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LOS DORADOS AÑOS VEINTE: ¿HASTA CUÁNDO DURAN LOS IDEALES?

¿Hasta cuándo duran los ideales? Es la pregunta que subyace en la última novela de Wilfredo Ardito: Los Dorados Años VeinteProfesor universitario, abogado, gran conocedor del patrimonio de Lima, activista en Derechos Humanos, Wilfredo es también ya un escritor que ha encontrado su estilo. Con esta novela acaba de ganar el Premio de Novela Corta del Banco Central de Reserva, y es la tercera que nos presenta luego de El nuevo mundo de Almudena y El cocinero clandestino.

Conozco a Wilfredo desde hace varios años y hemos estado en varias luchas contra la discriminación, pero recién empiezo a conocerlo bien como escritor. Compartimos muchos ideales, pero, ¿hasta cuándo uno puede sostenerlos sin traicionarse? Vayamos a la historia, vayamos a los dorados años veinte peruanos.

Por Eduardo Abusada Franco

Wilfredo, has escrito otros libros, incluidas dos novelas, más relacionadas a tu campo: a los derechos humanos y discriminación.   ¿Crees que esas obras previas son literatura comprometida?,   ¿Cómo así de pronto haces el quiebre y asumes una novela histórica?

Yo sí creo que cuando escribo una obra literaria asumo una posición ética y busco difundir situaciones que normalmente no se conocen o no se quieren conocer. Mi opción  es generar una reflexión. O sea, dar a conocer una realidad, pero también demostrar que esa realidad es injusta de alguna manera. Yo entiendo que puede haber una literatura de evasión, de distracción, que solamente busca generar impacto en el lector, pero ese tipo de literatura, aunque yo la podría hacer, no es mi opción.    Por eso, si me pongo a comparar las tres novelas, creo que hay una especie de lineamiento común, que es la confrontación con situaciones de desigualdad y de injusticia.

Digamos, que no hay solo el fin literario, artístico, sino también un fin instrumental. ¿Crees que un libro, la palabra impresa en formato novela, puede ser suficiente herramienta para generar, no sé si un cambio pero tal vez algún pensamiento social?

Bueno, la literatura indigenista, de la cual se habla mucho en la novela, era una literatura que buscaba interpelar al lector, que él piense que determinadas situaciones son injustas.  Por ejemplo, cuando uno lee Paco Yunque, siente mucha frustración por lo que le pasa al protagonista. Muchos amigos, cuando han terminado Los Dorados Años Veinte, se han quedado abrumados por todo el contexto de impunidad que muestra. Y lo mismo me decían de las novelas anteriores: “el personaje principal es feliz, pero el contexto social que muestras sigue siendo terrible”. De ninguna manera creo que la novela por sí sola vaya a generar un cambio total en la sociedad, pero sí puede ayudar a que el lector se cuestione, se pregunte sobre ciertos temas. Y en ese caso, una novela histórica es como la opción para preguntarse “Bueno, hay que ver por qué estamos como estamos”.  Porque hubo una época, los años Veinte,  en que había obreros preparados, había intelectuales mucho más cercanos a los sectores populares… y todo eso ya no hay.

Pero, ¿cómo así de pronto se te ocurre hacer una novela histórica o era un proyecto pendiente desde hace tiempo o te inspiraste en alguna otra obra?

A mí me ha gustado leer novelas históricas desde que era chico,  desde las clásicas de Alejandro Dumas, Walter Scott, u otras como Quo Vadis?, etc. La reconstrucción de una época es como un reto para mí. Cuando estaba en el colegio, yo escribía relatos históricos, ambientados en la antigua Roma. Para mí es un reto tanto la reconstrucción de una época, con todos los datos que pueda tener, como también la reconstrucción de la mentalidad.  La novela histórica, además, a diferencia de un texto de historia en que llegas solamente a un sector más académico, te permite llegar a un público más amplio. Con una novela, mientras entretienes y generas algún tipo de expectativa en los lectores, puedes estar mostrando una determinada problemática.

