toros

ME VAN A DISCULPAR, PERO SON USTEDES UNOS HIJOS DE LA GUAYABA

Me van a disculpar de nuevo, pero lo que quise decir con el título es que son ustedes unos hijos de puta. Claro, en el sentido figurado, como se lo dijo De Soto a Vargas Llosa. Puse hijos de la guayaba para que no se ofendan los editores, para que no lo tomen vulgar. Y me van a disculpar de nuevo, pero por hijos de puta me refiero a ustedes que les gusta esa vaina de la lidia.

Por Eduardo Abusada Franco


Ese juego circense de martirizar sádicamente a un hermoso, fuerte y noble animal; torturarlo lenta y en forma malsana (¿hay una forma sana de torturar?), y gritar “olé, olé”, ante los bufidos de una bestia ensangrentada, confundida, herida de muerte, inocente. Inocente. Una bestia que suda y mira a la gente que le grita en extrañas lenguas mientras ‘chelean’ y toman, con mucho caché y chic —por supuesto—, su vino en bota. Porque hasta en eso, ustedes hijos de puta, son advenedizos.

Ahora bien, tal vez pierda algunos amigos a los que les gusta la lidia con estos comentarios. Como ya me quedan muy pocos, entonces me rectificaré. Me van a disculpar, pero por hijos de puta que siguen y admiran la fiesta “brava” no incluyo a mis amigos, ellos simplemente son unos hijos de la guayaba. No soy imparcial, pues. Por eso me parcializo con el toro, para que no me vengan con esa cháchara de “arte, valor y casta”. Les voy decir, cultos y refinados imbéciles que se ponen sombrero para ir a sol y pañuelo al cuello para ir a sombra, qué es el valor. El valor es ver a un animal siendo maltratado por un idiota que está armado con sendas espadas y decirle ¡basta! El valor es ver a un animal que es acosado y picado por un jijuna a caballo con una lanza, y denunciarlo. El valor es ver a un animal que es arponeado con unas banderillas por un grupo de cobardes que te clavan el fierro y se van corriendo, y salir a la arena e impedirlo. El valor, si realmente eres valiente, es usarlo para ayudarlos a los más débiles. Si no usas así tu “valor”, entonces no vales un cuerno (no un cuerno de toro).

Como se ve, son varios contra un solo animal, ¿y así hablan de valor? Por último, es el torero el que está frente al animal, el autor material que consuma el crimen nefando y “elegante”, el asesino. Pero son ustedes los cobardes que se solazan desde la tribuna. Olé, olé. Si de tanto valor hablan, bajen y ustedes mismos enfrenten al animal con sus propias manos, como lo hizo el gigante Ursus. Pero si no saben quién es, exquisitos, cultos y refinados imbéciles, vayan y googleen, al menos.

¿Quieren saber, señores sofisticados especialistas en tauromaquia lo que es el “arte”? “Helarte” es mucha gente que se caga de frío en las alturas de esta tierra idolatrada a la que vivimos de espaldas (espero que entiendan el juego de palabras, ya que son insignes sofisticados), mientras se gastan 1,500 soles para ir a ver como torturan a una bestia, que en su noble torpeza, no sabe qué diablos hace parada en medio de ese coso, donde además de torturarla, se burlan de ella. Es lo mismo que el circo romano sacrificando seres humanos para beneplácito de los de otra especie. ¿No habíamos, acaso, como raza humana, dejado eso atrás?

