Hasta Rocky fue actor porno. Sucede en las mejores familias.

MI DEBUT COMO ACTOR PORNO

“Sin más, subimos unas escaleras y ante nosotros un robusto sujeto con bigotes de charro y pelo largo se apareció como emergiendo algún sótano maloliente, de los fondos de esta ciudad arrecha, amo y señor del morbo anónimo, de la calentura más inmoral, perfecta y erecta. Nos recibió como si nos conociera de toda la vida, y hasta diría que le caímos bien a primera vista. Era amable, dicharachero, y centenares de fotos de hombres y mujeres desnudas, copulando o no, de todas las razas y tallas, estaban pegoteadas en las paredes de esa vieja estancia, sin ningún orden, en total y erótico caos. Ese Dios del morbo encarnizado era nada menos que Guillermo Canessa, el verdadero rey del cine porno.”

Por Eduardo Abusada Franco



En el tiempo ocioso que me deja la lectura, trabajo (V. Hurtado dixit). Por el tiempo en que escribí esta historia era un burócrata, pero he intentado peores formas (o mejores, según se vea) de ganarme la vida. Me animé a contar esta anécdota luego de ir a ver la película Asu Mare, ahíto de pavor por el temor incontenible que me producen las muchedumbres, con la esperanza de que un misil norcoreano se desvíe y nos mande a todos a mejor a vida, una donde la gente jamás de los jamases realice tres acciones simultáneamente: Reírse a carcajadas, aplaudir, y decir “quiii buiinaaa”.

El hecho es que estaba allí viendo la pela, que por cierto estaba entretenida (no diré más porque no me gusta criticar mucho el trabajo creativo ajeno: el burro hablando de orejas), con Germán, Jorge y su esposa. Es decir, con las pocas personas que aún me llaman para ir al cine. Cosa rara, pues luego de la universidad dejamos de vernos varios años, pero Dios los crea y ellos se juntan, es la fuerza de atracción de los destinos que cuando confluyen irremediablemente se meten en problemas. Hago la explicación pues cada vez que me juntaba con ese par, algo, generalmente negativo, sucedía: un accidente de tráfico, una visita a la comisaría, una paliza recibida, una suspensión de la universidad, un intento de suicidio, etc.  Y allí estábamos, riéndonos, aplaudiendo y diciendo “quii buiina” con la vida de Cachín, cuando una escena hizo que los tres enmudeciéramos ante la cara de signo de interrogación de la esposa de Jorge, que por esas fechas andaba por el sexto mes de embarazo. Cachín iba a un casting en un descuidado y antiguo edificio, de al parecer el Centro de Lima, donde acaba estafado por un supuesto director de cine, quien le cobra por unas clases de dirección y actuación, que bien las podría haber dictado Ed Wood en sus peores momentos de alcoholismo; y luego de escogerlo como protagonista para el film, el remedo de Tarantino se mandó a mudar, dejando al aspirante a estrella colgado.

La escena nos ocasionó un deja vu. En mi larga búsqueda del trabajo ideal, había intentado la de actor porno, y el casting de Cachín había resultado tal cual por el que pasó, o mejor dicho, pasamos. Era como si hubiéramos actuado el mismo guión de Alcántara. La historia empezó cuando plácidamente estábamos con Germán en la rotonda de letras de la PUCP, debatiendo sobre el atomismo individualista criticado por Charles Taylor y si Waldir era mejor que Valeriano, soportando a esos prospectos de caviares que pululaban en el patio de Letras con su Lobo Estepario bajo el brazo [porque si entrabas a la PUCP en mi época y no leías a Hesse, aunque no entendieras un cuerno de su prosa, seguro que eras un bruto que solo veías fútbol], cuando de pronto apareció Jorge con su Bocón bajo el brazo y su camiseta de Defensor Lima, y sacó de su bolsillo un aviso de periódico doblado N veces.

– Mongolitos, acompáñenme a un casting. Pagan 500 soles por unas fotos para modelo.

A decir verdad, el casting no era para actor, sino para modelo de fotos porno. No teníamos mucho que hacer, y para buenos muchachos ‘clasemedieros’ realmente 500 soles eran un dineral. Así que tomamos un carro y llegamos a un edificio de inicios de los años 20 en el Cercado. Era Washington o Wilson la calle, no estoy seguro, pero de que era Presidente yanqui, era. Sin más, subimos unas escaleras y ante nosotros un robusto sujeto con bigotes de charro y pelo largo se apareció como emergiendo algún sótano maloliente, de los fondos de esta ciudad arrecha, amo y señor del morbo anónimo, de la calentura más inmoral, perfecta y erecta. Nos recibió como si nos conociera de toda la vida, y hasta diría que le caímos bien a primera vista. Era amable, dicharachero, y centenares de fotos de hombres y mujeres desnudas, copulando o no, de todas las razas y tallas, estaban pegoteadas en las paredes de esa vieja estancia, sin ningún orden, en total y erótico caos. Ese Dios del morbo encarnizado era nada menos que Guillermo Canessa, el verdadero rey del cine porno. Claro que en esa época no lo conocía, y aún faltaba mucho para enterarme por la televisión que además de pornógrafo, era un estafador consumado, y que además había sido un campeón internacional en lanzamiento de martillo, disco, o uno de esos deportes para fortachones.

Guillermo Canessa, cuando lo vi detenido por última vez. Tenía en ese momento 62 años. ¿Qué será de su vida? Fuente: Manuel Igreda.

Guillermo Canessa, cuando lo vi detenido por última vez. Tenía en ese momento 62 años. ¿Qué será de su vida? Fuente: Manuel Igreda.

