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DON AGUSTÍN, UNA VIDA ENTRE LA MUERTE Y EL FÚTBOL

El pasado 22 de marzo, Agustín Merino Tapia falleció tras una larga e intensa vida. Lo entrevisté en el 2012 cuando ya estaba un poco enfermo. Conversamos unas buenas horas de todo y sobre todos. Quedé en visitarlo nuevamente, pero a mi me ganó la agenda  y él decidió que ya había vivido lo suficiente. Me contó que estaba listo para irse. Sin más, se fue. Como ya no habrá aquella segunda conversación —al menos en este mundo—, transcribo acá la entrevista completa de todo lo que hablamos. 

 Por Eduardo Abusada Franco / @eabusad  

No es que la vida de este hombre sea “la muerte”, sino, que literalmente, vive con la muerte. Durante 50 años Don Agustín Merino Tapia ha sido y es el principal agente funerario del Perú, único y verdadero monarca en el milenario oficio de dar el último adiós. Acaba de cumplir 80 años y entiende que la despedida está cerca, sin embargo, agradece a la vida que le ha dado así como tristezas –cómo no–, muchas alegrías, como el fútbol (¿o tristeza?, según como se mire), pues fue presidente de su querido Alianza Lima varios años, justamente cuando cayó el Fokker, donde una vez más, como la hace día a día, tuvo que verle la cara a la parca, aunque en aquella ocasión, contraviniendo a Don Corleone, la cita con la huesuda no fue por negocios, sino bastante personal. ¿Cómo ve entonces la vida alguien que la ama tanto, pero la ve irse hora tras hora, en sus clientes, en su familia, en sus amigos… en sí mismo?

Don Agustín, no lo veo desde el velorio de mi padre. De hecho, las pocas veces que lo he visto han sido en velorios. Usted es el más célebre agente funerario del Perú, ¿cómo empezó?

He liderado el mercado durante 30 años, del año 66 al 96 hemos sido los dueños absolutos del mercado. Pero, primero tengo que contarte que mi padre era un carpintero, un hombre pobre que vivía de su carpintería. Y vendía ataúdes que le mandaban a hacer. Yo me acuerdo que tenía 8 o 9 años, y la gente venía al taller y mandaba a hacer su ataúd y los hacía de un día para otro. La gente les llevaba las medidas de su difunto.

¿Dónde vivían ustedes?

Éramos de Barrios Altos. Entonces mi padre me puso en el Colegio 438 República Argentina. Allí estudié hasta el sexto año de primario, de ahí pasé a la Gran Unidad Pedro A. Labarthe, donde estuve 3 años. Ya desde los 12 años iba a ayudar a mi padre con los cepillos, los serruchos, a pintar los ataúdes y esas cosas en mis vacaciones. Era gente pobre la que iba al taller de mi padre, donde estábamos nosotros, en la cuadra 8 de Junín. A los 14 años, en tercero media, mi padre me dijo “mira, yo no sé si voy a seguir con el negocio porque me siento medio mal, estoy padeciendo de algunos dolores que no logro sabe de qué son, el médico me dice una cosa, luego otra”. Entonces me puse a trabajar con él y a estudiar de noche. Estudié dos años de noche, y a los 16, junto con mi padre, empecé a hacerme cargo de la agencia.

¿Cuántos hermanos eran?

Éramos cinco, yo soy el mayor. Eran tres mujeres más y el otro hombre era el más chiquito, así que el único que ayudaba en el taller era yo. Yo tuve que mantenerlos a ellos, educarlos a todos, los casé, les pagué todo, nunca les faltó un centavo.

¿En qué momento queda a la cabeza del taller?

Mi padre se muere en el año 50, un 5 de noviembre. Entonces, yo comienzo a trabajar solo a los 18 años y comencé a pasarle una pensión a mi madre.

¿De niño, en el taller de su padre, no le daba un poco de miedo el oficio, eso de andar entre ataúdes?

No, porque los conocí de chico, y era parte mi vida.

¿No quiso estudiar en la universidad o algo así?

No podía, no tenía opción de ninguna clase. Porque o me dedicaba a trabajar de lleno en la agencia, a mejorarla y hacía plata o me metía a la universidad y la agencia se iba al diablo.

¿Cómo empezó la expansión?

Empezamos a atender al Rímac, a Barrios Altos, público de La Victoria, etc.; porque la zona se convirtió en un sitio de agencias funerarias. Eran siete agencias donde yo estaba. Yo y Crespo, que estaba al frente, fuimos los primeros. Después estaba Aliaga, estaba Lugo, estaba Torres, el otro Torres, etc. La competencia era fuerte, todos querían vender. Cada uno exhibía sus mejores armas para conquistar al cliente.

¿Se encargaban solamente de los ataúdes?

No, también arreglábamos el servicio funerario, pero todavía no tocábamos el vagón de carrozas porque eso era de la Beneficencia Pública de Lima. Los cementerios que habían en ese entonces eran exclusivamente de la Beneficiencia Pública del Callao, de la de Lima, y punto.  Habían además los cementerios de las municipalidades: de Surco y Surquillo, y no más. Entonces, yo recibí una póliza de vida de mi padre de cinco mil dólares que me dejó como su hijo mayor. Ese dinero lo invertí en una camioneta Chevrolet del año 39-40. Con esa camioneta comencé a atender a las otras agencias que no tenían camioneta. En ese tiempo no habían vuelos de aviación para los departamentos, todo era traslado en ferrocarril o camioneta. Y los familiares de los que morían en Lima en los hospitales querían llevar los restos a su tierra natal. Así empecé a irme a Tacna, a Tumbes, Arequipa, Chiclayo, Huancayo, Huancavelica, Junín, a todos sitios con los muertos adentro del carro. Iba solo con los familiares y regresaba con la camioneta solito.

Imagino que allí ya empezó a hacerse conocido.

Bueno, junté un poco de dinero y lo invertí en la agencia. Compré casilleros de vidrio para que los cajones se puedan exhibir, y así fui haciendo mejoras. Me empezó a ir bastante bien, atendí mucho tiempo a la colonia china, a la colonia japonesa, y con esas dos colonias es que pude comprar dos camionetas nuevas. Luego, fui a Chicago y me llevaron a un fabricante de artículos y accesorios funerarios. Yo no sabía hablar inglés, no hablo inglés, y una hijastra de un amigo me ayudó, nos fuimos en bus a Ohio, y entramos como quien dice viene el Rey de las papas. No sabían ni quién era yo cuando llegué allí. Pedí ver de todo. El hombre al comienzo dudó un poco, pero luego se dio cuenta que realmente iba a comprar y me empezó a tratar mucho mejor. Compré todo lo más moderno en capillas, carritos, velatorios, pantallas, paños que se ponían antiguamente, etc.

Agustín Merino, a los 80 años, entre su enorme colección de botellas de licores de todo el mundo (los coleccionaba, no los tomaba). [Foto: Eduardo Abusada Franco].

Agustín Merino, a los 80 años, entre su enorme colección de botellas de licores de todo el mundo (los coleccionaba, no los tomaba). [Foto: Eduardo Abusada Franco].

Digamos que fue un innovador de los entierros.

Sí, pero vine a Lima con todo mi equipo y había una cosa que no le podía quitar a la gente, que era el riguroso negro que usaban cuando fallecía una persona. Toda la familia estaba de negro, desde el nieto hasta el mayor de todos. Para las mujeres eran 30 días  del “luto cerrado”. Yo comencé a hacerles ver que no era posible eso, que no pasaba en ningún país del mundo.

¿Pero por qué cambiar la costumbre?

