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LA INTERPELACIÓN

La interpelación se ha convertido en el cuco del Gobierno. Parece que cada vez que en el Congreso se menciona la palabreja se produce escozor, desazón y temor en el Ejecutivo, ya que toda interpelación —como en la canción— les huele a peligro.

Contra lo que pudiera parecer, o creerse equívocamente, la interpelación es una de las formas de relación entre el Ejecutivo y el Congreso.  Está  en el Capítulo “De las relaciones con el Poder Legislativo”  de la Constitución, a continuación del referido al Consejo de Ministros.

Lo que ocurre es que, como inconsciente colectivo, queda el penoso recuerdo del primer gobierno de Belaunde en que la mayoritaria oposición APRA-UNO en la práctica paralizó un gobierno bastante mediocre, lo que muchos consideran que propició el Golpe de Estado de 1968 sojuzgando a la democracia por casi 12 años. Se suma la constatación de tener una minoritaria bancada, variopinta, dispersa y desorganizada, que a la fecha no ha tenido ni la intención ni la capacidad para tener puentes con la oposición que domina el Congreso.

Cada vez que en el Congreso se habla de “interpelación” en el Ejecutivo se produce dolor de estómago y pavor, divisando detrás de ello el panzer de una inevitable censura por el peso de la mayoría.  Ahí está el trauma del ex ministro Saavedra, desaforado de la cartera de educación.

Pero eso no necesariamente debe ser así, ni será así.  La Constitución de 1979 “amarró” la interpelación a la posibilidad presidencial de disolución constitucional del Congreso.  La Carta de 1993 lo repite. Por eso desde 1980 a la fecha sólo ha habido censuras contaditas con los dedos.  Esa es la realidad.

¿Qué al Ejecutivo no le gusta que la censura de un ministro? Bueno, es normal que no le agrade, pero se lo tiene que bancar democráticamente, porque ese es el uso constitucional, político y democrático.  No hay interpelaciones “insanas” o “buenas” como ha afirmado —mal aconsejado— PPK.  Simplemente las hay como parte de la natural esgrima política entre el Congreso y el Ejecutivo.  A muchos congresistas tampoco les gustan muchas decisiones del gobierno y también se lo bancan porque son potestades constitucionales y para eso ganaron las elecciones.

Unos gobiernan y administran y otros legislan y fiscalizan. Son los checks and balances, los pesos y contrapesos de la democracia constitucional. Debemos acostumbrarnos, no ver fantasmas y ponernos en forma para este ejercicio democrático.  Y, de paso, tender los necesarísimos puentes de entendimiento entre mayoría—minoría que mejoren esas imprescindibles relaciones entre los unos y los otros.  Ese es el mandato constitucional y la esencia de la democracia.

Por: Aníbal Quiroga León

[Tomado de diario Exitosa]

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