Wilfredo Ardito investigó al detalle la vida de Mariátegui para recrearlo en su novela.

Wilfredo Ardito investigó al detalle la vida de Mariátegui para recrearlo en su novela.

¿Cómo fue el proceso para reconstruir esa época, los años 20 peruanos?  ¿Qué textos tuviste que revisar?

Leí autores que habían analizado esa época, una serie de historiadores, como Jeffrey Klaiber. Revisé muchos periódicos de la época. También las revistas Mundial y Variedades entre los años 1922 y 1926 en la hemeroteca de la Universidad Católica, que tiene una colección muy interesante. También leí a los propios personajes, para saber qué pensaban Haya o Mariátegui, por ejemplo.  Muchas de las frases de Mariátegui en la novela proceden de sus cartas y otros documentos. Para los dos situaciones históricas culminantes, la protesta contra el Sagrado Corazón y el asesinato de Elmore recopilé toda la información periodística que había y escribí la versión más fidedigna a los hechos, pero introduciendo al personaje ficticio Vicente Suarez, que aparece allí alternando con los protagonistas reales.

Bueno, la he leído, y si bien una novela no deja de ser ficción, hay muchos detalles reales muy puntuales.

Son Muchísimos. Por ejemplo, la llamada telefónica de Chocano a Elmore el día de su muerte o la presentación de Elmore en la radio la víspera.  Todo eso ocurrió, así como la descripción del asesinato de Elmore: el encuentro con Alejandro Miro Quesada a la entrada de El Comercio y luego las presiones en el juicio.

¿Qué tantas licencias crees que puede tener un escritor para modificar la historia, porque al fin y al cabo una novela es ficción? Estoy pensando que, tal vez, tus alumnos pueden leer y pensar que Vicente es un personaje que existió y fue un amigo de Mariátegui.

No solo alumnos. Hay gente que me ha preguntado “¿Dónde está enterrado Vicente?”. Creen que Vicente Suárez es un personaje real.  Digamos que la gran licencia que tomo es similar a la película Forrest Gump, donde hay muchos videos y aparece el personaje que representa a Tom Hanks, con Kennedy, John Lennon, etc.    Por ejemplo, Haya de la Torre efectivamente organiza la protesta contra el Sagrado Corazón de Jesús, pero ¿dónde estuvo Haya esa noche de la revuelta?   Allí entra lo que yo pongo en la novela.    Otro ejemplo: hubo una procesión de gente que acompañó a los cadáveres al cementerio,  pero yo pongo que después de la procesión está el vehículo del senador Dall’ Orso visitando a su hija. Es decir, los hechos son históricos pero aparecen allí los personajes ficticios.

Sin embargo, un lector no avispado o no culto puede confundir los hechos. Alguna vez vi que Farid Kahhat bromeaba en su Facebook que alumnos suyos se basaban en películas de Hollywood para dar hechos. Así, según la película de Tarantino, Hitler murió baleado y quemado en un cine.

Mi responsabilidad es mostrar determinados hechos que son reales, y en el marco de ellos establecer la ficción en cuanto al personaje, o sea su vida sentimental, sus conflictos personales, sus búsquedas laborales, todo ese tipo de hechos. Por ejemplo, imagínate que hubiera puesto que el problema de los humos de La Oroya se solucionaba. ¡No se solucionó, dura hasta ahora! En esos aspectos yo no quería falsear los hechos.

¿Cuánto tiempo te tomó la construcción de la novela?

En  realidad, es una novela que empecé a escribir hace más de 10 años, pero la dejé porque empecé a tener más compromisos laborales y también por un tema de perfeccionismo. Yo quería incorporar más detalles históricos y luego la estaba prolongando cada vez más. A cada uno de los personajes secundarios le abría una historia adicional. Hubo, además, en el año 25 un fenómeno de El Niño que yo me dediqué a investigar para presentarlo en la novela. Pero luego me di cuenta que también en literatura es mejor cortar.