Porque sencillamente se me ocurrió pensar que no debían ser las cosas así, y que debían ser mucho más modernas como había visto yo en las fotografías que me habían enseñado. Les hice ver que eso tenía que pasar. No podía uno irse a comprar un terno negro, un vestido negro, otro para la hijita, y todos de negro y gastar dinero. Para cambiar con esto me dije que tenía que ayudar con algo. La gente antes, cuando fallecía alguien, forraba toda su casa de negro con unos paños que pegaban en las paredes. La casa del difunto parecía más un monasterio que un velatorio. Y se acostumbraba a pasar el café, los traguitos, el pisco, las galletas, los sánguches, y total que era una fiesta con una contadera de chistes interminable y así. Eso eran los velorios antiguamente. Entonces me hice muy amigo del Padre Superior Constancio de la Virgen del Pilar, con quien pusimos casi entre los dos un cementerio en la Planicie. Con él y otro padre más arreglamos un contrato por 20 años para poner tres velatorios en la Iglesia. Así fui acostumbrando a la gente a que salgan de las casas y no pasen mala noche, ni tengan que lidiar con borrachos, atender a medio mundo. Así cerraban las puertas a las 10 de la noche, cada uno a su casa a dormir, y al día siguiente temprano la familia podía seguir con su ser querido, y luego al entierro.

¿Y cómo introdujo las carrozas?

Eso viene después. En ese entonces había una carroza de pompones negra, enorme. Habían otras parecidas a esa pero sin pompones. Eran como 5 o 6 carrozas, todas de la Beneficencia. Con el correr de los años, como es normal, se fueron malogrando  y yo traje una Cadillac para mí, pedí permiso y la introduje en los entierros. La Beneficencia también trajo la suya, pero yo tenía una propia como no tenía ninguna otra agencia, lo que me dio una ventaja sobre ellas porque la gente venía a buscarme porque les gustaba mi carroza.

Pero, ¿cómo llega a convertirse en el “rey de los entierros y velorios”?

En Jr. Junín estuvimos hasta al 75 o 78, y luego ya pasamos a Jr. Domingo Cueto, en Lince. Traje otras carrozas de distintos colores.  A la gente le gustó las capillas modernas que traje, porque todo era bien presentado, bien puesto. Además, llevaba a la gente bien uniformada, cosa que no hacían otras agencias funerarias, y el chofer iba con su gorro y su corbata. Modernizamos todo. En el año 66 compro tres agencias que eran de un solo dueño de mi competencia, de Ricardo Guimet Garazatua, que eran las mejores de Lima. Dos estaban en Jr. Carabaya y una en Jr. Azángaro. A los seis meses compro otra más, la de Bocanegra, que era mi competidor directo. Él era muy conocido en la sociedad y tenía una clientela de alto nivel. Yo había avanzado bastante, pero todavía estaba en la clase media, no llegaba a clases altas. Compre esas agencias y comencé a atender a lo mejor de Lima, pero poco a poco lo fui introduciendo a Merino. Sacaba los entierros con Guimet, por decirte, y le mandaba la camioneta de Merino, personal de Merino. Así fui cambiando poco a poco hasta que eliminé a todos. Del 66 al 96, durante 30 años, estuve casi solo en el mercado. ¿Quiénes estaban conmigo? Las funerarias de los militares, naval, aviación y Policía.

¿De niño quería hacer otra cosa, soñaba con dedicarse a otro trabajo?

Yo siempre supe que iba a acabar en el negocio de mi padre porque me gustaba. Me gustaba el negocio y el hecho de que era mío, que no tenía que compartir con nadie nada, ni nadie que me mandara. Nunca en mi vida he tenido a nadie que me haya mandado, con el favor de Dios. Jamás he tenido un mando encima.

¿A cuán gente calcula que ha enterrado?

Habré enterrado casi un millón de personas en tantos años que llevo trabajando. Más de 50 años, imagínate.

¿Por qué en los velorios se cuentan los mejores chistes?, ¿hay alguna explicación para eso?

