chicharrón barnechea

LA POLÍTICA Y LOS GESTOS

“El carisma es la cualidad o don natural que tiene quien atrae a los demás por su presencia, palabra o personalidad, porque es agradable, favorecedor, motivador o suscita la admiración de sus seguidores gracias a su “magnetismo personal”. Es un don con el que se nace, y que va de la mano con la empatía y la simpatía. Un político antipático jamás podrá contar con el favorecimiento del electorado, por más que sea un buen técnico u honrado gestor de la cosa pública. Carismáticos fueron Belaunde y Felipe González. Poco carismático su sucesor Aznar. Buen presidente fue Paniagua, pero mal candidato ya que luego de su gestión solo obtuvo el 5% de la votación”.

Por Aníbal Quiroga León

Cuando lea esto ya sabremos quiénes han pasado al “ballotage” o segunda vuelta, dispuesta en la Constitución para legitimar al nuevo Presidente de la República cuando en la primera ronda el candidato mayor obtenga menos del 50% de los votos válidos.

Es un albur vaticinar quién habrá pasado en el segundo lugar, ya que el primero parece estar definido. Pero, a despecho de ello, sí podemos analizar algunos gestos que se han dado en la campaña electoral que, sin duda, han marcado la preferencia del electorado, aunque sus protagonistas no lo acepten.

Encadenarse al Palacio de Gobierno o salir a revelar intimidades conyugales en el Valor de la verdad no le dio rédito alguno a su protagonista, quien más bien parecía haber perdido la brújula del ridículo. Nunca pasó del 1% hasta que fue malamente retirado.

Lucir evidentemente beodo en una entrevista matinal, en el noticiero de mayor rating a nivel nacional, le valió a un expresidente condenarse a la galera de los “otros” que —en conjunto— tampoco superan el 1% de la preferencia del electorado. Y encima sale a decir malamente que el proceso electoral está enrarecido (¿?).

Otro candidato en alza, cual locomotora de desvencijados vagones ahítos por llegar al Congreso aun a costa del candidato, frenó intempestivamente su auge al mostrarse como “príncipe”, como señorito sin calle ni empatía, despreciando un sombrero de regalo (solo tenía que ponérselo!!!) y a una chicharronera de mercado que le alcanzó una porción. El sebo se lo tuvo que tragar después con la andanada de críticas, que se tradujeron en el bajón de la preferencia electoral, por mostrarse como pituquito limeño sobrado y altanero, coronado con el indecoroso desplante a una candidata a vicepresidenta de otra plancha, lo que en la hora digital y celularizada fue visto urbi et orbi y en todos sus ángulos. Hasta el último día ofreció disculpas por sus “humanos errores”, y es posible que se le perdone al mismo tiempo de negársele el voto.

Otra candidata parece permanente con botox, inexpresiva, no se le mueve ni una ceja, apegada al libreto y prendida de la mochila heredada de papi, con la cual está cómodamente sentada en el primer lugar de las preferencias. Pero eso no le garantiza nada en la segunda vuelta ya que tendrá que enfrentarse al fantasma del antivoto, también en alza, a una poderosa opinión pública joven y adversa que ha demostrado mover sus fuerzas cuando lo de la ‘repartija’ y la Ley Pulpín. No es moco de pavo.

Un candidato de la tercera edad aduce no tener arrugas, cuyo handicap es el pasaporte americano y su longevidad, tuvo la mala suerte de toser malamente en el evento de la CADE, en vivo y en directo y a nivel nacional, además de aparecer leyendo sin convicción ni apropiada dicción en el debate presidencial, sin altos ni bajos, sin calor y sin comunicarse con la mayoría del electorado que no deja de apreciarlo solo como el mal menor. No conecta con la gente y—con un apellido difícil de pronunciar e imposible de escribir— parece poco probable que conecte con el electorado popular, ni que este llegue a identificarse con su figura y propuestas, ya que para ellos no pasa de ser un gringo bonachón. Pero gringo al final de cuentas. Y un poquito mayor.

El carisma (del griego khárisma) es la cualidad o don natural que tiene quien atrae a los demás por su presencia, palabra o personalidad, porque es agradable, favorecedor, motivador o suscita la admiración de sus seguidores gracias a su “magnetismo personal”. Es un don con el que se nace, y que va de la mano con la empatía y la simpatía. Un político antipático jamás podrá contar con el favorecimiento del electorado, por más que sea un buen técnico u honrado gestor de la cosa pública. Carismáticos fueron Belaunde y Felipe González. Poco carismático su sucesor Aznar. Buen presidente fue Paniagua, pero mal candidato ya que luego de su gestión solo obtuvo el 5% de la votación.

Nuestros políticos, a excepción de alguno, son poco carismáticos, poco empáticos y nada simpáticos. Más bien destacan por su franca antipatía que les restan votos y los alejan del electorado. ¿Aprenderán la lección de que los gestos en política, el comportamiento escénico y el necesario carisma son elementos esenciales para ganar una campaña electoral?

Nota: Tomado de la revista Velaverde, edición 160. Escrito antes del 10 de abril, domingo de elecciones generales.

Comenta en Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *