano verán un nuevo amanecer. Tu vida no fue en vano, pusiste los cimientos de un mundo mejor. Donde estés, estimado Robert H, sigue tocando tu guitarra y sus acordes de amor y justicia. Hasta la victoria siempre.

Por Eduardo Abusada Franco 
Publicado en Diario 16

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