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TE LLEVASTE LAS FLORES BUENAS, JAVIER

Tenía 21 años cuando 19 tiros atravesaron su cuerpo. La primera bala perforó su clavícula. Rendido, alzando un polo blanco, fue finalmente acribillado. Eran balas dum dum de la Guardia Republicana. Parafraseando la ranchera, el día que lo mataron, Javier estaba de suerte, de unos 20 tiros que le dieron, nomás uno era de muerte. Esa bala abrió un boquete en su espalda. El poeta Javier Heraud quedó de lado, recostado, yéndose la vida, la juventud y los sueños. A su costado abierto le cantó aquella que el cielo nunca nos devolvió, la también llorada Chabuca Granda: “La sangre que entregaste nos ahoga, desde el fondo del tiempo y tu canoa. Ay, hermano, si pudiera suplicarte. Suplicarte tan fuerte que volvieras. Desde un triste tañer, joven ausente. Alerta estoy a tu costado abierto…”

Todos vamos a morir, pero normalmente no pensamos en ello. Pero todo guerrillero lo tiene presente día a día. Ante de ser guerrillero y aún después, Javier Heraud fue poeta.  La poesía y la guerrilla, muchas veces se confunden y se mezclan. La tinta y la sangre buscando un ideal: unos dan su vida en el monte, a otros se les va la vida en el papel.  Poeta y combatiente presentían la muerte. Por ello nos dejó escrito lo que sabía iba a suceder, el destino fatal de los que lucha con imposibles. Lo dejó escrito para que no se nos olvidará: Yo nunca me río / de la muerte. / Simplemente / sucede que / no tengo / miedo / de / morir / entre / pájaros y árboles”.

Y así fue. Al lado de su canoa ensangrentada, Alain Elías, su compañero de lucha en ese momento terrible, sujetaba su cuerpo. No te vayas, Javier. Resiste, Javier. Pero entre pájaros y árboles, en la orilla del río Madre Dios, el poeta se iba y se iba. Y ya se había ido antes, mucho antes; cuando le dijo a su padre que le dejaba en herencia sus libros a su amigo Arturo Corcuera. Arturo, Javier y César Calvo, quizás los tres poetas más representativos de la ‘Generación del 60’. Las letras y el cine templaron esa amistad. Y de nuevo Javier se volvió a morir antes de su muerte, cuando al regresar clandestinamente al Perú tras su entrenamiento en Cuba para iniciar la avanzada del Ejército de Liberación Nacional le escribe a su mamá: “Querida madre: No sé cuándo podrás leer esta carta. Si la lees quiere decir que algo ha sucedido en la Sierra y que ya no podré saludarte y abrazarte como siempre. ¡Si supieras cuánto te amo!, ¡si supieras que ahora que me dispongo a salir de Cuba para entrar en mi patria y abrir un frente guerrillero pienso más que nunca en ti, en mi padre, en mis hermano tan queridos! / Voy a la guerra por la alegría, por mi patria, por el amor que te tengo, por todo en fin. No me guardes rencor si algo me pasa. Yo hubiese querido vivir para agradecerte lo que has hecho por mí, pero no podría vivir sin servir a mi pueblo y a mi patria. Eso tú bien lo sabes, y tú me criaste honrado y justo, amante de la verdad, de la justicia. / Porque sé que mi patria cambiará, sé que tú también te hallarás dichosa y feliz, en compañía de mi padre amado y de mis hermanos. Y que mi vacío se llenará pronto con la alegría y la esperanza de la patria.”

Célebres fueron sus versos anunciadores, como célebre fue su muerte. Conocí su poesía por vez primera en segundo, tercero o cuarto de media, ya no recuerdo bien. Ya qué importan las fechas, si todos los buenos se murieron. Acá quedamos los traidores, los cobardes, los opinólogos, los corruptos… los mortales. El profesor Saravia, que nos enseñaba literatura en el Colegio Santa María Marianistas lo puso en una antología que el propio colegio editó. Saravia (¿qué será de su vida?), puso especial énfasis en la historia de Heraud, más que en su poética. “Era un chiquillo, apenas unos años más que ustedes”, nos dijo. Resaltó que estudió en el Markham, el colegio rival al nuestro, también para hijos “de sociedad”.

Al paso de los años, sigo recordando aquella clase. He llevado muchísimas lecciones, pero por algún motivo ella no se me olvida. Los mandamientos del periodismo indican que hay que tocar los temas según las coyunturas. Hoy no es aniversario de nada relacionado a Heraud. Pero como ya lo decía, no soy bueno para las fechas. Todo momento es buen momento para recordar al vate rebelde. Como lo fue la semana pasada cuando visité a la querida Enriqueta Rotalde. Mujer de 88 años, pero de un travieso humor adolescente. Ella, siendo hija de la inmensa Ángela Ramos, fue testigo en primera fila de un tiempo que quemaba. Javier era su vecino, en Miraflores. “Recuerdo verlo cada mañana acá a la vuelta con su uniforme del Markham y el gorrito del colegio que llevaban, empujando el carro de su papá. Parece que el auto del caballero nunca arrancaba. Un día me vino a buscar y me dijo ‘Queta, ¿puedo hablar contigo?’. Y me contó que se iba para La Habana. ‘Ya lo sé, y me alegro’, le dije. ‘Sabía que me apoyarías’, me contestó. Fue la última vez que lo vi”, me contó Enriqueta.

Entre la inocencia de Javier Heraud y demás temas que iban y venían, se me fue la tarde conversando con Queta: Velasco, Arguedas, Cuba, Barbarroja, Fidel, la Escuela de Folklore, el violín indómito de Máximo Damián, el carácter de Martha Hildebrant, la inteligencia de Federico More, la pluma de Mariátegui (el bueno, el de la silla), la Reforma Agraria, golpes, Luis de la Puente Uceda (comandante y político), la pasión de Chabuca Granda, más golpes, más generales, China, el corazón de Rusia, Polonia, los errores que nunca faltan (los imperdonables y los subsanables), los amores perdidos, los destierros, el tiempo, la vida, la muerte… cardo o ceniza; en suma, la revolución.

Por: Eduardo Abusada Franco

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