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¿Perú bien vale una misa?

“Veo de nuevo la foto de PPK arrodillado con Keiko y Cipriani y lloro por mis héroes. Lloro por las madres esterilizadas, por los campesinos masacrados (“cojudeces”, para Cipriani); lloro por los chicos y chicas gays agarrados a palazos en el atrio de la catedral por luchar a su derecho a ser felices; lloro los estudiantes quemados; lloro por un pueblo robado una y otra vez”.

Por Eduardo Abusada Franco



Por aquellos días el viejo coronel creía que aún tenía un as bajo la manga. Habían minado todo el morro, y volarían en él ambos ejércitos. Había aceptado su destino. No obstante, capturaron al ingeniero que colocó las bombas y fue torturado. Soplones delataron el plan. Por cuestiones de honor, y como mandaban las reglas de la guerra, el general Baquedano mandó al mayor De La Cruz a parlamentar con el coronel Bolognesi para que éste rinda la plaza. Sabía Baquedano que Bolognesi no tenía la menor opción militar de triunfar y era inútil hacer correr más sangre. Lo sabía también Bolognesi.

A pesar de que el emisario trató de convencer al militar de que su resistencia era ya un acto de honor y no sería visto como cobarde si la cesaba, ya que su poderío era notoriamente inferior, el coronel termina dando aquella respuesta que hasta hoy nos subleva la sangre: “Decidle al general Baquedano que tengo deberes sagrados que cumplir, y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”. Su estado mayor apoyó esa decisión, incluido el argentino Roque Sáenz Peña, que a la postre sería presidente de su nación; y el almirante More, quien dado de baja por perder la Independencia por torpe maniobra, decide reincorporarse a las Fuerzas Armadas para recuperar el honor y lo logra sacrificándose al lado de Bolognesi.

Para todos los peruanos la historia es harto conocida. Hoy viendo a PPK de rodillas entre Keiko y Cipriani recordé a nuestros héroes. Recordé también al querido don Miguel Grau, enorme y solitario rezando en una de las capillas del Convento de los Descalzos. Hace un par de años estuve por allí, en ese breve espacio. Aún se puede sentir el peso de la historia y las sombras previas de la hora final. En mi imaginación veía el gran almirante entregando su alma a la Virgen, espada al cinto, aceptando su destino, como lo aceptó Bolognesi. Es más, tal vez buscándolo. Luego del rito, Grau iría a la dársena para abordar por última vez su legendario monitor. Al espolón entraría en la gloria en la punta de Angamos. Nunca más, don Miguel. Jamás de vuelta a abrazar a los hijos y revolverles el cabello. Nunca más, don Francisco Bolognesi. Jamás de vuelta a acariciar los labios de la esposa amada y decirle que ya vuelve.

El historiador De La Puente Candamo cita: “Paz Soldán, que hablaba con Grau en francés, recordando los tiempos en que ambos vivieran en París, díjole, al despedirlo en la puerta: va usted a cosechar nuevos lauros, Contralmirante. Tout est perdu – Contestó Grau –. Me voy para no volver. Esta mañana he comulgado en los Descalzos, y estoy preparado para entregar mi alma a Dios […]”.

Así se encomendaban los héroes: a la patria, a Dios, a sus ideales. Yo sé que no soy el mejor de los creyentes, pero respeto la idea que los hombres de honor tengan de lo divino.



¿Fueron los sacrificios de Bolognesi y Grau actos sin pensar, arrebatos de valor y locura? ¿Las ganas de pasar a la eternidad, de alcanzar en los rituales del combate la inmortalidad que tanto buscan los hombres y la alquimia?

No. Las decisiones de Grau y Bolognesi fueron perfectamente razonadas y calculadas. Lo que habría de venir, vendría. Dice una frase común que no sabes qué tan fuerte eres hasta que ser fuerte es tu única opción. Grau y Bolognesi pudieron tener otras opciones. Pero escogieron la imposible. ¿Por qué? Mucho de honor y dignidad hay en ello, por su puesto. Pero tras ellos estaba el sentimiento de un país, lo que sus hijos y esposas esperaban de ellos; sus amigos orgullosos que contaban y escuchaban sus hazañas también aguardaban de tales gigantes la mejor decisión. El párroco de la iglesia del barrio, sus compañeros de tertulias, el chino Francisco que cuidaba y les cocinaba a los hijos del almirante…todos ellos esperaban que el almirante y el coronel estuvieran a la altura de su heroísmo, de la contingencia epopéyica. Ese momento exacto en que apenas en unos minutos se define el recuerdo de los hombres. El disparo que no hiciste, las palabras que callaste o que gritaste, el pecho que pusiste al frente, el momento en que lloraste o corriste. Toda la vida de un hombre puede ser olvidada por solo un momento sublime en el que serás recordado como un valiente, o momento terrible tras el cual se dirá de ti solo que fuiste un pelele, si acaso se dice algo. Todo lo que hayas hecho en tu vida jamás se comentará. Del libro de tu vida solo será recordado ese párrafo.

Veo de nuevo la foto de PPK arrodillado con Keiko y Cipriani y lloro por mis héroes. Lloro por las madres esterilizadas, por los campesinos masacrados (“cojudeces”, para Cipriani); lloro por los chicos y chicas gays agarrados a palazos en el atrio de la catedral por luchar a su derecho a ser felices; lloro los estudiantes quemados; lloro por un pueblo robado una y otra vez.

Este día PPK no estuvo con todos ellos, sino con los otros. No asistió a su cita con la historia, sino que se arrodilló ante ellos, ante los que matan, roban, masacran y torturan. Dobló la cerviz y no escuchó al pueblo en las calles. No hizo lo que la justicia de millones de corazones de mujeres y hombres justos esperaban que hiciera. Que era aceptar su destino, y gobernar este país por los pobres y desposeídos.

Si Ricardo Palma paseó su ancianidad por Miraflores “curvado por la gloria”, de aquí en más PPK cargará su ancianidad “curvado por la cobardía y la indiferencia”. Cuando lo vean caminar, ya más viejo y más traicionado por su propia corte, entonces lo señalaran con el dedo y dirán: Hey, allí va PPK, el corrupto y cobarde del que nos contó Carlos Malpica. Solo eso se dirá.

Pd. Hoy lloro, pero mañana me armaré.

"Hasta quemar el último cartucho".

“Hasta quemar el último cartucho”.

 

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