Claro, y tú vives bien en Miraflores, me dirán, como me lo dicen mis amigos, aquellos estimados ‘hijos de la guayaba’, como ya lo expliqué. Y claro que vivo bien en Miraflores, como rico todos los días, y no siento frío. Pero trato de hacer algo, trato. Trato de que exista un mundo mejor.  Y de hecho muchos de ustedes también intentan hacer algo para revertirlo, pero el lado malsano les gana en la plaza, toda su maldad aflora, el sabor de la muerte en sus labios, el sádico “olé, olé” que alienta a ese espigado de la ropa ceñida que se loquea ante sus gritos buscando dónde clavar la espada, darle lo que le gusta a la gente: sangre, piel, órganos lacerados, tajos supurantes, jirones de carne manchando la pálida arena, los gemidos lastimeros de la fiera acorralada. Entonces todo lo que hacen con una mano en su colaboración por un mundo mejor, se borra en una tarde mientras las bestias son arrastradas aun agonizantes para el acto final: descuartizar su cadáver, cortarle orejas y rabos si fue una buena muerte. Si fue una mala muerte (¿dije que habían buenas muertes?), entonces ni para eso serviste, toro de pacotilla, ni para adornar la chimenea del matador con tus restos resecos. Tira de imbéciles, la verdad. Hablemos luego de derechos humanos (¿nombres?). Hablemos luego de Lacan, ¿verdad?; ¿o qué tal Zizek, para estar más a la moda? Porque si no, no estás en nada, eres un bruto que solo ve fútbol y no entiendes el arte de la lidia, el psicoanálisis de la muerte digna y artística. Pero para machacar al dictador, ese asesino de la Diroes, allí si somos buenos, ¿verdad? “Un cojo pasa dando el brazo a un niño ¿Voy, después, a leer a André Bretón?”.


Finalmente, me van a disculpar nuevamente, a ver si les explico qué es la “casta”. Bueno… la verdad que esa parte no la entiendo, y no sabría explicarla. Apenas me suena al sistema de castas de la India que tanto critican en los pasillos de la PUCP y la academia en general por ser algo, como lo digo, ¡horrooor! (estilo Padre Maritín, póngale entonación), en pleno siglo XXI. Porque en la India, ¡ay fooo!, cómo pueden venerar a las vacas. Pero si serán brutos, ¿no? Mejor darles de puyazos y romperles la medula espinal por pura recreación, ¿no es cierto? Pero la verdad es que hay sociedades tan primitivas como esas del África y del Asia, ¿no es verdad señores escritores laureados? ¡Esas pues!, esas donde se practican cosas como la ablación del clítoris… pero si eso es de energúmenos. Seguramente que estos cavernícolas son musulmanes. ¡Cómo puede haber pueblos tan primitivos! Mejor nos vamos a Acho el domingo querida que el nuevo concesionario de la Plaza hace unos canapés que te mueres, y viene ese torero que no me acuerdo cómo es su nombre, pero está riqui riqui riqui…

También fui un aficionado a la cobarde fiesta brava. La defendía a ciegas. La tradición cultural, ustedes saben. Me fui hasta Sevilla a conocer la Plaza de la Maestranza y fotografiarme con la cabeza colgada de Islera, la madre Islero, el hermoso astado cuyo pitón derecho se llevó al más célebre asesino de este “arte”: Manolete. Un día le hice ver a mi sobrino una faena de toreo por televisión cuándo él tenía unos 4 años. “¿Tío, lo va a matar?, ¿Por qué, tío?”, me decía mientras me apretaba el brazo y se escondía bajo mi hombro para llorar. Entonces, comprendí que algo no estaba bien, que yo no estaba bien. Que eso no podía ser inherente a la naturaleza humana si un niño, que aún no ha sido bombardeado del todo con los mensajes de la violencia de la tv, en estado puro aún, alguien que no sabe de arte, valor y casta, se aterraba sinceramente ante el espectáculo dantesco del asesinato y tortura a una criatura inocente.

Tiempo después, en una de mis tantas chambas, me encargaron concesionar la Plaza de la infamia. Felizmente renuncié a tiempo. En la vida, también, hay saber renunciar. Y renuncié a ser un espectador más del sufrimiento ajeno a costa del placer propio, porque de hecho, muy en el fondo, me parecen elegantes y disfruto algunos movimientos de la lidia. Pero allí está el detalle, en vencer eso y no anteponer los caprichos para regodearse en la sangre de otros.

Me van a disculpar, pero sinceramente, y muy desde el fondo de mi corazón, donde yacen los ideales que tantas veces he traicionado, me reafirmo en que son ustedes unos recontra hijos de puta.

 Nota: Publicado en revista Velaverde, edición 140

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