¿QUÉ TANTO DE TRUMP TIENES TÚ?

“Pensaba como Trump el Alcalde de Lima cuando canceló el proyecto Río Verde que brindaba a la población shipiba una vida digna, pero también toda la gente que ha reclamado en los últimos días diciendo sido “los shipibos no son de acá”. Pensaban como Trump aquellos limeños que rechazaron a los migrantes andinos a lo largo del siglo XX, pero, claro, sí se recibe con los brazos abiertos a los europeos o estadounidenses. De hecho, en el Congreso se debatió alguna vez si se colocaba un muro entorno a Lima o se cobraba un peaje a los migrantes. Similar rechazo han enfrentado los puneños en Arequipa o los habitantes de las zonas rurales en Cusco o Iquitos.”

Por Wilfredo Ardito Vega

-Por una parte está bien que Trump prohíba la entrada a los musulmanes, porque son unos asesinos.

La semana pasada escuché que así comentaba una de mis vecinas, quien jamás en su vida ha visto a un musulmán y que hace unos años ni siquiera sabía de su existencia.

El triunfo de Trump no solamente es penoso porque es bastante previsible que el mundo en que vivimos se deteriorará en los próximos años, sino porque revela que ya es mucho peor.  Aceptar que la historia involuciona nos cuesta, pero la verdad es que son muchos los países donde actualmente se vive mucho peor que hace unos años, desde Venezuela hasta Irak.

Trump se incorpora además al elenco de políticos nacionalistas e intolerantes donde los ejemplos abundan: Putin en Rusia, Erdogan en Turquía, Orbán en Hungría, los promotores del Brexit, los candidatos con más posibilidades en Francia y Holanda y un agobiante etcétera.

Al nacionalismo, además, se une muchas veces una connotación religiosa. Este fenómeno se hace muy difícil de enfrentar, desde el integrismo islámico hasta el fundamentalismo evangélico. Yo he sido educado en la tolerancia hacia las otras religiones, pero se me hace difícil entender aquéllas que parecen hostiles a valores como los derechos humanos y que están detrás de muchas posiciones conservadoras.

La victoria de Trump en los Estados Unidos ha sido vista con justificada preocupación por muchos peruanos, pero a mí me parece que en nuestro país la mentalidad “trumpista” está muy extendida o, lo que es peor, internalizada como algo normal.

Pensaba como Trump el Alcalde de Lima cuando canceló el proyecto Río Verde que brindaba a la población shipiba una vida digna, pero también toda la gente que ha reclamado en los últimos días diciendo sido “los shipibos no son de acá”. Pensaban como Trump aquellos limeños que rechazaron a los migrantes andinos a lo largo del siglo XX, pero, claro, sí se recibe con los brazos abiertos a los europeos o estadounidenses. De hecho, en el Congreso se debatió alguna vez si se colocaba un muro entorno a Lima o se cobraba un peaje a los migrantes. Similar rechazo han enfrentado los puneños en Arequipa o los habitantes de las zonas rurales en Cusco o Iquitos.

En realidad, en Lima el muro ya existe y podría servirle a Trump como modelo: se encuentra entre los pobres de San Juan de Miraflores y los afortunados de Las Casuarinas.  Otros muros se levantan para rodear los nuevos condominios amurallados que son cada vez más frecuentes, desde San Miguel hasta Pueblo Libre. Y son mucho más extensos los muros que rodean los condominios de playa al sur de Lima.  Siempre el argumento es la seguridad, pero los términos “exclusivo” que se repiten hasta la saciedad muestran la vocación por el aislamiento y por vivir en un gueto.

Y donde no hay muros, muchas personas se comportan como si existieran, sean los vecinos de San Isidro molestos porque “otros” llegan al Olivar; o los escolares de San Juan de Lurigancho que hostilizan a los niños recién llegados de la sierra.  Es como si hubiera un rechazo obsesivo de quienes son diferentes.

De manera permanente los peruanos establecemos distinciones por condición económica, educación o lugar de origen.  Muchas veces hasta preguntamos “¿En qué colegio estudiaste?” para saber si tenemos que colocar nuestro muro de protección.

“Es muy fácil tener amigos peruanos, pero lo difícil es que los peruanos puedan ser amigos entre ellos”, me decían unos cooperantes alemanes. Para ellos era incomprensible que un mototaxista y un estudiante universitario de la misma edad sintieran que no tenían nada de qué hablar.

Tienen también un muro mental los publicistas y los anunciantes peruanos, porque sistemáticamente invisibilizan a millones de ciudadanos, presentando solamente imágenes de personas blancas y rubias.  Pese a algunas recientes excepciones, la mayoría de las tiendas invisibilizan a sus clientes, las universidades a sus alumnos, las entidades estatales a su personal.

El muro mental se expresa también en el tráfico, en todos aquellos conductores y peatones que se comportan con total indiferencia frente a los demás… o cuando se cierra el tránsito para una construcción, una maratón o una procesión.

En muchos centros laborales también funciona la mentalidad de muro, donde se busca que todos tengan la misma universidad o el mismo origen social.

-Contrátenme gente con la que pueda tomarme un café –decía el jefe de una empresa, aludiendo a que se tratara de personas con las que él no tuviera que hacer ningún esfuerzo para relacionarse.

Aún en varias Universidades surge el muro, cuando solamente son contratados quienes se encuentran en un pequeño círculo.  Supuestamente, una empresa moderna debe ver la diversidad como un valor positivo, pero eso en el Perú no funciona.

Es comprensible estar preocupados por lo que pueda hacer Trump, pero creo que debemos también hacer lo posible para no parecernos a él.

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