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DÉJAME UN BESO QUE ME DURE HASTA LA CENSURA

Todos vimos hace pocos días como el nuevo ministro de Educación, Idel ‘Besucón’ Vexler, le dijo lo que él considera un piropo a la ministra saliente Martens, y luego le estampó un sonoro beso en la cara, ante el confundido gesto de la recién censurada. Se ha armado un pequeño escándalo sobre si fue un acto machista que invadió la privacidad y el espacio físico de Martens, o apenas una galantería/coquetería del travieso y recién estrenado —y pronto, seguramente censurado— ministro. Más allá de la intención de Vexler, estos actos corresponden medirse desde la posición de la besada, y ella asegura que sí se sintió incómoda. Ciertamente, ¿a qué venía semejante ósculo en un acto protocolar? Como sea, besos van, chapes vienen, este asunto me ha llevado recordar algunos encuentros famosos de labios.

Es parte ya de la historia del cine y del amor los besos entre Vivien Leigh y Clark Gable en ‘Lo que el viento se llevó’. Me quedo con el primer beso, el más recordado por todos los que vieron el largometraje. Con un fondo de cielo bermejo, mucho más alto, mirándola desde arriba, el coronel Butler, interpretado por Gable, con su bigote bien recortadito, atrae a la muchacha por la cintura y la besa hasta que Scarlett O’Hara (V. Leigh) le mete un cachetadón. No se nota que sea un beso con lengua. El plano se abre y no se ven detalles, pero la escena sí deja sentir pasión. Es un beso intenso y con un ligero morbo, pues parece que Butler casi le está dando respiración boca a boca a su amada.

Célebre fue también el beso que Terry Grandchester le dio a la inocente Candy White Andry en la telenovela-manga de dibujos ‘Candy’. Toda una historia que marcó a mi generación. Al paso del tiempo, Candy se ganó fama de casquivana, pero lo cierto es que fue un “psicosocial” y la rubia ‘ojiverde’ era, en esencia, recatada. Sobre este encuentro, alguna vez escribí lo siguiente: Es más, Candy sólo tuvo un chape en los más de cien capítulos que duró la serie, y fue porque Terry la agarró prácticamente a la fuerza. Épica escena en que la púber, de puntitas y con los ojos más enormes en toda la serie, fue aprisionada de la cintura por el atrevido y seductor inglés, y destellos de luz colorearon el fondo, mientras la huérfana se dejaba llevar entre embobada, sorprendida e indignada, hasta que un intercambio de cachetadas acabó con el ósculo tanto esperado por los fanáticos.

Otro beso que no puedo olvidar es uno que vi en la película ‘Showgirl’, que trataba sobre bailarinas de striptease. No fue ninguna joya del cine, pero ese beso fue digno de un Óscar. Un beso lésbico y perfecto. Elizabeth Berkley, la chiquilla que se hizo conocida en la serie adolescente ‘Salvado por la campana’, se acercó a su rival de lentejuelas, interpretada Gina Gershon, y le dio un tierno y excitante beso. Ese sí se vio con lengua y todo. Ahora lo repasé en YouTube y es sensacional. Gershon, que en la película tiene un parecido con Cindy Crawford, recorre los gruesos labios de Elizabeth. Ambas cierran los ojos, las lenguas se cruzan, y quedan sus bocas entreabiertas, como pidiendo más.

Y hablando de besos homoeróticos, otro que fue célebre entre los peruanos, fue el que se dieron Santiago Magill y Gionavanni Ciccia en la película ‘No se lo digas a nadie’. Los dos desnudos, arrodillados en la cama, comiéndose el uno al otro, atrapados y desesperados en las ergástulas de su arrechura por fin liberada. Fue un beso algo voraz, con un instante de frenesí inicial. Estuvo bien, pero como todo en la vida, pudo estar mejor.

Sin embargo, no solo de transgresiones están hechas las buenas historias. Muchas veces, en el sentimentalismo puro, en la vuelta a lo inicial, a los clásicos, está la verdadera belleza. Lo simple. Los amantes del cine hemos llorado con ‘Cinema Paradiso’, de Giuseppe Tornatore. En este clásica historia, ambientada en un pueblito del interior del Italia, el cura del lugar ejercía su derecho a la censura en las películas que se exhibían en el viejo cinematógrafo del pueblo. Cortaba de las cintas todas las escenas de besos y cualquiera que consideraba inmoral. El encargado del cine guardó cada trozo de película y se los dejó como herencia al protagonista del film, que en la escena final, hace rodar el rollo mágico que le habían dejado como único legado. La escena es conmovedora. Decenas de imágenes en blanco y negro —las censuradas por la Iglesia, cuándo no: hasta los besos cómicos de Charles Chaplin cortó el sacerdote—, de una inocencia brutal para los estándares actuales, se sucedían en el ecran. Un rollo de retazos de pasión, que me dejó ahíto de amor y de cine. Besos que curan las arideces del alma y los estropicios del corazón.

Finalmente, no puedo dejar de mencionar el beso más sincero que existe. Aquel que llama por la puerta trasera que enhiesta a los más fríos; la divina y perfumada oquedad donde mueren los valientes: el beso negro. Sea pues, este un homenaje a los besos sinceros, consentidos, de amor, pasión y calentura. No a los besos ministeriales… no pedidos… y mal recibidos.

Por: Eduardo Abusada Franco

Pd. Publicado en Diario Uno el 23.09.217

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