Hay personas que tienen esa facilidad de contarlos bien. No todos son cómicos, algunos nomás saben transmitirlos bien. Yo he visto como se ríen en los velatorios, y se mandan una andanada de chistes durante largo rato. La gente como que se entretiene para quedarse unas horas más, pues quedarte en un velorio 3 o 4 horas es muy difícil.

¿Cómo ve la vida alguien que convive tanto con la muerte?

La muerte para mi es lo más natural del mundo. Así como uno nace, muere. Yo sé, por la edad que ya tengo, 80 años, que ya me va a tocar en cualquier momento. Yo estoy dispuesto a irme cuando el Señor crea conveniente llevarme. Mi pensamiento siempre ha sido muy real. Desde los 50 años he hecho mi testamento y mis cosas, porque en mi familia nadie vivió más de 60 años nunca.

¿Alguna vez le ha pasado algo fuera de lo normal o sobrenatural en esto de estar con los muertos?

No. Lo que me ha pasado dos veces en todos estos años es que los muertos a veces han roncado y la gente ha creído que estaban vivos. ¿Qué pasa? Que se les habían quedado gases en el estómago atracados, y que después de una manera u otra salen. Entonces la familia pensaba que estaba vivo su fallecido y me llamaban urgente. Y tuve que ir con el médico a decirles que sí estaba fallecido. Lo que también me pasó una vez es que tuve una operación grave de la columna, y estuve casi en coma en cuidados intensivos. Sentí que ya me había ido, no sé dónde estaba, pero no estaba acá.

¿Ninguno se ha despertado o ha estado en estado cataléptico?

Nunca, nunca.

¿Cree que hay vida después de esta?

No, definitivamente no. Yo he atendido a todos los accidentes de aviación que han habido en el país:  el avión de Varig, los de Faucett, de Aeroperú, los dos de la LAM, empresa peruana, no la LAN de ahora, etc. Y he visto a todos los cadáveres, pedazos de cadáveres, pedazos de cuerpos. Ni siquiera medio cuerpo, sino un pedazo de tórax, un pedazo de brazo, un pedazo de pierna, y se entregaba a la familia todo lo que había. He visto a un ser humano como queda, y al ver esto me da la impresión que de ninguna manera puede haber nada más, porque ya desapareció.

¿Usted es religioso?

Sí.

Pero si es creyente, supongo que debiera creer en la vida después de la muerte.

Hay cosas en las que soy religioso y católico, pero hay cosas que no las aceptó. No me parece que pueda ser realidad algo que estoy viendo con mis ojos. Yo me encargaba a veces de hacer los traslados que las familias nos pedían, y sacábamos los muertos después de 10, 15, 20 años, y eran esqueletos, no había nada más.

Pero debe haber un alma, ¿no?

No la conocemos, no sabemos. Se dice que tenemos un alma, pero nadie lo ha certificado viéndola. Nadie en el mundo puede decir que ha visto que un ser humano muere y salga un alma.

Con tantos funerales que ha asistido, ¿le conmueven aún las escenas de dolor y despedida o ya es algo de rutina?

Claro, sí me conmuevo todavía. Y cuando son mis amigos, ¿cómo no? Hace 7 meses he perdido a Waldo Olivos, que era mi compadre inseparable, y a bastantes otros amigos.

¿Cuál es el funeral más triste que ha pasado?

La muerte de mi madre. Ya tenía yo 29 o 30 años; y el de mi hijo, que tal vez fue más duro aún. Mi hijo, uno de los cuatro que tuve, murió hace 20 años. Es algo que nunca lo vas a olvidar. Te pasa, siempre lo recuerdas, siempre lo sueñas, siempre te acuerdas de tu hijo (me cambia de tema).

Dejemos las cosas tristes, y más bien dígame, ¿a qué Presidentes ha atendido? Pero ojo, que no quiero decir que sea divertido enterrar presidentes.

