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EL GOBIERNO DE LOS ECONOMISTAS

“Maldades aparte, es cosa curiosa observar cómo en el gobierno que se instalará este 28 de julio sus principales autoridades son predominantemente economistas. Lo serán el Presidente de la República, su recién nombrado Primer Ministro, la segunda Vicepresidenta, y así… Parecería que en la hora actual de la no política, de la ostensible debilidad de los partidos políticos, del declive de la ideología y de la presencia de un pragmatismo en que cuesta distinguir una opción de la otra y donde la izquierda ideologizada tiene un espacio cada vez más acotado, prevalece una clara hegemonía economicista de la política, de la vida y de la sociedad, dejando de lado la retórica populistoide, el discurso inflamado, el verbo florido que parece decir mucho y no dice nada. Hasta el metalenguaje de los abogados cuando trasuntan hacia lo político en nombre de la ciencia política”…

Por Aníbal Quiroga León

Es sus clases un antiguo tributarista definía a los economistas como “contadores sofisticados”. También decía: “Los economistas dividen su tiempo en dos: en la primera parte pronostican el futuro; en la segunda se la pasan explicando por qué no acertaron en su vaticinio…”.

Maldades aparte, es cosa curiosa observar cómo en el gobierno que se instalará este 28 de julio sus principales autoridades son predominantemente economistas. Lo serán el Presidente de la República, su recién nombrado Primer Ministro, la segunda Vicepresidenta, y así… Parecería que en la hora actual de la no política, de la ostensible debilidad de los partidos políticos, del declive de la ideología y de la presencia de un pragmatismo en que cuesta distinguir una opción de la otra y donde la izquierda ideologizada tiene un espacio cada vez más acotado, prevalece una clara hegemonía economicista de la política, de la vida y de la sociedad, dejando de lado la retórica populistoide, el discurso inflamado, el verbo florido que parece decir mucho y no dice nada. Hasta el metalenguaje de los abogados cuando trasuntan hacia lo político en nombre de la ciencia política.

Eso no es bueno ni malo. Tan solo es una realidad. Hemos tenido gobiernos izquierdistas que fracasaron en sacar adelante al país. Gobiernos populistas que nos sumieron en el caos económico, la pobreza, la debacle de la inflación y la postración de nuestro desarrollo nacional. Y gobiernos claramente ineficientes.

Se quiera admitir o no, desde que se uniformizó el manejo económico hace un cuarto de siglo y desde que las reglas democráticas empataron con una estabilidad y rigor en el manejo de las arcas fiscales y el gasto público, el desarrollo ha sido sostenido, bien sea por la redefinición del rol del Estado en lo económico, bien sea por el impulso a la inversión privada, bien sea por la clarificación de las reglas esenciales para proteger la inversión privada, sea nacional o extranjera.

Mucho ha ayudado la llamada “constitución económica”, que no es otra cosa que el Capítulo Económico de la Constitución del 93 que —casi transformado en cláusula pétrea— no ha podido ser tocado, modificado o manipulado, ni ha sufrido intento serio de cambio a despecho de quienes han hecho de su radical alteración su principal bandera política.

Ahora la política doméstica y el manejo económico van a estar casi monopolizados por economistas como nunca antes se dio en nuestra historia. Debemos suponer que los principales fundamentos de nuestra bonanza y riqueza serán maximizados en su rédito lográndose el ansiado desarrollo nacional sostenido y, sobre todo, un alejamiento tangible de los márgenes de pobreza, desigualdad y atraso que aún laceran nuestra realidad.

Claro, es con dinero que se compra la comida. Y con dinero se compran los materiales —y se pagan los salarios de los profesores— para que se eduquen nuestros hijos. Con dinero es que se provee la necesaria seguridad interna que tanta falta hace. También con dinero se garantiza nuestra seguridad externa que, con 5 fronteras, nos debe tener siempre vigilantes para no repetir nuestra funesta historia del siglo XIX, protegiendo nuestros recursos naturales, siempre apetitosos para los demás.

La oposición ha tenido la candidez de señalar que los líderes designados vienen de la “gran empresa”, a la que seguro beneficiarán, sin darse cuenta que una gran empresa significa un gran capital, grandes puestos de trabajo, mejores salarios, grandes impuestos, mayor tecnología, grandes mercados y un Estado más fuerte. Una “gran rentabilidad” con la que ganamos todos. ¿Tan difícil es entender de algo tan elemental?

No hay almuerzo gratis, se dice en la economía moderna. Y es verdad: en el mundo real nada es gratis, y la lucha contra la pobreza o la seguridad ciudadana tampoco. Para lograr tan solo esos dos aspectos que nuestra sociedad clama necesitamos de una solidez patrimonial que solo un manejo adecuado de la cosa pública y de nuestra economía lo puede intentar con alguna posibilidad de alcanzarlo.

Confiemos en que nuestros actuales líderes políticos puedan afrontar con éxito el reto que se han autoimpuesto. No quisiéramos que, al final, tan solo se la pasen explicando por qué no lograron cumplir sus metas que, al fin de cuentas, son también nuestros más grandes anhelos.

Nota: Tomado de la revista Velaverde del 18 de julio de 2016.

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