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CAPRILES VINO POR LANA Y SALIÓ TRASQUILADO

“Pedro Pablo Kuczynski lo recibió, pero no en Palacio de Gobierno. En rigor, no quiso darle categoría de Estado, ni comprometer los vínculos normales que mantienen Perú y Venezuela, como corresponde. En otras palabras, PPK le concedió una cita personal y le permitió una pequeña “entrada”, aunque no por una puerta oficial”…

Por Gustavo Espinoza M. *

En días pasados estuvo de visita en nuestro país Henrique Capriles Radonski, la más caracterizada figura de la oposición venezolana. Volvió luego de tres años con  la idea de pescar adhesiones en el proceloso océano post electoral peruano, luego de concluida la gestión de Humala, que nunca  mostró entusiasmo por la “contra” caraqueña. Y retornó al Perú confiado, porque los hoy “partidos grandes” —el de Keiko Fujimori y el de Pedro Pablo Kuczynski— le habían  prometido una adhesión activa. Ella, sin embargo, finalmente quedó en palabras.

Los enemigos de Venezuela, liderados por el parlamentario alanista Jorge del Castillo, estuvieron muy activos en la ocasión. Y buscaron sacarle el mayor provecho al asunto, coludidos con la mafia keikista que hoy es, virtualmente, ama y señora del Palacio Legislativo. Suscribieron, para el efecto, una “moción parlamentaria”, a la que le dieron un trámite ciertamente irregular. Cuando debieron simplemente darla por presentada y a disposición de los interesados, optaron por leerla y someterla a votación, con la idea de alcanzar —a favor de ella— el mayor número de votos posible.

No les resultó el juego dado que —por lo menos—  la bancada del Frente Amplio no se prestó al show y optó por alentar su propia  carta, sin sumarse al bodrio propuesto por la “mayoría”.

De todos modos,  los impulsores de la ofensiva anti bolivariana lograron arrancar la conformidad de 5 bancadas, incluida la del Gobierno. Y eso les bastó para gritar a los cuatro vientos  su apoyo a la campaña  que promueve en el mundo el imperialismo norteamericano. Porque a ella fue que se sumaron unos y otros tras sonadas frases seudo democráticas.

En la calle, Capriles no tuvo acogida alguna. Los que se movilizaron, lo hicieron para condenar su estancia. Un aguerrido contingente actuó en tal sentido en las puertas del lujoso hotel en el que se alojaba. Y no hubo nadie que saliera a defenderlo. Ni ahí, ni en otra parte.

Para los artífices de esta maniobra, no les resultó difícil el asunto. Después de todo, Henrique Capriles —como era de esperarse— contó con la benévola acogida de toda la “prensa grande”, la que aquí anda coludida con la mafia. Ella se encargó de embellecer su imagen, pintándolo como una suerte de Quijote redivivo, enfrentado en epopéyicas batallas al “poder chavista”, que aún luce irreductible.

En verdad, Henrique Capriles no es ni un “héroe” ni un “líder”. Es un avieso activista de la oposición venezolana para la cual ha alentado y  ejecutado diversas tareas. Cuando ocurrió el fracasado “Golpe de Estado” contra el gobierno constitucional de Hugo Chávez Frías —abril de 2002— participó belicosamente en un ataque contra la sede diplomática de Cuba en la capital venezolana. En esa circunstancia, sin el menor respeto por la extraterritorialidad que presupone una legación extranjera, a la cabeza de una turba pretendió tomar por asalto la embajada de ese país, por lo que fue repelido como correspondía.

Independientemente de ese hecho fugaz, Capriles fue también un colaborador activo de Pedro Carmona, el empresario de Fedecámaras que se ungió como “Presidente” de Venezuela, y que fue echado del Palacio de Miraflores por el pueblo caraqueño, que se movilizó para restaurar el orden constitucional en la Patria de Bolívar, lo que ocurrió pocas horas después.

Luego de esa aventura, de la que saliera con el rabo entre las piernas, Capriles Ratonski —como lo llaman en su país por sus truhanerías comprobadas— dedicó todo su esfuerzo a organizar conspiraciones contra el orden constitucional venezolano. Se graduó así como un “golpista consumado”, sin  lograr el menor de sus propósitos. Ellos, uno a uno, fueron cayendo. Incluso, su candidatura presidencial sufrió un nuevo contraste, a inicios del 2013,  que él trató de revertir con malas artes.

Aun se recuerda, en efecto, que en sus andares sediciosos llegó al Perú para “exigir” —así lo dijo— al mandatario constitucional en entonces, el presidente Ollanta Humala, a fin que le conceda atención y oídos a sus clamores conspirativos. La petición no pudo hacerse porque el Jefe de Estado peruano simplemente se negó a concederle audiencia.

Esta vez tuvo algo más de suerte, aunque no mucha. Pedro Pablo Kuczynski lo recibió, pero no en Palacio de Gobierno. En rigor, no quiso darle categoría de Estado, ni comprometer los vínculos normales que mantienen Perú y Venezuela, como corresponde. En otras palabras, PPK le concedió una cita personal y le permitió una pequeña “entrada”, aunque no por una puerta oficial.

Mientras eso ocurría, para que nadie se llame a engaño, el propio presidente peruano y su canciller, el embajador Ricardo Luna, reiteraban que, en la materia, la posición del gobierno peruano era la de no inmiscuirse en política interna de Venezuela.

El tema es claro, entonces. Aunque Capriles pueda cosechar un poco más audiencia hoy que ayer, no logrará nada concreto. La política exterior peruana seguirá el derrotero de antes: la libre determinación de los pueblos, y la no injerencia en los asuntos internos de los Estados.

Capriles, vino por lana, y salió trasquilado.

(*) Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera / http://nuestrabandera.lamula.pe

 

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