Pero, entonces, ¿en qué momento dices “se acabó”?

Este año. A comienzos de año empecé a decir “esto es innecesario, esto no tengo por qué ponerlo, esto está generando una digresión” y era preferible terminarlo.

Bueno, tú has ganado el premio de novela corta, aunque tan corta no es, pero se siente que era una novela extensa. ¿La cortaste para presentarla al concurso?

Ya la había cortado y se la estuve entregando a un amigo historiador, José Luis Franco, para que le diera una revisión. Pero en eso llegó el concurso. Cinco días antes del cierre, un martes, estuve visitando a la congresista Hilaria Supa, y uno de sus asesores, Juan Carlos Huamán, me entregó la publicidad del concurso.   Y me dije “Es ahora o nunca.  La he revisado, creo que está bien”. Entonces, durante dos días estuve haciéndole la revisión final y la acabé.

Ah, ok, ¿no es que la cortaste en 5 días?

No, la novela ya estaba lista. Inclusive ya la habían leído dos o tres personas en su versión definitiva. Solo me faltaba poner algunos elementos y la reflexión final sobre todo el tema de hasta cuándo puede durar el compromiso.

José Carlos Mariátegui, con cuatro hijos acuestas, mantuvo sus ideales.

José Carlos Mariátegui, con cuatro hijos acuestas, mantuvo sus ideales.

¿Te sientes o te gusta que te presenten más como abogado o como escritor?

(Sonríe) Ya, qué pregunta. Lo que pasa es que creo que soy las dos cosas.  Si yo solamente escribiera, creo que estaría bien que me presenten como escritor. Pero la verdad es que yo enseño Derecho, aplico y estudio normas. Solamente en esta novela hay algunas referencias como al Código Penal de Maúrtua, que supuestamente Vicente ayuda a redactar.  También es verdad que la categoría de escritor parece que diera un poco más de prestigio, se asume que es una persona que vive de eso y que solamente está creando. Y yo, si bien lo hago, no creo es el 100% de mis actividades. Lo curioso es que si bien yo escribí dos novelas antes ―dos novelas que a mí me gustan mucho―, creo que esta novela ha sido la que más ha generado que mis propios amigos se den cuenta de que tengo ese carácter de escritor.

Me pasó lo mismo, no he leído las anteriores, pero en efecto sentía eso.     Yo pensaba, “ah, deben ser sobre el tema de ‘discriminación’ de Wilfredo”. Sentía un poco que era como lo que fue en su momento la literatura soviética, de propaganda. Siendo que me gusta la Historia, fue recién que me animé a leer Los dorados años veinte. Me da la impresión de que en esta novela sale más a relucir tu faceta de escritor.

Pero yo siento que en todas ha habido de trabajo literario.  Inclusive, por ejemplo, en El Nuevo Mundo de Almudena permanentemente hay temas de flashback. Asimismo, en El Cocinero Clandestino la técnica es que cada personaje cuenta una misma situación desde su punto de vista. Entonces, allí había que ponerse a pensar en redactar como el pituco, como el pobre, como el sociólogo… y todo eso requiere un esfuerzo literario y manejo de técnicas.  En cambio, en Los Dorados Años Veinte la narración es más lineal. Lo que me llama la atención, es que dependiendo del lector, hay quienes ponen más interés en la reconstrucción histórica; pero hay lectoras ―mujeres― que lo que les llama la atención es el carácter del personaje (Vicente), que es infiel, arribista, sinvergüenza.

Pero también era culto y con ideales…

Sí, sí, pero me dicen: “Este Vicente que has creado, no lo entiendo. A veces, me cae bien; otras veces, lo detesto”. Eso me dicen sobre todo las mujeres que han leído la novela.