(Sonríe) He atendido a todos los Presidentes que han fallecido: Prado; Bustamante; Belaúnde, que era amigo mío  y quien dejó establecido que sea yo quien me encargue de todo; etc. El último fue Paniagua, a ese nomás no lo he atendido.

Acaba de cumplir 80 años, ¿teme a la muerte?

Definitivamente no. He visto como se muere la gente. He visto morirse a gente de un año, de cinco, siete, veinte, de todas las edades y hasta más de cien. He visto que mucha gente se ha ido muy temprano, y otras nos estamos quedando tarde. Creo que ya Dios me ha dado la gracia de vivir bastantes años, y por lo menos en buen estado. No estoy tirado en una cama, todavía puedo movilizarme con mi bastón. Acabo de cumplir 80 años y me hice una fiesta como se merece, con 640 invitados. Con mucho cariño la hice porque había logrado vivir hasta los 80 años.

¿Ya tiene planeado su funeral?

Sí, sí, indiscutiblemente. Ya mi hijo tiene todas las instrucciones que yo quiero.

¿Hay algo especial que haya solicitado?

Solamente mi bandera del Alianza Lima, que en el cajón esté muerto con mi bandera de Alianza Lima.

Bonus 

“A Alarcón lo boté como a un perro, como lo que es”

No sólo de la muerte vive el hombre, si cabe la contradicción, sino también de fútbol. A veces sufridamente, pero se vive. Don Agustín ha sido uno de los Presidentes más emblemáticos que ha tenido el Alianza Lima, precisamente cuando cayó el Fokker, algo de lo que también se ha animado a hablarnos y contar su versión. Dado el gran respeto e influencia que tiene entre los íntimos, hace poco lo convocaron para que arregle el problema de sacar a Guillermo “Pocho” Alarcón, quien se atornilló en la dirigencia, el único ser humano al que le haría su entierro “llevándolo a patadas al cementerio”. Y como aquel abuelo sabio de la familia que siempre soluciona los problemas de su alborotada tribu, botó a Alarcón, a decir de él mismo, como a un “perro”.

Ud. fue Presidente del Alianza Lima varios años, ¿cómo hace su afición al equipo íntimo?

Te cuento. Yo iba a cumplir 7 años y nosotros nos íbamos con mi papá a pie desde Cangallo hasta el Estadio Nacional, al estadio viejo. Íbamos a la tribuna de segunda. A mi papá le encantaba el fútbol. Entonces me llevó a un cuadrangular que me acuerdo mucho: jugaban la U, Sport Boys, Sucre y Alianza. Allí me gustó mucho el Alianza, no sé si porque eran negritos o era la camiseta blanquiazul la que me gustaba, porque desde muchacho he sido muy amigo de los colores azul y celeste. Todos mis carros han sido siempre de esos colores, nunca he cambiado de color. Tal vez eso influyó en que me gustara más el Alianza. De ahí fui yendo al Estadio cada vez que podía y le agarré cariño al Alianza Lima.

¿Y usted quería jugar pelota?

He jugado, pero no he sido bueno. En lo que más o menos me he distinguido es en Básket. Jugué en la superior de básket casi 10 años. He jugado por el Continental, Centro Iqueño, por Circolo, por varios equipos. Incluso hemos ganado un campeonato mundial de básket para veteranos en Estados Unidos, pero a ese fui como Presidente de la Federación de Másters.

¿Ha jugado con el Cardenal Cipriani? Él tambien jugaba básket.

Él es menor, pero sí hemos jugado juntos, es mi amigo. Pero él sí ha sido selección.

¿Cómo ve al Alianza ahora, pues la verdad anda muy mal?

Eso es por culpa de una persona, claramente, y es Alarcón. No es porque en el equipo no hayan habido jugadores, lo que pasa es que los han vendido. Farfán es de Alianza, igual que Pizarro, y Guerrero también se formó en el Alianza.

Pero Ud. se enfrentó a Guillermo Alarcón, ¿no?

