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EL PLACER DE SER RACISTA

“Como estamos señalando, el problema es que ser racista causa la satisfacción perversa de sentirse superior y, por lo tanto, muchos peruanos se sienten muy satisfechos cuando discriminan. En el fondo, esta necesidad de humillar al otro para sentirse bien refleja un fuerte problema de autoestima colectiva”.

Por Wilfredo Ardito Vega

La semana pasada comencé a enseñar el curso de No Discriminación y Derecho, que por primera vez se dicta en una Facultad de Derecho en el Perú. La mayoría de los alumnos ha venido participando activamente, aportando muchos ejemplos y comentarios. Esto genera un ambiente de permanente reflexión, donde la compleja realidad de la discriminación en nuestro país pone a prueba las definiciones y teorías.

Normalmente, se sostiene que la discriminación es el rechazo a una persona o grupo de personas, en base a prejuicios. Efectivamente, en muchos países la discriminación implica rechazar a los discriminados porque se sospecha de ellos o se les teme. El rechazo puede implicar no querer que los musulmanes se muden al barrio, no subir con negros a un ascensor o no darle empleo a un homosexual.  En todos estos casos, se rechaza la cercanía del discriminado. El rechazo, a lo largo de la historia ha llevado inclusive a situaciones de exterminio por motivos raciales, religiosos o políticos.

Sin embargo, en el caso del racismo en el Perú, muchas veces no se rechaza al discriminado en el sentido de procurar que se aleje o desaparezca, sino que se acepta convivir con él, en tanto “conozca su lugar”, es decir su condición de inferior.  Inclusive,  muchos individuos extremadamente racistas no podrían vivir sin las personas que discriminan, porque dependen de ellas, como sucede con las trabajadoras del hogar.  

En nuestro país, el racismo mas bien es empleado para confirmar una visión jerárquica de la sociedad.  Por eso, no se busca la desaparición de los discriminados, sino su actitud sumisa y complaciente.

En otros países quienes practican el mobbing, llamado también acoso laboral, buscan que la víctima se retire del trabajo, harta del hostigamiento. En el Perú, mas bien, los hostigadores desean que la víctima permanezca, para seguir hostilizándola y humillándola.  Lo mismo ocurre con el bullying en los colegios. Los alumnos no desean que falte el compañero al cual atormentan, puesto que su presencia les presenta una oportunidad para divertirse a costa de él.

Un colega de la oficina recordaba hace unos días:

-Yo estudiaba en un colegio de Surquillo, cuando se produjo el terremoto del 70 y llegaron varios niños del callejón de Huaylas. Varios de mis compañeros estaban contentos porque podían maltratarlos llamándoles “serranos” y burlarse de su forma de hablar.

Como estamos señalando, el problema es que ser racista causa la satisfacción perversa de sentirse superior y, por lo tanto, muchos peruanos se sienten muy satisfechos cuando discriminan. En el fondo, esta necesidad de humillar al otro para sentirse bien refleja un fuerte problema de autoestima colectiva. Por eso, como un lector comentaba: “cholear es una forma de blanquearse”, es decir de afirmarse en que uno es “diferente”, es decir “superior”.

Precisamente, las bromas racistas solamente se comprenden por la proximidad del discriminado, para ridiculizarlo a costa de su incomodidad.  Como ya hemos dicho, lo más perverso es que, bajo el argumento de que es una broma, se considera que la víctima debe aceptar las humillaciones.

Creo que esa es la razón por la que tiene tanto éxito el humor racista: La Paisana Jacinta y el Negro Mama divierten a muchas personas, porque reflejan las humillaciones reales que sufren andinos y afroperuanos.  Y, naturalmente, es relativo: el más andino humilla a quien tiene estos rasgos.  Lo he visto yo inclusive en lugares como el Cusco, donde la diferencia parecía imperceptible, pero siempre se enfatizaba.

El racismo entonces ha sido un elemento fundamental de la convivencia entre los peruanos, porque permite “ordenar la diversidad” en una jerarquía.  Es verdad que hay momentos en que la jerarquía parece romperse, como cuando se produjo la migración andina hacia la costa y  fue percibida como una amenaza o, como se indica aún, como una “invasión”, pero también lo es que pronto las personas andinas pasaron nuevamente a ser humilladas y maltratadas.

Por supuesto, hay quienes creen que con los años el racismo desaparecerá, conforme mejoren las condiciones de vida de los actualmente discriminados. Sin embargo, muchos factores como la discriminación en colegios y universidades, la segregación en el empleo o los patrones de belleza impuestos siguen dando más oportunidades a quienes tienen los rasgos físicos más adecuados y así el racismo logra mantener una situación de desigualdad.

Hace unos días, un camarógrafo limeño publicó una fotografía en que una joven besaba a un futbolista negro y él colocó la frase: “Debe ser ciega”.  En pocos momentos, sus amigos le empezaron a reprochar su conducta hasta que él se vio obligado a retirar dicha frase.  Es posible que las redes sociales estén funcionando para corregir determinados comportamientos, pero, para que los peruanos dejamos de sentir placer al ser racistas sería fundamental que las autoridades desarrollen campañas públicas al respecto, promoviendo una autoestima equilibrada.

One Comment

    • Jorge Sirvas Castro
    • 14 abril, 2016
    • Responder

    Sin resentimiento de ninguna especie, creo que el abogado Santos Chichizola, a pesar de sus años y de no entender el articulo, todavìa no es consciente que vive en Perú, país en el que el racismo, como parte de la herencia negativa de la dominación española, està fuertemente arraigado y protegido (realmente, aunque no formalmente) por la clase dominante para mantener su poder. Seria interesante que viva en Comas o San Juan de Lurigancho, y no en Miraflores.

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