Fuente Andina - Carlos Lezama

EL DÍA EN QUE MARTHA HILDEBRANDT DESPRECIÓ MI LAPICERO

De cómo Martha Hildebrandt me vapuleó y humilló en una entrevista

Escribe: Eduardo Abusada



La lingüista y fujimorista Martha Hildebrandt acaba de cumplir 90 años. Lo que corresponde a un caballero elegante es saludar a la casi centenaria dama. Pero como yo no soy un caballero, ni mucho menos elegante —apenas soy un ‘cholo blanco’ que va con zapatillas a la playa—, me permitiré recordar brevemente, líneas más abajo, una de las majaderías de la egregia doña contra quien suscribe.

De su vergonzosa actuación política no vale la pena ahondar. Ya el usuario de Facebook Luis Chiappe, en un post del Utero.pe, a raíz de una entrevista que recientemente ha dado la señora en Somos, delinea —con mucho de hígado, eso sí— el lado funesto de la cumpleañera. Sin embargo, olvida mencionar otros. Respecto a su ronque habitual en su paso por el parlamento (con escasa producción legislativa) hay que decir en su defensa que es comprensible. Una vez, cuando trabajaba en la Cancillería, me mandaron a escuchar la exposición de un ministro y a los tres minutos ya estaba con los ojos para atrás. No obstante, sí conviene recordar el absoluto desprecio con que esta dama trata a sus “no iguales”.  Amigos editores saben del despotismo con que trataba a correctores y editores del Fondo de Editorial del Congreso. Al parecer, quién no está a su altura académica, no merece respeto. Prueba de ello es también la forma discriminatoria en la que trató a la congresista andina y quechuahablante María Sumire. Click acá.

Zzzzzz...

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Pero a lo que iba. Si mal no recuerdo eran las elecciones generales del 2006 y trabajaba en el diario Trome bajo la tutela del mítico Búho. Me llamó un asesor de Martha Hildebrandt para que le haga una entrevista, pues en ese tiempo hacía entrevistas pregunta-respuesta a página completa los domingos. Fui a casa de la señora en Miraflores. Eran mis inicios en el periodismo, y creo que no he evolucionado mucho desde entonces —sigo siendo un aprendiz—, y me mostré un poco timorato. Desde el inicio de la conversación la lingüista quiso hacerme notar que era un ignorante. Me preguntó en que universidad había estudiado y le contesté que en la PUCP. “¡No parece! Cómo ha caído el nivel de la Católica”, me lanzó en mi cara de cojudo mejor lograda. Ya con eso me bajoneó y me dejó fuera de juego. Quise contraarrestrar y citarle la inhumana afición a la peletería que tiene ella. Apenas empecé con la pregunta me dijo casi gritando, con mirada torva, “¡Y no me dan pena los animales!”. Luego criticó a la prensa popular y todo eso, y le hice notar que fue ella quien me había llamado, yo no; a lo que dijo que eso debió ser ocurrencia de su asesor (le faltó agregar ‘el burro’ de su asesor).

Al rato me preguntó si había leído su libro, El habla culta. Le dijo que “no”. Terrible error. Me lanzó otro dardo ponzoñoso al centro de mi orgullo. “Con razón, se nota (que no lo has leído)”. Ya con mi cara larga, parece que asomó algún rastro de piedad en su lucífuga alma. La doña ya había barrido el piso con mi cuerpito, y tal vez quiso ser maternal. Me ofreció regalarme un ejemplar de su obra. Por su puesto, yo había llevado mi libro para que me lo firmara (colecciono libros firmados), ¡pero era pirata! Ya para ese momento me dio verdadero pavor atreverme a mostrar el libro fotocopiado en papel bulky, pues era lo único que podía comprar dado mi presupuesto de redactor anónimo de prensa escrita más o menos honesto. Acepté de buena gana el libro original que me obsequió, y tuve el atrevimiento de pedir que me lo firmara. Eso ya fue el acabose. Había llevado mi lapicero Faber-Castell, que por cierto estaba nuevo. Lo acaba de comprar y ni siquiera lo había masticado. Se lo alcancé y al notarlo entre sus dedos, con un gesto de asco lo arrojó sobre su escritorio como si quemara. “¡Ay, yo no firmo con esta porquería!”, dijo como un anatema, para luego pedir a su secretaria que le traiga su lapicero. Ya con mis ojos agüita no pude ver de qué bolígrafo se trataba, pero resplandecía triunfante.

