abimael

¡SI NO TOMAS LA SOPA, VOY A LLAMAR A ABIMAEL!

“Regresando a mi infancia, la mención a Guzmán era una especie de leyenda urbana que se usaba contra los niños en aquel tiempo para asustarnos o tranquilizarnos, según sea el caso. Cuando se tenía noticia de los atentados, nos decían los adolescentes más grandes que Abimael había prometido no atacar Mollendo por haber nacido allí. Es más, decían que una amenaza de muerte, dictada de los propios labios del ‘presidente Gonzalo’, pesaba sobre aquel subversivo que se atreviera incursionar en el puerto.  Por el contrario, si querían asustarnos nos contaban que había rumores de que habían visto a Abimael y sus huestes entrando por Cocachacra y que venía a volar la Comisaría de Mollendo.”

Por: Eduardo Abusada Franco


En estos tiempos de ‘terruqueo’ fácil y en el que tener barba poco más y te hace cómplice de Abimael Guzmán, me puse a repasar un viejo texto sobre el líder senderista que escribí hace un tiempo —y acá reproduzco en parte— tratando de entender a ese extraño y cruel personaje; o, tal vez, tratando de comprender cómo marcó mi infancia la fantasmal omnipresencia de alias ‘Presidente Gonzalo’.

Abimael, para mi generación (o desde mi particular apreciación: la de uno nacido en 1979, año de la muerte de Haya de la Torre), fue algo así como lord Voldemort de ‘Harry Potter’: el solo mencionar su nombre nos causaba pavor.

Siendo aún pequeño ya escuchábamos de los adultos las noticias del terrorismo. Máxime cuando mi familia materna era decidida y participativamente aprista. Es más, el tema del senderismo era doblemente recurrente en Mollendo, donde nací, pues en aquel mismo hospital donde di mis primeros alaridos —Hospital Manuel Torres Muñoz—, dicen algunos biógrafos, muchos años antes, nació Abimael Guzmán Reynoso, a la sazón, primo hermano de mi tío Juan Reynoso, casado con mi tía Alicia, la tuerta; y compañero de colegio de mi tío Hugo en colegio La Salle de Arequipa, quien me contaba que junto con el aún adolescente terrorista eran monaguillos en ese tiempo y encargados de tocar la campana. Faltaban varios años aun para que el inocente monaguillo iniciara la guerra que desangraría al país, y algunos más para que mi tío se vuelva hincha del Barcelona de España, pero esa es otra historia.

En fin, ¡menuda condecoración que nos toca cargar como mollendinos! He leído también que nació en otros lados por allí cerca. Como fuere, Abimael no vivía exactamente en Mollendo, sino en El Arenal, un pueblito más al sur, donde la vida en ese entonces, como hoy, era apacible, ganadera, campesina y aburrida. Por su puesto, todo ello se vio de cabeza con la defensa de los ‘espartambos’ contra el proyecto minero Tía María.

Cada dos o tres años visito aquella zona y me doy una vuelta por allí rumbo al Valle de Tambo a comer los camarones más espectaculares que existen en comarcas peruanas. Cruzando El Arenal, hasta hace unos 7 u 8 años, aún permanecía en pie la fachada de la casa del otrora líder senderista. Había escuchado que el inmueble pasó a manos de la Universidad de San Agustín de Arequipa (dato falso, según parece), y aseguraba la chismografía local que por miedo a alguna represalia senderista, la fachada de su infancia no sufría modificación alguna. A simple vista parecía una casa de abobe. En mi última visita, hace poco menos de dos años, la estuve buscando. En su lugar vi una casa moderna. Bajé a preguntar y justo un señor abrió la cochera. Le pregunté si era la casa de Abimael. Me miró secamente y me dijo: “No, es mi casa”. Evidentemente, al hombre no le gustaban los curiosos. Le expliqué que yo recordaba que acá había otra casa. Tras unos minutos en que agarramos confianza, y en que le demostré que no era agente secreto de nada, me contó que hace muchos años su padre se le había comprado al papá de Guzmán y tumbaron la casona vieja e hicieron una nueva. En este punto, no puedo evitar recordar una estúpida foto difundida por el aprista César Zumaeta y Héctor Becerril en su tuiter, en que mostraba a unas sonrientes Verónika Mendoza y Marisa Glave visitando una supuesta “casa de Abimael”. Desde luego, era una foto trucada. Solo a un idiota redondo se le puede ocurrir que puede existir una ‘casa museo’ de Abimael en el Perú. La foto original era de una visita la casa de Manuelita Saenz; que, por cierto, tampoco es la verdadera casa. Entiendo que la primigenia fue quemada para ahuyentar la peste.

En todo caso, en El Arenal la mayor “curiosidad” de un pueblo donde lo que más abunda, como lo dice su nombre, es la arena, era la mentada y desaparecida casona.

Regresando a mi infancia, la mención a Guzmán era una especie de leyenda urbana que se usaba contra los niños en aquel tiempo para asustarnos o tranquilizarnos, según sea el caso. Cuando se tenía noticia de los atentados, nos decían los adolescentes más grandes que Abimael había prometido no atacar Mollendo por haber nacido allí. Es más, decían que una amenaza de muerte, dictada de los propios labios del ‘presidente Gonzalo’, pesaba sobre aquel subversivo que se atreviera incursionar en el puerto.  Por el contrario, si querían asustarnos nos contaban que había rumores de que habían visto a Abimael y sus huestes entrando por Cocachacra y que venía a volar la Comisaría de Mollendo. Castigado puerto el mío. Ya había sido cañoneada su población por el Cochrane y la Magalles en abril de 1879, apenas empezada la Guerra del Salitre, sin tener la ciudad un puto cañón para defenderse como no fueran unos viejos fusiles. Y de nuevo como una sombra que presagiaba olor a sangre y pólvora, se esparcían en el aire salado las letras del innombrable: A-B-I-M-A-E-L.

En eso se resumía para los niños ‘clasemedieros’ de zonas urbanas la política ochentera: El Estado eran nombres que uno escuchaba en la radio o la tv como Alan García, Olivera o Belaúnde. Era lo más que sabíamos de política, además del nombre del horror: Abimael. La escasa presencia del Estado se puso peor con la época de los apagones. Y así fue la Lima que encontré, en la que viví de muy cerca las bombas del Canal 2 y Tarata en 1992. Una ciudad enorme, bulliciosa, inexplorada para mí, en la que el Estado era cada quien y el Gobierno unos nombres sueltos en la radio. Una Lima en la que retumbaba un nombre que me persiguió desde Mollendo: una vez más, Abimael.

 

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