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Lima y la residencial San Felipe

“Eran los años en que descubría el mundo. Las primeras borracheras con ‘sacaronchas’ que alguien compraba por la Av. Brasil, los bomberos sacándonos de los ascensores de los edificios en los apagones, el sonido de los coche-bombas en algún lugar de Lima, los cigarrillos Way Light y sus cajetillas coleccionables; luego, los primeros tronchos, también. Lamentablemente, algunos amigos se nos perdieron en los abismos de la droga hasta hoy.”

Por: Eduardo Abusada Franco


Aún no veo la película ‘Avenida Larco’. Tengo primero que terminar toda la serie Robotech. Sin embargo, alguien me preguntó mi opinión al respecto ya que esa fue “mí época”. Bien pensado, yo llegué a Lima en la primera mitad de los 80s, no huyendo del terrorismo, sino de la miseria educativa que había en mi tierra; y es cierto, fue mi época, pero no mi ciudad. Yo llegué a Lima, pero no vivía en Lima. Es decir, vivía en la Residencia San Felipe, la rica ‘resi’.

Fue allí donde forjé mis años de infancia, mi etapa prepuber y mi primera adolescencia. Fue allí donde adquirí mi educación sentimental. Estudiaba en un colegio “pituco”, pero fue en la ‘resi’ donde hice mi primera collera de patas. Como es harto conocido y analizado por los expertos de arquitectura y urbanismos, son 2,2 hectáreas que realmente constituyen una ciudad dentro de la ciudad. Por ellos es que yo no vivía en Lima. En esa época —la del terrorismo— nunca salíamos de la ‘resi’. Pisar la Av. Salaverry era algo así como atravesar el Estigia rumbo al inframundo: las fauces de la gran Lima; una ciudad por esos años asaltada por la chabacanería, los choros, empresarios corruptos, políticos lambiscones, buses asesinos… más o menos como ahora.

Los papás no tenían mucho miedo de dejarnos andar en la calle en ese barrio. Era un útero de cemento y parques que nos cuidaba de todo. Allí había colegio, plaza, bancos, supermercados (estaba Scala aún), en fin. Los tonos con luces cortadoras, también eran dentro del barrio. Repetían tanto Thriller en casetera, que al final de fiesta salías caminando para atrás. Eran los años en que descubría el mundo. Las primeras borracheras con ‘sacaronchas’ que alguien compraba por la Av. Brasil, los bomberos sacándonos de los ascensores de los edificios en los apagones, el sonido de los coche-bombas en algún lugar de Lima, los cigarrillos Way Light y sus cajetillas coleccionables; luego, los primeros tronchos, también. Lamentablemente, algunos amigos se nos perdieron en los abismos de la droga hasta hoy.

Apenas puedo recordar contadas veces en que salí de los linderos de San Felipe, en algo así de una década, como cuando íbamos a los campeonatos de fulbito en el Matamula. Harto coraje, pero pocos goles. O una vez que nos fuimos de excursión en mancha al Bam Bam de Miraflores, a retar a los chiquillos miraflorinos (ahora soy uno, no tan chiquillo). Legendario pinball aquel, cuya fama de modernidad llegó a todos los barrios clasemedieros de la ciudad. O aquella ocasión cuando mi papá nos compró una motito Chaly de 70 centímebros cúbicos. Nos desaparecimos unas horas y mi mamá casi llama hasta la Casa Blanca.

De alguna manera, la residencial tenía su historia al margen de Lima. Sus propios personajes: el ‘Apache’, una versión cobriza y alcohólica de Charles Bronson; el ‘Facho’, el maleado peleador que su solo presencia y psicopatía social imponía silencio, muerto hace unos años a tiros por ladrón; el ‘Malagua’, surfer de barrio y leal amigo, muerto también por auxiliar a uno de sus amigos en un asalto, que era cambista, oficio que empezaba a “ponerse de moda” en esos años. Daba igual quien gobernara, quién ganara el campeonato descentralizado, o si la tercera guerra nuclear estaba a la vuelta de la esquina. Solo importaba la calle, la patota, el fulbito, las noches sin luna; en fin, el día a día me enseñó que Lima no me iba a doblegar. Jamás.

[Publicada en Diario Uno]

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