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EL RACISMO QUE NO QUEREMOS VER

“En el Perú, lo normal es que el racismo no requiera expresiones racistas ni alusiones directas al color de la piel. Especialmente cuando se trata de personas de rasgos andinos, el racismo suele encubrirse de diversas maneras. Se emplean eufemismos como “gente de los conos”, “pobladores”, “ignorantes”, “gente sucia”, “gente sin educación”, “gente que viene de otros distritos”, “personas mal vestidas”, “campesinos”.”

Por Wilfredo Ardito Vega

-¿Por qué va a ser racismo?  ¿Acaso usted escuchó una palabra racista cuando le pegó?

Hace unos días, la empresaria Carmen Ovando Banchero abofeteó y pateó al policía Hans Ricra Huamaní en una calle de San Isidro.

El caso hizo recordar a la agresión que otra mujer, Silvana Buscaglia, cometió contra el policía Elías Quispe, de rasgos andinos como Ricra. La diferencia fue que Carmen Ovando obtuvo una pena muy benévola, sin un solo día de prisión efectiva, pese a que, además de golpear al policía, había causado un choque.

En ambos casos, en los procesos penales por flagrancia, los jueces no tomaron en cuenta el carácter racista de la agresión, que constituía un agravante según el artículo 46, 2.d del Código Penal.  De hecho, hay quienes, como la persona que cito al inicio, sostienen que no había racismo, porque en ningún momento hubo insultos racistas.

En realidad, ese tipo de expresiones no tienen que estar presentes para que un acto sea racista. Cada vez que en Estados Unidos la policía asesina a un afroamericano desarmado, es evidente que actúa por prejuicios raciales, aunque no existan insultos explícitos.

En el Perú, lo normal es que el racismo no requiera expresiones racistas ni alusiones directas al color de la piel.   Especialmente cuando se trata de personas de rasgos andinos, el racismo suele encubrirse de diversas maneras.  Se emplean eufemismos como “gente de los conos”, “pobladores”, “ignorantes”, “gente sucia”, “gente sin educación”, “gente que viene de otros distritos”, “personas mal vestidas”, “campesinos”.   Todos saben que existe una connotación racial, pero se prefiere creer que no está presente.  De hecho, “serrano” es uno de los términos que se usa con mayor carga peyorativa, pero en teoría no alude a un tema de discriminación racial, sino geográfico.   Inclusive “cholo” pareciera muchas veces aludir a una forma de comportamiento, más que a rasgos físicos.

Por ejemplo, cada vez que en Arequipa los ciudadanos de origen puneño bailan con sus trajes típicos (para un matrimonio, una fiesta patronal o una fiesta de Arequipa) reciben una serie de insultos en las redes sociales.   En muy pocos casos hay alusiones a los rasgos físicos, pero es evidente que existe un intenso odio racial.

En cambio, en los incidentes racistas contra una persona de rasgos africanos, nadie pretendería negar el racismo.   Así ocurrió con los violentos maltratos que en setiembre pasado sufrió el cooperante afroestadounidense Craig Martin por parte de dos policías en Sullana o la pésima experiencia que vivió el boxeador afroperuano Carlos Zambrano, al ser detenido por la policía mientras perseguía al delincuente que le había robado.

Resulta interesante que muchas personas consideran que Alan García era racista y despectivo hacia la población indígena amazónica por algunas palabras que dijo respecto a que no eran “ciudadanos de primera categoría”. En realidad, aunque no hubiera dicho nada, las medidas que promovía eran abiertamente racistas, porque buscaban despojar a los indígenas de sus tierras, bajo la pretensión de que otras personas podrían aprovecharlas mejor.

Igualmente,  muchos de los crímenes que durante el conflicto armado perpetraron las Fuerzas Armadas y Policiales en la región andina tuvieron una carga marcadamente racista.  Las violaciones, las desapariciones forzadas, las masacres, las torturas se cometían hacia quienes eran percibidos como inferiores.  Los autores eran totalmente conscientes de que era imposible que sus víctimas fueran terroristas, como ocurría cuando mataban bebés o violaban colegialas, pero el desprecio era total.  Años después, lo mismo ocurrió con las esterilizaciones forzadas, donde nunca se explicitó que se dirigían a las mujeres de rasgos indígenas, pero tuvieron una terrible connotación de limpieza étnica.  En la actualidad, la indiferencia del Poder Judicial, del Ministerio Público y de buena parte de la sociedad hacia las víctimas y sus familiares demuestra que prosigue la discriminación.

En general, el tabú que todavía rodea al racismo hace que no se pueda hablar sobre éste cuando afecta a población indígena, e inclusive usar la palabra “indígena”  para referirse a andinos y amazónicos ya es considerado una ofensa.

Muchas veces se prefiere atribuir la discriminación a una causa económica o geográfica o considerar al agresor como una persona prepotente.

-En el Cusco muchas veces la gente me decía que una persona era “mala” cuando los maltrataba por gusto –comenta una abogada.

Considerar a esta persona racista implicaría también asumir una percepción negativa sobre uno mismo como “discriminable”.

Si Elías Quispe o Hans Ricra hubieran denunciado a sus agresoras por racismo, quizás la sociedad habría reflexionado más sobre este problema, pero probablemente aún para ellos es difícil aceptar que ni siquiera ser policías les libra de ser golpeados por alguien tan racista que los considera un ser inferior.

Ojalá no ocurriera así, pero estoy convencido que, muy pronto, otro policía de rasgos andinos será golpeado.  Ya saben que eso es racismo y que merece una fuerte sanción.

En todo caso, mientras neguemos el racismo cotidiano, seguirá vivo e impune.

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