Violencia contra la mujer

REFLEXIONES EN EL DÍA DE LA NO VIOLENCIA CONTRA LA MUJER

“Y yo creo que la sociedad peruana tampoco ha evolucionado lo suficiente para admitir la magnitud del problema y crear mecanismos de solución. Seguimos reaccionando frente a los casos más violentos, sin darnos cuenta del problema que subyace. Seguimos esperando que la víctima denuncie, cuando esto implica exponerla a peores riesgos. Seguimos olvidando que los agresores suelen reincidir, sea con su pareja o con otras mujeres. Seguimos planteando discursos que responsabilizan a las víctimas por lo que les ocurre. Seguimos sin brindar mecanismos a las víctimas para responder ante las primeras señales de agresión.”

Por: Wilfredo Ardito Vega

-¿No hay hombres normales? –me preguntó una amiga la semana pasada.

Le acababa de advertir sobre un sujeto turbulento que aparentemente trataba de acercarse a ella. El individuo, a veces puede parecer simpático o divertido, pero normalmente es violento con sus subordinados y sus parejas. Es más, en su centro laboral apaña a un agresor sexual sistemático.

Conocer a esos dos sujetos, que trabajan en una respetable entidad estatal, me hizo aprender mucho sobre los comportamientos de acoso y agresión sexual. Supe cómo algunos agresores comienzan a actuar cuando se sienten seguros en una posición laboral o institucional y cómo están también quiénes no practican la violencia, pero la toleran y, de ser el caso, pueden inclusive cambiar de puesto a la víctima que se queja, como diciéndole al agresor: “Con ella mejor no te metas”, pero a él lo dejan que busque otra víctima.

Supe también cómo el agresor muchas veces usa las ocasiones sociales como ir a tomar juntos, ir a un cumpleaños, a un partido o un concierto como una forma de cimentar su complicidad con otros hombres y algunas mujeres, que saben perfectamente cómo se comporta, pero lo toleran.

Conocí también cómo las víctimas se resistían a denunciar por temor a perder el trabajo, pero también por el temor a que “hablarán de ellas”. Entendí también el sentimiento de vergüenza paralizante.

En los últimos meses, he conocido a muchas mujeres que sí han roto con la vergüenza y han decidido hablar. Algunas de ellas son muy cercanas y nunca imaginé lo que les había sucedido a lo largo de su vida. En otros casos, los agresores han sido personas cercanas y yo no sé si debí darme cuenta de cómo eran o no quise hacerlo.

Me perturba mucho la dinámica entre agresor y víctima que muchas veces condena a la segunda al silencio. Me perturba además que en ese silencio hay una sociedad que prefiere negar los hechos, fingir que no los ven o culpar a la víctima.

Me encuentro bastante familiarizado con los mecanismos de negación por el caso del racismo. En el caso de la violencia contra la mujer, la negación busca ocultar que una situación terrible puede estar todos los días ante nuestros ojos y que las víctimas no son solamente las que aparecen en las noticias, sino la chica que vende periódicos, la estudiante universitaria, la empleada del banco, la famosa actriz, la profesional exitosa.

Hace algunos años, en el Día de la No Violencia Contra la Mujer, reflexionaba sobre la violencia hacia las mujeres campesinas, los abusos en las comunidades, la indiferencia del Poder Judicial. Pensaba con indignación en el machismo imperante en las zonas rurales y cómo tantos varones en un año en que más que nunca he conocido casos de abusos y maltratos.

He reflexionado mucho sobre el tema de quiénes son más vulnerables a la violencia. Hay casos en que objetivamente una mujer es más vulnerable (una alumna que vive sola en Lima, una empleada que pasa por una crisis familiar), hasta aquellos en que el agresor la pone en esa situación, desde el esposo que genera el aislamiento respecto a la familia hasta el profesor que desaprueba a una alumna, luego citarla en su oficina, su yate u otro lugar.

He tenido que reflexionar también sobre cómo, paradójicamente, algunas relaciones de violencia pueden manifestarse más porque, mientras más mujeres conocen sus derechos y aspiran a una vida digna, muchos hombres siguen sintiendo que ellos son los que deben mantener el control en una relación. “Las mujeres hemos evolucionado mucho en los últimos treinta años”, me dice una amiga, “pero los hombres peruanos todavía no”.

Y yo creo que la sociedad peruana tampoco ha evolucionado lo suficiente para admitir la magnitud del problema y crear mecanismos de solución. Seguimos reaccionando frente a los casos más violentos, sin darnos cuenta del problema que subyace. Seguimos esperando que la víctima denuncie, cuando esto implica exponerla a peores riesgos. Seguimos olvidando que los agresores suelen reincidir, sea con su pareja o con otras mujeres. Seguimos planteando discursos que responsabilizan a las víctimas por lo que les ocurre. Seguimos sin brindar mecanismos a las víctimas para responder ante las primeras señales de agresión.

Desde el ámbito institucional, las entidades públicas, las empresas, las universidades, los colegios, deben tener protocolos claros para intervenir frente a posibles agresiones a mujeres que pueden ocurrir dentro o fuera de la institución. Sin embargo, todos podemos tener la posibilidad de incidir para dar seguridad y atención frente a estos hechos. Porque están muy cerca y a veces solamente basta preguntar: “¿a ti también te ha pasado?” para enterarse de lo que no quisimos ver.

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