Mi abuelo y las matemáticas

Aun puedo recordar con claridad cuando, durante toda mi época escolar, me levantaba temprano para ir a clases, y en la casa grande donde vivíamos mi familia y yo, podía ver, a través de la puerta por la que miraba al pasar por su cuarto, a mi abuelo, en pijama, tomando notas en un cuaderno mientras leía de tanto en tanto uno que otro libro que allí había como única compañía a esas horas de la mañana, sobre la mesa junto a la que estaba sentado. Nadie preguntaba que hacía, la razón era, en casa, legendaria. ¿Qué hacia mi abuelo? Matemáticas.

Mucho antes de que Eratóstenes de Cirene tratara de calcular la circunferencia de la tierra midiendo las sombras de palos de madera proyectadas en la arena en los solsticios de verano, la matemática era ya considerada la reina de todas las ciencias, la herramienta por excelencia que nos permite acceder a la certeza sobre lo que sucede más allá de nuestros cortos sentidos… como Eratóstenes, quien era una hormiga en el globo terráqueo.

Los griegos entendieron las matemáticas de una manera mística por su poder revelador; pues, para ellos, por ejemplo, la simple relación de la hipotenusa con los catetos de un triángulo rectángulo era una revelación, un misterio de las escuelas pitagóricas, una ley universal invariable ante cualquier tamaño o posición del triángulo. ¿Cuánto han cambiado las cosas? Hoy se nos hace muy difícil apreciar todo el fundamento matemático detrás de nuestros modernos hábitos como el uso del celular o las computadoras. Nos parece “natural” hacer un clic y obtener resultados sin siquiera preguntarnos por la ciencia detrás; o como aquellos que piensan aún que los cohetes llegan a la luna por propulsión a chorro, sin saber que se requieren complejos cálculos matemáticos para enlazar el impulso del cohete desde la órbita terrestre con el campo gravitacional de la luna que lo atraerá hacia sí, en un espacio donde no hay oxígeno para quemar nada.

Pero, ¿qué embrujo puede ejercer la reina de las ciencias en algunas personas, al punto de abstraerlas de la realidad y embarcarlas en actividades tan incomprensibles como medir sombras en la arena o madrugar todos los días para resolver ecuaciones? En el recuerdo de mis épocas escolares, había pues evidencias de lo contrario, donde, por un lado, muchos compañeros sentían aversión por las matemáticas y los números; donde las variables ‘x’ o ‘y’ de las ecuaciones algebraicas eran extraños símbolos extraterrestres, que causaban más temor que interés. Por el otro lado, estábamos algunos pocos que —al menos puedo yo suscribirlo— sentíamos una casi fascinación por esos símbolos, que escritos uno tras otro nos invitaban… querían decirnos algo más. Quizás sea un poco difícil de explicar el sentimiento de asombro que trato de describir. Vamos, enfrentarse en la secundaria al problema de hallar las raíces de un polinomio de grado mayor que dos era probablemente motivo de pesadillas para muchos en el salón; pero para quienes entendimos el método de Ruffini —un método elegante, sencillo y directo, explicado en una sola clase—, el poder hallar las raíces resultaba en un orgasmo intelectual, casi como haber aprendido un truco de magia.

No hace falta ser un genio para disfrutar de este placer. El embrujo no requiere de un intelecto prodigioso, pero quizás pueda uno terminar como Albert Einstein, por siempre despeinado por no interesarle nada más que la física; o loco como George Cantor, quien se perdió en los laberintos del infinito; o quizás ser capaz de tocar el cielo por un momento, como seguramente se sintió Kurt Gödel cuando ideo una prueba que demostraba que existen algunos problemas matemáticos sin solución (o como les gusta decir a los matemáticos, problemas cuya solución es que la solución no existe); o, tal vez, simplemente despertándose temprano todos los días para resolver placenteramente problemas matemáticos, como don Carlos Cuba, mi abuelo.

* Por: Raúl Bouroncle

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