Salí brutalmente humillado, y al llegar a la redacción le dije a mis jefes que no había dicho nada interesante y no saqué la entrevista. Las canas te pueden dar experiencia, pero no te hacen mejor persona, tampoco los libros leídos y/o publicados. Prefiero un noble bruto, que un erudito arrogante.

martita

EL LADO BUENO DE LA MALA ARISTÓCRATA

En ese momento, la señora me pareció Cruela de Vil, pero, la verdad sea dicha, tiene una bien ganada nombradía en el mundo académico. Es más, había escuchado que si uno la llamaba por teléfono, así si sea un fulano cualquiera, te contestaba personalmente y te resolvía consultas sobre el idioma. Tiempo después lo hice, y debo decir que me atendió con normalidad. El propio Fernando de Szyszlo, en otra entrevista que hice y quien me trató, él sí, con mucha educación, me comentó del importante aporte de Martha Hildebrandt a las letras peruanas. En fin, dada su solvencia académica —solo eso—, me permito transcribir acá esta interesante columna de Víctor Hurtado Oviedo, tomada de su libro Otras disquisiciones (Lápix editores, 2012):

LA BUENA ARISTÓCRATA

Las tres gracias son cantar como Javier Solís, escribir como Francisco de Quevedo y saber como Martha Hildebrandt. Lo perfecto es ejemplo de lo bueno. De Hildebrandt ya venerábamos Peruanismos, libro o sabio, ameno y decidor; ahora nos entrega El habla culta (o lo que debiera serlo) para la edificación del curioso pertinente. El libro salva 151 artículos que se iban al olvido en los barquitos de papel de los periódicos. Hoy bullen aquí, y los amigos del buen decir pueden ya leerlos como un libro de horas. Ha hecho bien Martha Hildebrandt pues su libro da justa guerra (yijad de pasión islámica) al desprecio oligárquico de dejar que el pueblo hable como quiera porque —pretextan algunos— «el pueblo hace el idioma». Esta sentencia es media verdad; pero la otra parte de esta media verdad es una mentira completa.

El «pueblo» no habla como quiere, sino como puede. Se viste con la única palabra que tiene a mano porque, cuando pretende expresar ‘airoso’, solamente sabe decir ‘bonito’. El pueblo vive a dieta cuando habla y cuando come. Pobreza es también ignorar las infinitas diferencias del idioma. En cambio, quien sí habla como quiere es el que sabe: quien ha gozado del dinero y de la educación suficientes para invertir en su propia cultura y puede así subir y bajar a su gusto por la escala del lenguaje. El pobre toca un rondín; el culto domina una orquesta.

Enseñar al que no sabe: tal es el sentido profundo de esta obra de divulgación lingüística. Es un mundo donde la mayoría es una molestia, es necesario que quienes poseen menos monedas no conozcan también pocas palabras. Toda la vida de Martha Hildebrandt ha sido porfiar contra aquella suerte de populismo, de peronismo lingüístico que deja que, cuando habla y escribe, la gente se las arregle como pueda. Los predicadores de esta libertad intentan, ellos sí, hablar bien y se horrorizan si el maestro de sus hijos diese a estos la potestad de escribir ‘sapato’ porque el pueblo no está seguro de que la zeta —como el Sur— también exista.

Hildebrandt responde así a tanto amante de la lectura diferida: «Para minimizar el valor de la palabra, es necesario tener buen conocimiento del lenguaje». El populismo del idioma aparece también cuando el que no entiende quiere enseñar al que no sabe. El mal aristócrata sabe lo que sabe y se lo guarda, y se ríe del pueblo que ignora ortografía; en cambio, Martha Hildebrandt es buena aristócrata pues procura que los demás sepamos tanto como ella. Ya el anarquista y republicano Juan Ramón Jiménez dijo que la democracia solo debe ser un paso en el ascenso hacia una sociedad de aristócratas, en la que todos seremos excelentes.

Tres méritos principales habitan en El habla culta: el oído atento al decir de la gente, la erudición para precisar el uso idóneo y la amplitud para aceptar los cambios del habla. Aprendamos de este libro; hablemos, escribamos bien; no demos, a quienes nos desprecian por humildes, el gusto de sabernos ignorantes.

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One Comment

    • Rodolfo Rivera
    • 17 septiembre, 2017
    • Responder

    A la vez que la criticas a ella ponte a pensar en ese diario trome que bueno se consigue NADA, noticias fuera de contexto, con lengiaje VULGAR para embrutecer al pueblo y terminarr la pagina del diario con una mujer semidesnuda o casi casi desnuda de las malcriadas y asi no son la mayoria de peruanas.

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