lima 18 de abril del 2016
Los candidatos presidenciales Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski (PPK), quienes compiten en segunda vuelta de las elecciones presidenciales, acudieron esta mañana a la sede del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), en Jesús María.
Por aproximadamente una hora y media, Keiko Fujimori y PPK dialogaron con el presidente del JNE, Francisco Távara, y con los miembros del Tribunal de Honor del Pacto Ético Electoral. 
FOTOS: HUGO PEREZ / EL COMERCIO

ALEA JACTA EST

“De haber ganado la opción de la candidata, sus 73 congresistas pesarán no necesariamente para bien y deberá apelar al “self restraint” (autocontrol) para no equivocar el rumbo del sistema democrático cayendo en la peligrosa autocracia que paradójicamente debilitaría su mandato. De ganar el contendor, deberá desarrollar estrategias constitucionales y políticas que le permitan gobernar con ostensible minoría en el congreso para no debilitar su mandato”.

Por Aníbal Quiroga León

¡La suerte está echada! Es una expresión atribuida al gran Julio César cuando. Al marchar sobre un punto de no retorno, decidió cruzar el Rubicón para rebelarse contra el Senado romano, dando inicio a una prolongada guerra civil. Cuando lea estas líneas habremos cruzado el Rubicón de nuestro proceso electoral y los votos (y la suerte) habrán decidido quién gobernará los destinos del Perú hasta el 2021, justo para nuestro bicentenario. Nada menos.

La carrera electoral iniciada con el verano ha sido sosa y mediocre, con un Jurado Nacional de Elecciones (JNE) al que el desafío le ha desbordado (su suertudo presidente se ha quejado de que estas elecciones han sido las más difíciles de afrontar), con una legislación farragosa, mal aplicada y peor interpretada; con exclusiones difíciles de sustentar que —al fin de cuentas— terminaron por allanar ostensiblemente el camino a la candidata.

La segunda vuelta ha sido, de parte y parte, una cadena de errores y horrores. Más por parte del contendor que de la contendora. Por eso es que la suerte luce definida a favor de una candidatura, la que estará en plena resaca cuando estas líneas vean la luz pública. Solo un golpe en la polla, un golpe de suerte, la divina providencia, el diosito peruano o el azar podrían hacer que los hados cambien su sino.

La ciencia política distingue al buen candidato del buen estadista. Lo ideal es que en una misma persona se junten las dos cualidades. Es el caso de Felipe González, Obama, Mitterrand, etc. Pero lamentablemente no siempre se da. Paniagua se reveló como un gran estadista, pero nunca fue un buen candidato. A PPK le pasa lo mismo: sería un gran estadista para un Perú moderno, pero lamentablemente ha sido un mal candidato y, si por ventura, se alzase con el triunfo, no lo sería por sus dotes como aspirante presidencial, que pocos ha exhibido, sino por una suerte de magia reflexiva in-extremis del electorado peruano.

Carente de fuerza, poco carismático, sin mimetización con el elector, sin ese vibrato que conecte con la gente para definir su voto y, sobre todo, sin esa fuerza patriótica que tanto gusta al electorado. No cabe duda en que sería muy buen estadista, técnico, honrado y democrático, pero no es un buen corredor en las elecciones como para encandilar al electorado. Ha exhibido una clamorosa falta de reflejos.

Cómo puede ser que al acusársele de haber sido enjuiciado por un gobierno militar, en vez de defender su inocencia, no haya gritado que una acusación de un gobierno golpista es una condecoración democrática que solo un demócrata que repele el golpe de Estado sabe apreciar. Cómo se puede entender que en el fragor de la campaña no le haya recordado a su contendora quién es el que manda y quién es la mandada, así como su herencia política, con todo lo que esa mochila traía. O abandonar la campaña por casi 8 días dejando a la contendora suelta en plaza. Lo del secretario general del partido de la contendora fue un golpe mortal a la yugular que tampoco supo aprovechar. Y así por el estilo.

Al final de cuentas se gana o se pierde en el terreno de juego. Para poder ganar lo esencial es desear hacerlo con todos las fibras de su ser. El resultado es una sumatoria de aciertos y de errores, y el triunfo se ofrece a quien más acierta y a quien menos yerra. Los romanos enseñaron: “Amat Victoria Curam” (“la victoria solo alcanza a los que se preparan más”).

El reto vital de nuestra democracia, que llega inéditamente a su cuarto recambio constitucional sin alteraciones ni rupturas democráticas, es lograr el desarrollo nacional con paz social, la institucionalidad y la consolidación de nuestro sistema constitucional de gobierno (no exento de necesarias mejoras y ajustes que requieren de pocas —pero importantes— reformas constitucionales).

De haber ganado la opción de la candidata, sus 73 congresistas pesarán no necesariamente para bien y deberá apelar al “self restraint” (autocontrol) para no equivocar el rumbo del sistema democrático cayendo en la peligrosa autocracia que paradójicamente debilitaría su mandato. De ganar el contendor, deberá desarrollar estrategias constitucionales y políticas que le permitan gobernar con ostensible minoría en el congreso para no debilitar su mandato.

En uno y otro caso deberán tenderse los necesarios puentes del consenso, del diálogo, del renunciamiento y de la cesión de pretensiones a favor de los demás o en aras de la gobernabilidad. De no lograr eso, el panorama —en uno u otro caso— será de pronóstico reservado.

Nota: Artículo de opinión publicado el día 6 de junio de 2016 en la revista Velaverde, y escrito antes del escrutinio electoral del 5 de junio.

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