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AMERICA LATINA Y LOS EMBATES DEL IMPERIO

“El Imperio digita cada una de estas acciones. Y para hacerlo con mayor comodidad, refuerza sus vínculos con los ‘gobiernos amigos’ que tiene en la región. Y ese es el caso del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, en el Perú. Aquí, por lo pronto, ha logrado que por acuerdo parlamentario —y con el entusiasta apoyo del fujimorato— se haya resuelto, en las últimas semanas, autorizar el ingreso de nuevos contingentes militares de los Estados Unidos, que hollarán nuestro suelo bajo el pretexto de ‘combatir la droga, y el narcotráfico'”.

Por Gustavo Espinoza Montesinos (*)

Quizá el marco para una oportuna reflexión referida al escenario continental, sea la reciente realización del encuentro internacional de Partidos Comunistas y Revolucionarios de América Latina y el Caribe, celebrada en nuestra capital a fines de agosto. El evento, que congregó a 25 organizaciones políticas de 19 países, registró una fuerte dosis de aliento unitario y facilitó elementos para analizar lo que ocurre en  esta región del mundo, en la que se registran fenómenos encontrados. Desde un virtual golpe de Estado en Brasil, hasta la derrota de una intentona reaccionaria en la Venezuela Bolivariana, pasando, por cierto, por el desembarco de nuevos efectivos militares norteamericanos en tierras del Perú; una activa movilización de masas en le región gaucha; la muerte de un alto funcionario del gobierno de Evo Morales en Bolivia; v la suscripción de un definitivo acuerdo de paz, en la martirizada Colombia.

Bien puede asegurarse, en la perspectiva de la Cumbre de la APEC que tendrá lugar en Lima el próximo noviembre, que América Latina sufre nuevos embates del Imperio, y que los pueblos de nuestro continente luchan esforzadamente por vencer las amenazas y salir adelante en la tarea de construir un escenario internacional más justo.

Hablar de Cooperación y Economía entre los países de Asia y América, en presencia de Barack Obama y Vladimir Putin, habrá de ser particularmente sugerente, sobre todo después de los desplantes sufridos por el mandatario  norteamericano en su recenté visita a China.

El agravamiento de la violencia terrorista en Siria y la creciente puesta en evidencia de lazos que unen al Estado Islámico con la agencia Central de Inteligencia yanqui, no hacen sino subrayar el hecho que el sistema imperante bajo los parámetros del capitalismo, vive en una etapa de permanente convulsión.

El hecho que ella se registre cuando el mundo recuerda el centenario de uno de los libros clásicos de Lenin —“El imperialismo, fase superior de capitalismo”— confirma la idea que  la descomposición el régimen imperial de nuestro tiempo llega a una etapa muy compleja  en la que se torna indispensable redoblar el papel de las masas y la fuerza de los pueblos.

 El “libro de Zurich” —como también se le conoce, dado que fue escrito por el líder bolchevique mientras radicaba en esa importante ciudad de la Suiza Alemana— nos asegura que el imperialismo es la antesala de la Revolución Socialista, y abre la perspectiva de una transformación radical de la sociedad de nuestro tiempo.

Esa idea, que no ha perdido vigencia, se confirma más bien en esta etapa de la crisis, signada por la creciente desesperación del Gran Capital,  que busca obsesivamente apoderarse de los recursos de los Estado mediante el uso de armas cada vez más letales.

La arremetida imperial contra Venezuela no es, finalmente un esfuerzo titánico por librarse de Nicolás Maduro. Es la expresión de una voracidad incontenible y guerrerista, alimentada por el ansia de petróleo. Ese es también el leitmotiv que ayuda a entender el conflicto en el medio oriente, y las campañas militares contra Siria e Irán. Y ahí está la explicación de los crímenes consumados contra otros pueblos, como Irak y Libia.

Gas y petróleo. Petróleo y Gas, en una circunstancia en la que arrecia la crisis energética internacional y asoman graves retos en el futuro inmediato, derivados del calentamiento global, la desaparición de los recursos hídricos del planeta y la destrucción de la biodiversidad.

Cuando en La Habana los países de la CELAC proclamaron su voluntad de forjar en este continente un  mundo de paz, golpearon de manera directa la ofensiva guerrerista desplegada en  nuestro tiempo, y abrieron cauce a un proceso de trasformaciones sociales que la clase dominante de nuestro continente busca derribar.

