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LAS CONSECUENCIAS DE NEGAR EL RACISMO

“La negación del racismo es un mecanismo de defensa que muchos peruanos emplean para no aceptar su responsabilidad o para no reconocer las situaciones de discriminación que pueden haber sufrido. Dado el mestizaje de buena parte de nuestra sociedad, son muchos los peruanos que procuran negar las dos situaciones: haber practicado y haber sufrido racismo”.

Por Wilfredo Ardito Vega

El viernes pasado, la Iglesia Católica de los Estados Unidos convocó a una gran jornada de oración por la paz y la justicia racial. Paralelamente, diferentes iglesias están formando grupos de autoayuda, parecidos a ‘Alcohólicos Anónimos’, cuyos integrantes hablan sobre su racismo y buscan enfrentarlo. En Bolivia, por otra parte, se anunció que ninguna persona denunciada por discriminación racial podrá ingresar al sector público.

Todo estas estas acciones son posibles porque en estos países nadie discute que el racismo existe. En el Perú, en cambio, tenemos el racismo delante de nuestros ojos, pero muchos prefieren no poder verlo aún cuando es evidente.

Por ejemplo, la masacre de Accomarca debería ser considerada como un acto terrible de racismo. ¿No sentía Telmo Hurtado tanto desprecio por los habitantes de dicha comunidad que no vaciló en matar a los niños recién nacidos? De igual manera, las violaciones masivas a las mujeres indígenas cometidas en los años ochenta o las esterilizaciones forzadas al mismo sector en los noventa también tuvieron una marcada carga racista.

No mencionar la carga racista de todos estos hechos es reducirlos a incidentes aislados, ocurridos porque un cruel azar del destino originó que oficiales, soldados y médicos con problemas psiquiátricos fueran enviados a la sierra del Perú. En todos estos casos, el trasfondo es que los perpetradores estaban convencidos de la inferioridad de la población indígena y de que podían vulnerarse sus derechos fundamentales. Lo pensaban así los Comandantes Político Militares de la época. Lo pensaban también las autoridades civiles y muchos limeños que se encogían de hombros cada vez que se informaban de alguna de estas atrocidades.

Debemos comprender que el racismo no es un prejuicio personal sino un problema estructural, que atraviesa toda la sociedad, pero con responsabilidades individuales cuando lleva a cometer delitos.

Si a alguien le queda duda de que estos crímenes fueron el reflejo de una mentalidad muy extendida, puede revisar los comentarios a cualquier noticia sobre el proceso por las esterilizaciones forzadas, sobre el muro existente en Las Casuarinas o sobre las sogas que emplean los vecinos de Ancón para segregar a sus compatriotas.

La negación del racismo es un mecanismo de defensa que muchos peruanos emplean para no aceptar su responsabilidad o para no reconocer las situaciones de discriminación que pueden haber sufrido. Dado el mestizaje de buena parte de nuestra sociedad, son muchos los peruanos que procuran negar las dos situaciones: haber practicado y haber sufrido racismo.

Sin embargo, también la negación del racismo puede manipularse. Hay quienes, antes de soltar un comentario particularmente ofensivo, pretenden protegerse diciendo: “Yo no soy racista, pero…”.   Para ellos, paradójicamente, negar el racismo posibilita ser racista.

Ahora bien, otro mecanismo que tiene el racismo peruano para hacerse invisible es camuflarse bajo terminologías que no son abiertamente racistas, sino geográficas, clasistas o económicas. Por ejemplo, muchas personas evitan usar palabras como “cholo” o “indio”, pero sí dicen “serrano”, “gente de los conos” o “gente sin educación” para denigrar a las mismas personas. Entre los jóvenes, los términos despectivos pueden ir cambiando: amixer o wachiturro han caído en el desuso, mientras que ahora proliferan las bromas sobre los Brayan o Britanny.  En todos estos casos, los rasgos físicos son característicos para definir a quien se busca criticar junto con otros aspectos como la vestimenta.

De otro lado,  para no llamar a alguien racista, se usan muchas veces palabras como “pituco” o “sobrado”.

La negación del racismo tiene como consecuencia que en las entidades públicas o privadas no existan políticas para enfrentarlo: los cursos sobre “atención al cliente” no abordan cómo manejar los prejuicios racistas, pese a que normalmente aparecen al primer contacto. Tampoco están preparados los departamentos de Recursos Humanos, pese a que son fuentes de permanentes incidentes.

-No aparece en sus manuales y están bloqueados para enfrentar el problema y hasta para admitir que existe –me comenta un asesor de diversas empresas.

Esta miopía resulta grave en una época en que un incidente racista (aunque no sea necesariamente calificado con ese nombre) puede ser masivamente difundido por las redes sociales, como le sucedió recientemente a Tottus, San Ceferino, Saga Falabella o el suplemento Aptitus de El Comercio.

Regresando a las prácticas delictivas, la negación permite que todavía las autoridades no hayan aplicado el agravante previsto en el artículo 46 del Código Penal y tampoco sancionen actos abiertamente racistas como los que aparecen en las redes sociales.

En cambio, el artículo 147 Código Penal Colombiano reconoce como delito específico la segregación racial y otros actos discriminatorios cometidos durante un conflicto armado y el artículo 166 alude a la desaparición forzada con móvil discriminatorio. En Guatemala, además, crímenes muy semejantes a los cometidos en los años ochenta por los militares son abiertamente calificados como genocidio.

Mientras neguemos que el racismo es uno de nuestros grandes problemas, no habrán políticas serias para enfrentarlo… y tampoco campañas de oración.

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