Te voy a contar algo que es confidencial. A mi me buscaron para que yo arreglara el asunto de Alarcón. Yo no quería saber nada con el Alianza Lima después que había pasado 9 años ahí metido, fregado, con los periodistas encima que me jodían, me fastidiaban: cuando gana el equipo, bien; cuando pierde, el Presidente es el culpable. Nunca fui ladrón, jamás le he robado un centavo a nadie. Ni a Alianza, ni a nadie. Yo no he ido al Poder Judicial nunca. No tengo enemigos, salvo Alarcón. Ese sí es mi enemigo. Le ha hecho mucho daño a mi institución, se ha robado mucha plata de mi club.

¿Y a él le haría su entierro y velorio?

A punta de patadas lo llevo al cementerio. Es un caradura, un sinvergüenza, un ladrón. No hay calificativo en el castellano para calificar a este hombre. Tiene un hermano que trabaja en el Poder Judicial, no sé en qué cargo, y lo ha protegido, por eso ha podido salir fácilmente de sus problemas.

Me decía que lo llamaron por el tema de Alarcón…

Sí, me llamaron y me pidieron que dirija la Asamblea para tratar de sacar a Alarcón, pues convocaban a la gente, pero éste siempre la anulaba por una cosa o por otra, o conseguía más votos, y siempre ganaba él. Así que cuando supo la gente que yo iba a ir a dirigir la Asamblea, fueron más de mil personas. Entonces, cuando ya estábamos sentados, yo en medio de la mesa con cuatro personas muy hinchas del Alianza Lima, al comenzar nos tiraron tres bombas lacrimógenas del costado, desde las canchas de fulbito. Ese costado pertenece a una calle donde no vive nadie, si pasas por ahí te dejan sin calzoncillos, de repente también sin eso. Mi chofer me bajó  del estrado, me cargó y me sacó de allí para que se me pase el ardor de la cara. Me sentí mal un rato, y volví a subir al estrado y comencé a llamar a la gente que ya se estaba yendo. Les dije “no nos dejemos vencer por este sinvergüenza”. Eso (los gases lacrimógenos) fue organizado por Alarcón. Al final hubo votación y por unanimidad lo sacamos. Quedo escrito que nunca más, por ningún motivo, él podía entrar al Club. Está botado como un perro del Club, como lo que es. Luego vino la junta transitoria para manejar el club, pero lo están haciendo mal, han vendido a todos sus jugadores.

¿No le parece feo el cambio de camiseta, sobre todo siendo la anterior un signo tan emblemático de la cultura peruana?

Pésimo, pésimo, esa no es la camiseta del Alianza. La camiseta es la blanquiazul, no esa. Pero me explicaron que este tipo (Alarcón) había vendido a la televisión la camiseta, es decir, había vendido la transmisión de los partidos a condición de que usaran esa camiseta.

Ud. fue presidente del equipo cuando cayó el Fokker, ¿recuerda cómo lo agarró la noticia?

Recuerdo perfectamente porque yo me casé un 9 de diciembre, y el 8 estaba con mi esposa, mi compadre Waldo Olivos y su señora, comiendo en un restaurante de Miraflores que no habíamos ido nunca. Mis hijos me estaban buscando por todos los restaurantes, pero no me encontraban porque yo no solía ir a ese restaurante. Ya como a los 10.15 pm nos regresamos a dejar a Waldo en su casa, y en eso veo un montón de gente en su puerta. Yo pensé que hubo un incendio en su casa. Estaban mis hijos y mi hija —todos en mi casa son aliancistas—, que me estaban esperando allí. Me dijeron que el avión había desaparecido. Por mi experiencia que tengo en el negocio, los accidentes de aviación que he atendido, ya sabía que el avión se había caído.

¿Tuvo esperanza de que pudieran haber sobrevivientes?

La verdad que no. Pero hubo un sobreviviente, que fue el piloto.

