LA TECNOLOGÍA MÁS PUNTERA PARA PONER CARA A TRES SANTOS DOMINICOS

CARTA ABIERTA AL DIRECTOR DE ‘LA REPÚBLICA’

Ante unos contenidos (discreta o evidentemente) racistas, avalados por el diario La República, el historiador José Carlos de la Puente Luna dirige una carta al director de dicho medio, señor Gustavo Mohme Seminario, en la cual exhibe los lamentables contenidos que su periódico promociona.

Carta abierta al director de La República

                                                                                    Austin, 19 de noviembre de 2015

Gustavo Mohme Seminario
Director del diario La República
Jr. Camaná 320 Cercado de Lima
Perú

Señor Director,

La aparición de dos notas en el diario que Ud. dirige, una del 25 de agosto la otra del 4 de noviembre, me impulsan a escribirle estas líneas. En dichas notas, se reseña los primeros resultados de una investigación dirigida a la reconstrucción tridimensional de los rostros “reales” o “verdaderos”—se nos dice—de Isabel Flores de Oliva y de Martín de Porras, canonizados por la Iglesia Católica en 1671 y 1962, respectivamente. En dichas notas, se cita recurrentemente a Jesús Quiroz, investigador del proyecto y profesor de la Universidad San Martín de Porres (una de las entidades que auspicia esta iniciativa). El profesor Quiroz, a quien no conozco, es odontólogo forense y perito en criminalística.

Si esta fuera una disquisición académica, tendría que resaltar el profundo desconocimiento del profesor Quiroz en lo que respecta a los lazos entre sociedad y santidad en el Perú del siglo XVII y, de manera mucho más palpable y dramática, al complejísimo problema de la relación entre categorías socio-raciales y de género (“español”, “mestizo”, “africana”, “femenina”, “criollo”) y la realidad “objetiva” que supuestamente reflejaban o describían. De nada de esto nos habla el profesor Quiroz a pesar de que, sobre estos temas, en particular sobre la fluidez de estas clasificaciones, su carácter artificial y arbitrario, y su importancia capital para la ideología colonial dominante, se ha escrito, literalmente, miles de páginas en los últimos cincuenta años. No creo que sea necesario que reitere aquí a Ud. y a sus lectores el enorme lastre que dicha ideología, en último término racista y discriminatoria —y que el profesor Quiroz reproduce— ha significado para nuestro país.

Pero no es al océano de carencias bibliográficas del profesor Quiroz a lo que quiero referirme, sino a los métodos bastante dudosos con los cuales él y otros han llegado a conclusiones totalmente deleznables y francamente peligrosas como las que paso a señalar. Por ejemplo, como los dientes y los huesos exhumados de la iglesia de Santo Domingo “no nos indicaban el color de piel que tuvo Santa Rosa”(mi énfasis), Quiroz y compañía se remontaron a los textos que indicaban la “procedencia” de los padres de Isabel. Dado que el padre era “español” y la madre “criolla (hija de español y mestiza)” [sic], Quiroz pudo “verificar”—merced a quién sabe qué artes ocultas— la predominancia de la “raza caucásica” [sic] en Isabel. No contento con eso, Quiroz concluye que las características del cráneos “dan fe de una raza muy pura”. Francamente, me pregunto a qué “raza” se refiere el profesor Quiroz y si ignora la serie de crímenes horrendos que, en nombre de este tipo de nociones de supuesta pureza racial, se han cometido y se siguen cometiendo.

El caso de Martín de Porras es incluso más penoso. Quiroz afirma que “pese a ser hijo de una africana, tenía rasgos finos”(mi énfasis). Detengámonos en esta afirmación, que la periodista secunda. Quiroz parece estar dándonos “buenas noticias”: pese a que los africanos no tienen “rasgos finos”, Martín sí los tenía. Es más, nos dice Quiroz, algo juguetón, que “quizá tenía los ojos verdes”. Qué alivio, pensarán algunos. Resulta alarmante que el artículo necesite dar una “explicación” para la supuesta anomalía que, en la mente de Quiroz, representa un descendiente de africanos con “rasgos finos”. Por si fuera poco, dicha “explicación” no sólo violenta el principio básico de no contradicción —pues plantea que algunos africanos sí tienen “rasgos finos”, contrariando así la afirmación anterior— sino que refuerza la serie de prejuicios y el desconocimiento en los que se sustenta este edificio de papel. Como los “pobladores” de “las regiones del norte de África” presentan las mismas características que Quiroz y la periodista califican como “finas”, solo queda concluir que algún “abuelo” o “bisabuelo” debió ser de dicha región. ¿Son estas las afirmaciones de un académico serio? La única forma de hacer estas interpretaciones más condenables y para el olvido hubiera sido usar “negro” en vez de “africano”.

Así, pues, las conclusiones que se exponen en estas dos notas son risibles. ¿Qué relevancia científica tiene afirmar (y, aunque veladamente, juzgar) que alguien tiene “rasgos finos” y “cabello prieto” o, en el caso de Isabel Flores, “tez blanca” y “características muy femeninas”? La pobreza de este tipo de discurso no nos permite ubicar a Quiroz siquiera en los inicios del debate científico sobre raza y sociedad en la América hispana de las últimas cinco o seis décadas, sino que nos retrotraen a las teorías pseudocientíficas y racistas de un ya lejano siglo XIX(al parecer, no tan lejano en la mente de algunos). Sobre esto también se ha escrito mucho. Afortunadamente, esta ciencia falsa de medir cráneo, jerarquizar supuestas razas y distinguir entre rasgos feos y bonitos ha sido constantemente refutada, denunciada y desacreditada, tanto por la comunidad académica desde sus distintos ángulos como por los múltiples testigos de la enorme barbarie que, en nombre de esas ideas, la humanidad ha tenido que sufrir y sufre desde entonces. No nos engañemos; este no es un pleito entre académicos. Lo más grave de las afirmaciones vertidas en estas declaraciones es el afán de querer hacer pasar ciertas creencias profundamente discriminatorias —de las cuales, quiero pensar, Quiroz ni siquiera es consciente— como representaciones objetivas amparadas en métodos y discursos académicos. En el proceso, no se hace más que reforzar una ideología que es preciso desmontar. Eso es lo más grave y urgente, que el profesor Quiroz haya buscado legitimar un discurso racista disfrazándolo de científico.

José Carlos de la Puente Luna

Profesor de Historia Latinoamericana

Texas State University

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