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EL FANTASMA DEL ‘NEGRO BOMBA’

Se llamaba Malasio o Víctor. Se apellidaba Vásquez, eso sí. Pero en el bajo mundo era conocido como ‘Bomba’; para ser más exactos, ‘Negro Bomba’. Aunque ya era conocido en el inframundo limeño, el país entero lo sigue recordando como aquel que saltó a la cancha del Nacional para pegarle al árbitro Pazos, tras suspender el partido y anularle un gol a ‘Kilo’ Lobatón contra Argentina en las clasificatorias a las Olimpiadas de Tokyo.

Era 1964, y el Estadio de José Díaz fue el escenario donde se dio la tragedia más grande del fútbol mundial. Más de 300 personas murieron ese día cuando el coronel Jorge de Azambuja ordenó lanzar gases contra las tribunas, las que se en su huida se encontraron con las puertas de fierro del estadio cerradas. Hace un par de semanas se cumplió un año más de aquel día fúnebre. Al día siguiente, el reportero Mauricio Gil de El Comercio, lo describió así: El aire se agota. Los pulmones se encogen. Las costillas se quiebran. La avalancha humana transformó el miedo en histeria al toparse con las puertas cerradas. Obstáculos de metal que sólo se abrían hacia dentro y que concluían las escaleras, el descenso hacia la muerte.”

¿Fue Bomba el causante de esa tragedia, o el árbitro, o quizás Azambuja? Sin duda, fue una maldita suma de factores. Bomba se hizo de una triste fama, allende de sus correrías entre el hampa criolla. Fue uno de esos personajes que le ponían sal y pimienta a las historias de putas y borrachos. Conversé un par de veces con Víctor Hugo Shimabukuro, actual regente de Las Cucardas y lo recuerda bien. Me decía que trabajaba al costado. En efecto, entre otros oficios de malandrín, tenía uno honorable: fue también guardián de ‘La Nené’, uno de los prostíbulos más antiguos de Lima, regentado por una dama belga llamada “Naenette” (o algo así), pero en francés-peruano era solo ‘Nené’. Allí, un corpulento y malcarado Bomba hacía respetar la casa y a las chicas. Mi papá me contó que una vez fue con unos amigos (supongo que a ver nomás). Eran chiquillos. Estaba mi tío Raúl, que era rubio y tenía pinta de niño bien. Recién habían pintado la fachada y mi tío se apoyó a fumar un cigarro con el talón apoyado en el muro, estilo James Dean. Bomba se acercó y dijo: “¡Saca la pata de ahí, gringo de mierda, si no quieres que te la corte!”.

Víctor o Malasio Vásquez acabó sus días pidiendo dinero en buses para comer. Hay quienes aseguran que muchas almas aún penan en el antiguo Estadio, y de cuando en cuando, preguntan por él.

Por: Eduardo Abusada Franco

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