¿Usted llegó a conversar en alguna ocasión con él?

No, nunca. No quise meterme en ese tema porque era muy delicado. La gente de Alianza me preguntaba a mí, al igual que los periodista, qué pensaba yo del accidente y del avión. Les dije que no podía dar una opinión sobre eso porque no me pertenece a mi, sino que era un tema del Estado porque era un avión alquilado al Estado, que yo lo habían utilizado Cristal y Universitario de Deportes. Era la tercera vez que iba el avión. Lo que pasa es que pusieron un piloto que era muy inexperto.

Con los años se habló de conspiraciones, que el avión llevaba droga…

¡Nada, nada de eso! Eso es imposible, olvídate. Lo que pasó es que se demoraron en salir de allá, y salieron ya de noche. En lugar de salir a las 4pm, el avión salió luego de las 6pm, mientras se duchaban las niñas, se arreglaban, parecían mujeres. Como habían ganado 1-0 estaban contentos. Ahí murieron mis sobrinos, como les decía de cariño, todos mis chicos (pausa, pasa saliva). Yo los preparé para que fueran subiendo desde juveniles, donde fueron campeones. Ese equipo era para darle varios años de campeón al Alianza. Todos los muchachos estaban entre 18 y 21 años, menos Juan Reynoso, que no viajó porque estaba lesionado, así como Colibrí Rodríguez, que estaba suspendido, y Juan Illescas, también lesionado.

Equipo de ALianza Lima previo a su partido con el Deportivo Pucalpa en el Estadio Municipal de Pucalpa el 8 de Diciembre de 1987. Parados: Sussoni, Peña, Chamochumbi, Reyes, Gonzales Ganoza (atras) y Farfán. Agachados: Tomasini, Escobar,Casanova, Cavero, Bustamante y Eche (masajista) (Revista "Si")

Equipo de ALianza Lima previo a su partido con el Deportivo Pucalpa en el Estadio Municipal de Pucalpa el 8 de Diciembre de 1987. Parados: Sussoni, Peña, Chamochumbi, Reyes, Gonzales Ganoza (atras) y Farfán. Agachados: Tomasini, Escobar,Casanova, Cavero, Bustamante y Eche (masajista) (Revista “Si”)

¿Sigue llorando por ese tema?

En ese momento lloré, aún hoy me da mucha tristeza hablar de ellos. Pararon conmigo muchos años, todos los días. Venían y me decían “tío, danos para un cevichito”. Y yo les daba de mi bolsillo.

Alfredo Tomassini era buen nadador, y se dijo que habría sobrevivido y conversado con el piloto estando en el mar…

Eso es verdad. Estaba vivo, pero el asunto es que el piloto pudo llegar a subirse sobre los restos del avión, y allí aguantó el frío. Tomassini estuvo conversando con él, pero abajo, en el agua; y el mar allí es helado, luego de un rato el cuerpo no te aguanta y además hay corrientes. Tus manos se van soltando hasta que te vas, y ahí tienes que entender que te vas a morir.

Usted, como es lógico, se encargó de los funerales, ¿no?

De todos, de los barristas también. Al Alianza Lima no le costó un centavo. A medida que aparecían los cuerpos se les iba enterrando al día siguiente. Recuerdo que llegaron como ocho juntos y los velamos al día siguiente en el Estadio y se llenaba. La Naval tuvo gente metida en la morgue para apurar todo. Marcos Calderón fue uno de los últimos en aparecer.  Fue muy sentido.

Para dejar de lado los recuerdos tristes, una última pregunta,  ¿nunca le ha interesado dirigir la Federación de Fútbol?

Después de que salí del Alianza ya no quería saber nada con nadie. Quedé curado, y le ofrecí a familia que no me iba a meter más y lo he cumplido. Yo he podido ser jefe del IPD a cada rato, con el mismo Fujimori y con Toledo varias veces me han llamado; incluso soy amigo personal de Alan García desde que era diputado.

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