Bueno, Haya y Mariátegui existieron. ¿En quién te inspiraste para crear al protagonista Vicente o es alguien que salió de la nada?

Algunos, por bromear, me preguntan que si yo soy así. Yo no creo que tenga nada que ver con él, pero creo que quise poner al peruano normal, promedio, que no es malo, pero que siente que tiene que ascender, que tiene que ser vivo, y que está pensando en su propio beneficio, y de alguna forma los personajes principales lo toleran.

Mariátegui muere a los 30 y pico de años. La pregunta que Vicente le hace a Mariátegui al final y es la reflexión de la novela es: “¿Hasta cuándo duran los ideales?”. Sin embargo, el ‘Amauta’ no se vio enfrentado a ver caducos sus ideales, siempre fue un joven idealista que no llegó a viejo. Haya de la Torre sí, y en mi opinión claudica en sus ideales. Entonces, ¿cuánto pueden durar los ideales en una persona, se pasan con el tiempo, con la edad?

A veces uno se pone a pensar. Como tú dices, Haya vive 40, 50 años más que Mariátegui.   Si Mariátegui hubiese vivido más tiempo, ¿hubiera claudicado en sus ideales?  ¿Lo hubiéramos conocido ambicioso, más pensado en su propio interés o hubiera tenido la misma constancia de sus años de juventud?  Eso no lo podemos saber. A veces hay políticos, que a los 50, 60, 70 defraudan a la gente que los admiraban por decisiones que toman, y entonces uno dice “¿y si este señor hubiera fallecido a los 40…?”.    Por decir, si Vargas Llosa hubiera fallecido cinco días después de la entrega del Premio Nobel, se diría “¡Cuánto quería a su esposa!  ¡Qué bonito amor!”.   Nadie se hubiera imaginado lo que vendría después. Entonces, a esa pregunta de cuánto puede durar un ideal, pues depende de muchos factores.

Hablando de políticos, por lo que he seguido de su trayectoria, una persona que sí ha mantenido constancia en sus ideales hasta ahora es Hugo Blanco.

Ese es un ejemplo bien interesante. Se mantiene coherente hasta una edad muy avanzada.

Pero, luego, no conozco una persona químicamente pura.

Bueno, tenemos gente como Mujica en Uruguay.

Pero es difícil que una persona sea químicamente pura…

Te voy a decir cuál es mi planteamiento. Algunos alumnos jóvenes me dicen: “Yo creo ahora que el Derecho debe llevar a la justicia; pero no sé si es lo que crea en diez años cuando me malee”.  Por eso, si tú crees en algo, debes cultivarlo y también, algo que a su manera hacía Mariátegui, es aprender a rodearte de gente que te ayude a mantener los ideales. Porque tú puedes perderlos y a veces necesitas gente de tu entorno que te recuerde el camino.

¿Cambian los ideales o las personas?

Cambian las personas. Por eso te digo, al mismo tiempo conozco gente que se ha mantenido. Muchas personas, en nuestra época, se justifican para no seguir un compromiso en sus responsabilidades familiares. Es verdad que no es lo mismo tener los ideales sin hijos que con hijos. Pero curiosamente Mariátegui tuvo sus ideales y al mismo tiempo tuvo cinco hijos. Tener ese tipo de coherencia, es admirable realmente.

Finalmente, en la novela Vicente no se muere. Podemos tener una segunda parte.

Eso han dicho algunos. Para creo que para mí es mejor dejar esa época y dejar a todos en ese momento. Quedarse en el momento en que todos,  Mariátegui, Haya, Chocano, están vivos. Es mejor dejarlos así y ya el lector sabe lo que sucedió con ellos. Ahora estoy escribiendo una historia ambientada en los años 60, pero ya con otros personajes. No estoy seguro todavía, pero puede ser que ponga a Vicente ya mayor, como un guiño. El lector tendría que reconocer que Vicente Suárez está allí.

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