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Al fin y al cabo, todos somos hijos de migrantes

(…) “En el contexto actual del éxodo venezolano, que como todo proceso similar es, ante todo, un drama humano, las reacciones xenófobas contribuyen a derribar el mito que nos hace creer que siempre somos amables con el extranjero y que nos destacamos por nuestra hospitalidad. Como otras sociedades, somos capaces de generar reacciones mezquinas, las mismas que criticamos cuando ocurren en contra nuestra en otros lugares del mundo.” (…)

Por: Jesús Cosamalón

Las migraciones, sean locales o internacionales, siempre han generado respuestas ambiguas en la sociedad. En nuestro país, y especialmente en Lima, hay una larga historia de rechazo a los migrantes de origen andino, especialmente si son hablantes de lenguas nativas. Además, en varias ciudades se rechaza al migrante que supuestamente pervierte la identidad regional, introduciendo costumbres foráneas. También se ha rechazado al extranjero: muy conocidos son los casos de chinos y japoneses entre 1850 y 1950, aproximadamente.

Los europeos no tuvieron tanto rechazo, evidentemente por su origen y asociación con un color de piel considerado socialmente valioso. Sin embargo, habría que señalar, que salvo el caso de los italianos, su presencia no fue tan masiva como la de los asiáticos.

Más conocida, por ser reciente, es el caso de la migración peruana al exterior, la que en su momento generó rechazo, xenofobia y racismo en varios países de América Latina y Europa. Así, la reacción que surge en algunos sectores es usual ante lo que consideran una amenaza, especialmente por sentir que el Estado les ofrece a los migrantes lo que no les da a sus propios ciudadanos o porque consideran que sus impuestos son empleados indebidamentes o, argumento muy antiguo, porque disminuyen los salarios y el empleo.

En el contexto actual del éxodo venezolano, que como todo proceso similar es, ante todo, un drama humano, las reacciones xenófobas contribuyen a derribar el mito que nos hace creer que siempre somos amables con el extranjero y que nos destacamos por nuestra hospitalidad. Como otras sociedades, somos capaces de generar reacciones mezquinas, las mismas que criticamos cuando ocurren en contra nuestra en otros lugares del mundo.

¿Los venezolanos quitan empleos a los peruanos? Es posible, pero seguramente lo más importante es que evidencian la precariedad del mercado laboral que aprovecha esta oferta de mano desplazando especialmente a quienes viven de trabajos eventuales o informales. Por esa razón, es posible desarrollar un discurso populacho patriotero que se aprovecha de esa situación. ¿Es posible afirmar seriamente que la situación económica o social era mejor antes de la llegada masiva de venezolanos?

Ciertamente, el problema también es un Estado que es incapaz de ofrecer la debida atención a sus ciudadanos, razón por la cual muchos sectores rechazan la atención – que tampoco es una maravilla – ofrecida a los venezolanos. Lo que se debe exigir no es que les nieguen la atención, se debe exigir mejores servicios para todos.

Por último, es evidente que se está haciendo uso político del tema. La cobertura mediática y las elecciones son el escenario preciso para el surgimiento de “trumpcitos” que se aprovecharán de esta situación para dirigir el malestar en contra del inmigrante, omitiendo que el responsable también es el empresario que se aprovecha de este drama humano para pagar salarios más bajos y evadir las leyes.

Es un tema complejo, pero lo peor que se puede hacer es simplificar las cosas, haciendo culpable de problemas que ya existían a quien desesperadamente busca soluciones en un país frágil.

De lo que conozco he aprendido a respetar al migrante. Hay que tener cojones y desesperación para salir con una maleta y la familia a buscarse la vida en otro lugar, sabiendo que los espera muchas veces el rechazo. Por último, siempre los respeto porque, al fin y al cabo, todos somos hijos de migrantes.

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