Allí estábamos los tres socios de la conquista ante el momento de la verdad, elegir entre ser un porno superstar o un desconocido estudiante de derecho con retorcidas ideas de izquierda. El argumento de Canessa fue inapelable: 500 soles por 50 fotos desnudo, y mil soles si las fotos eran fornicando. ¿Qué, pagan por eso? Haberlo dicho antes. El productor y director de películas para adultos –como él prefería que lo llamen– nos explicó que las producciones saldrían a Bolivia y no se verían acá. La idea parecía convincente, pues eran tiempos en que el Internet aún no era el pan de cada día, y páginas como porntube, redtube, xtube o el más doméstico cholotube (que me han contado que existen, por favor, qué feo mundo) donde tu viejo podría verte en pelotas, aún no existían. “Eduardito, anímate, tienes buen porte”, decía el lujurioso. Supongo que para agarrar confianza nos hablaba en diminutivo. El buen Canessa me convenció de que era un verdadero adonis y que cientos de bolivianas y bolivianos aguantados, si ya habían perdido el mar, no aguantarían otra perdida como el no poder verme haciendo chuculún. La oferta no era mala, y yo la verdad con mi pelito largo que usaba aquel tiempo, mis coquitos, y mi apolínea figura, me proyectaba ya como todo un macho cabrío del sexo [no un macho cabrote… eso vino con los años]; y en lo personal, siempre he tenido debilidad por exhibirme como vine al mundo: calato, llorando y ensangrentado. Así que los tres aceptamos, y aunque Jorge no tenía aún DNI –o libreta electoral mecanizada, que creo aún existía y tuvo corta duración–, firmamos un contrato con el diablo, como Fausto, tal vez esperanzados en que el “chirrín chirrión” nos librará del sórdido compromiso. En descargo del productor, debo decir que no le gustó nadita la idea de que Jorge sea indocumentado (y feliz, según el finadito Gabo).

Canessa nos dijo que necesitaba unas fotos de prueba, así vestidos nomás. Nos hizo pasar uno por a uno a un cuarto oscuro, donde, según él, había una cámara detrás de un cristal. No se veía absolutamente nada. Desde algún lado, la ronca voz de Canessa decía: “Ahora haz una cara de sorpresa. Ahora ríe. A ver una cara de enojado”. Por supuesto, aplicados nosotros, hacíamos nuestras mejores monerías. Algunos años después, mientras hacía mi cámara pinhole para un curso de fotografía, comprendí que este arte significa dos cosas: luz y tiempo, y en el cuarto fotográfico Canessa reinaban las más absolutas tinieblas.

Al salir, vino el quid del asunto. El amable pornógrafo nos pidió 20 soles a cado uno para desarrollar las fotos. No había cámara digital entonces. Y si había, Canessa no tenía. Hicimos nuestra chanchita y pagamos pensando que estábamos haciendo el negocio de nuestras vidas: 20 soles por ganar 1,000; entonces, 980 de ganancia. Dinero fácil ‒me decía Jorge‒, casi mil soles para que los bolivianos vuelen cometa, pero si este Canessa es un bruto. Lo cierto es que si fuimos por misios, salimos paupérrimos.

Al día siguiente me asaltó una terrible depresión pensando que había hecho algo infame, que me habría de quemar en los infiernos por impúdico, que para eso no me habían hecho rezar el padre nuestro hasta la saciedad las monjas del Inmaculado Corazón y repetir “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, como si hubiera sido yo el que estaba manejando el carro borracho cuando sabe Dios quién atropelló a quién.

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Hasta Rocky fue actor porno. Sucede en las mejores familias.

Pasaron los días, las semanas y meses, y Canessa nunca nos llamó. Muchos años después, rebuscando entre mis papeles –porque me pongo a catalogar mis archivos cuando creo que es momento de poner orden en mi vida– encontré el contrato que firmamos, que por ahí aún debe estar. Lo miré con nostalgia, y extrañé con sincero sentimiento al simpático pornógrafo y gracioso estafador. Hasta que hace pocos años, el hombre cayó preso, y por segunda vez. Había seguido haciendo lo mismo a otros aspirantes a pornostars, solo que esta vez, sí lo denunciaron. Nosotros, por supuesto, no queríamos hacerle daño. Nos cayó bien. Y de hecho, respetábamos –como entonces y hasta ahora– su hermosa profesión. Lo vi en televisión enmarrocado. El hombre había envejecido, y su otrora torosa estampa era ahora más bien rechoncha. Su pelo había encanecido, y caí en la cuenta, en la horrorosa cuenta, de que así viejo, Canessa tenía un enorme parecido con mi finado padre. La verdad es que sigo extrañando a ese muy cortés señor productor de cine para adultos, príncipe del morbo y la lujuria.

¿Era acaso yo mejor que Canessa?, ¿es menos inmoral el que folla por plata que el que vende el video? Después tuve muchos otros trabajos, y encontré muchos Canessas, claro que ninguno tan amable y simpático como el primero. Y mientras más escalaba en la escala social, comprobé como Michael Corleone en el Padrino III, según propia confesión ante su hermana, que entre más alto uno subía, más corrupción encontraba. En la prensa, el sector público, la política, la Iglesia, las empresas, y hasta el fútbol. ¿Era acaso Canessa peor que el lobbysta (“consultor”, suena mejor) que usa sus contactos en ProInversión para conseguir la buena pro al peor postor, comisión de por medio?, ¿era acaso peor que el empresario que falsea un balance, chuponea a un rival, y luego pide un rescate para su banco por parte del gobierno con el dinero de todos?, ¿tiene el Cardenal que olvida matanzas la autoridad moral para calificar de inmoral a un simple, humilde y empeñoso productor porno y estafador? Canessa no mató a nadie, solo me birló 20 soles. Canessa somos todos, porque en este mundo Cambalache, “da lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador”.

(Remake. Escrita por primera vez en abril de 2013).

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