Y es que ese es el signo de los acontecimientos que se viven en esta región del mundo. Los golpes que asesta la reacción contra los pueblos, no tienen ningún respaldo. Por el contrario, suscitan el rechazo de amplias mayorías y resistencia en diversos sectores de la sociedad latinoamericana. Lo ocurrido recientemente en Brasil, es una clara señal de ello. Los “golpistas” no sólo no cuentan con apoyo ciudadano, sino que concitan creciente repudio en casi todos los países de la región.

En el Perú mismo —claro reducto de la reacción—, nadie elementalmente sensato se ha atrevido a justificar la acción de Temer y los cuatreros que lo secundan. Varios de los clásicos “voceros” del Imperio han buscado incluso “tomar distancia” de los parlamentarios que consumaron el crimen contra la constitucionalidad brasileña. Y es que a la legua se percibía la fetidez de la conjura consumada contra Dilma.

La acción golpista fue posible —sin duda— por errores del PT y sus dirigentes, que dejaron absolutamente intocada a la maquinaria que maneja en Brasil los medios de comunicación; y que renunciaron a la constante lucha política y de masas que podrían haber sido un sustento generoso para cualquier proceso de transformaciones antiimperialistas en ese país.

La experiencia de Venezuela, en este sentido, es ciertamente aleccionadora. Los enemigos del proceso bolivariano amenazaron impúdicamente con “tomar Caracas” y asestar un golpe demoledor al “chavismo” para derrotarlo. Pero nadie se intimidó ante la amenaza. Al contrario, la consigna del Poder fue “ganar la calle”, consciente de una antigua experiencia de lucha: quien tiene la calle, tendrá finalmente el control de la situación.

Ante la arremetida de la “contra”, que alcanzó a movilizar unas treinta mil personas en Caracas; las fuerzas bolivarianas  organizaron una concentración gigantesca que congregó a  más de un millón de personas. Fue el pueblo el que “tomó”  Caracas, y lo hizo para afirmar su destino.

La “prensa grande” en el Perú  no se atrevió a publicar las fotos de la concentración bolivariana, ni a insertar una línea del aguerrido discurso de Nicolás Maduro; pero en cambio difundió profusamente una foto extraña: la multitudinaria recepción que diera el pueblo de Corea del sur, al Primado de la Iglesia Católica cuando visito ese país; asegurando impúdicamente que ésa era la Marcha  de la “contra”  en la Venezuela de hoy.

Más allá de esos fenómenos —Brasil y Venezuela— continuó la reacción su arremetida, destinada a intimidar y quebrar la resistencia de pueblos y gobiernos renuentes a su dominación. Así se explica el vil asesinato del viceministro Yllanes, en Bolivia; y así, también, la pérfida campaña desatada en todo el continente contra el presidente del Ecuador, Rafael Correa y su Revolución Ciudadana. En el mismo escenario, se inició una violenta ofensiva contra la Nicaragua sandinista, aprovechando un incidente menor registrado entre facciones del Partido Liberal Independiente, que lo llevaron a cambiar la identidad de sus parlamentarios, sin disminuir su representación en la Cámara Legislativa.

Aunque es claro que los comicios de noviembre arrojarán una neta victoria del sandinismo, también es cierto que la reacción continental —y  el Imperio— harán todo lo que esté a su alcance para desacreditar al FSLN y su gobierno.

El Imperio digita cada una de estas acciones. Y para hacerlo con mayor comodidad, refuerza sus vínculos con los “gobiernos amigos”  que tiene en la región. Y ese es el caso del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, en el Perú. Aquí, por lo pronto, ha logrado que por acuerdo parlamentario —y con el entusiasta apoyo del  fujimorato— se haya resuelto, en las últimas semanas, autorizar el ingreso de nuevos contingentes militares de los Estados Unidos, que hollarán   nuestro suelo bajo el pretexto de “combatir la droga, y el narcotráfico”.

El Perú es, en América Latina, el país que cuenta con el mayor número de bases militares norteamericanas en su territorio. Eso venía ocurriendo, en realidad, desde hace varios años —desde el desmontaje del proceso patriótico de Juan Velasco Alvarado, para ser más precisos— pero ahora se ha hecho más evidente por  el control que ejerce la embajada  yanqui  sobre las autoridades políticas de nuestro país, tanto las del Poder Ejecutivo como las del Legislativo, unidas por un claro sesgo  pro yanqui.

La paz que hoy se afirma, en Colombia; traerá nuevos retos para todos. Lo más importante, es asegurar que ella, se quede entre nosotros.

 (*) Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera / http://nuestrabandera.lamula.pe

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