Tia María campesinos Islay

LA VISIÓN DE LOS VENCIDOS

El historiador Miguel León-Portilla decidió un día —siempre lo supo— que la historia no tiene una sola fuente o fuentes “oficiales”. Nosotros, también, como periodistas, sabemos que una historia tiene tres versiones: la de una parte, la de la otra… y la verdadera.

Pero, siendo seres históricamente situados nos dejamos llevar por los prejuicios, cuando no por los intereses de grandes lobby. Sin embargo, León-Portilla, en un admirable esfuerzo historiográfico, publicó en ‘La visión de los vencidos’ (1959), donde reunió escritos de los indios de Mesoamérica que narran su propia versión de la Conquista. Códices en náhuatl y xiuhámatl, entre otras fuentes, dan cuenta de cómo se vivió la llegada de los blancos bardudos desde la mirada de los nativos. En buena cuenta, este historiador busca ponerse en los zapatos del otro y reflejarse en el espejo de quien ha sido arrollado por los invasores. Es decir, dejar de lado esa sentencia que dice que la historia la escriben los ganadores; y buscar, en todas las voces, especialmente las de los derrotados, una visión amplia e integradora; en suma, buscar la verdad.

Este rodeo viene a cuento por lo que está sucediendo en Islay. Gente mucho más informada está tocando el tema técnico y de fondo, pero se me hace una carga pesada y obligada dar mi opinión desde otras miradas. Y lo hago como mollendino, orgulloso hijo del Puerto Bravo (y no por ello reivindico a Abimael Guzmán, que es mi paisano, como sugirió el congresistas Eguren). Vivo en Lima hace muchísimos años, es cierto; pero siempre mantengo mis visitas a Mollendo y el Valle de Tambo; así como los lazos familiares. Y las viejas anécdotas, aventuras y empolvados amores laten de vez en cuando. Donde quiera que me pare, soy un mollendino de pelo en pecho (siete pelos, pero son). Por ello es que me duele mucho los comentarios y actitudes de algunos amigos respecto a los tambeños, así como de queridos amigos arequipeños. Por su puesto que es gente entrañable para mí y que esto no afectará nuestra amistad, pues, como escribió Bryce: “Así como el amor es ciego, la amistad es entender hasta lo que uno no entiende de sus amigos y perdonarles absolutamente todo, aunque joda”. Pero eso no quita que deje dolerme la aparente incapacidad para colocarse en el lugar del otro, en la ‘visión de los vencidos’.

Estas semanas en conversaciones, debates en redes, en grupos de ‘wasap’, escucho y leo expresiones como “hay que meterles bala; que el Ejército los mate como ratas; son borregos; ni siquiera son propietarios, terroristas, infiltrados, etc. ”; y entre los arequipeños argumentos realmente de odio como “son puneños que deben largarse de Arequipa; los cholos puneños son un virus; etc.” (todavía no me queda claro a quienes llaman despectivamente ‘quesos’). Y por supuesto, están los opinólogos que en nombre de la ley, claman sangre a raudales. Me duele que personas que conozco pacíficas, solidarias, de pronto sean incapaces de colocarse un rato en la situación de vecinos nuestros; tal vez con otro temple, otras costumbres, diferentes forma de hablar y vestir, pero no por ello menos humanos y con menos derechos. Durante añares Mollendo ha vivido de los productos del Valle. Hermanos que nos han dado los productos de nuestras mesas y hasta los insumos para preparar uno de nuestros platos bandera: el ‘perol’, con su chicharrón de pulpo más. Pero ahora, cuando algunos escucharon $ 1,400 millones se les pusieron los ojos a girar como maquinitas de tragamonedas marcando el símbolo del dólar; y ya no fueron capaces de pensar en la armoniosa y hasta ahora eterna relación que habíamos tenidos con nuestros hermanos del valle. Desde luego no soy tan tonto como para avalar conductas criminales que han excedido la lógica de las protestas; pero me subleva que tampoco podamos colocarnos un rato en la perspectiva de los otros, entenderlos (no necesariamente es aprobarlos) y dejar de pensar —cándidamente— que todos pueden ser manipulados por un puñado de individuos que se vende por “lentejas”. Es bastante menosprecio creer que es gente incapaz de pensar por sí mismos. Tener un título nos puede dar mejores cartas laborales, pero no hacernos mejores personas que nadie. Campesinos y doctorados, somos iguales (el que suscribe, ‘licenciado’ nomás).

Los Conquistadores estaban obsesionados con el oro, arrasaron un mundo por aquel metal.  Y escribieron la historia, que León-Portilla nos hace ver desde el reverso del espejo. No se trata a la hora actual de si la mina a la larga será buena o contaminante; se trata de respetar vidas humanas y considerar a las personas como tales, no “ratas que el Ejército debe fulminar”. ¿Qué diálogo puede partir si la vida de tu interlocutor vale nada? Con pena sabía Ribeyro que para algunas personas “la piel de un indio no cuesta caro”.

Por Eduardo Abusada Franco 
Publicado en Diario 16 el 16/05 de 2015

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