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Los ídolos son especies que desaparecen

Cuando venimos a este mundo, no tenemos idea de qué hacemos en este lugar. Al tomar consciencia de nuestra existencia, descubrimos que estamos desamparados; pero al mismo tiempo nos damos cuenta que hay unos seres más grandes que nosotros, a los que llamamos papá y mamá (en mi caso, los tuve a los dos). Y comienza una era de dependencia cuya intensidad descenderá (porque nunca desaparece) en la medida en que aprendemos a ser autónomos. Pero al mismo tiempo, nos damos cuenta de que tenemos un mundo alrededor. Además de los juegos cotidianos, descubrimos otros entretenimientos. El siglo veinte fue testigo de uno de ellos: los deportes, donde hay gente que sabe combinar el talento y el esfuerzo, y vence siempre. Son ellos los que quedan en la retina de nuestros ojos.

Por: Víctor Liza Jaramillo

En mi infancia, aprendí a ser aficionado de tres deportes: el fútbol, el boxeo y el automovilismo. Los dos primeros eran los favoritos de mi viejo; pero en el caso del tercero fue por iniciativa propia. Me encantaba ver aquellas monoplazas corriendo con furia por una pista llena de curvas, junto al folklore de la bandera de cuadros negros y blancos, los cascos, los avisos en las vestimentas de los conductores, entre otras cosas.

El fútbol lo descubrí a los cuatro años. El recuerdo más lejano es el de dos partidos contra Argentina. En el primero, Perú venció uno a cero en el estadio Nacional, y aún tengo en mi mente la imagen del coloso de José Díaz desde la mítica torre de control de la tribuna norte. En el segundo juego, empatamos a dos en Buenos Aires, en la cancha del River Plate. Los peruanos, con los uniformes blancos embarrados, y dos futbolistas con África Look celebrando un gol, son otros pantallazos que tengo en el cerebro. Sin embargo, no pudimos clasificar a México 86.

Sobre los recuerdos del año siguiente, el del mundial mexicano, ya tenía un poco más de memoria. Fue allí que descubrí la belleza del fútbol. Diego Armando Maradona lo hizo posible. En cuatro minutos combinó picardía con magia. Primero, un gol con la mano, algo que estaba prohibido pero que solo el “Pelusa” podía hacer realidad. Luego de avanzar con el balón por el medio del campo, Maradona se detuvo en la antesala del área grande y elevó el esférico en dirección a un compañero que estaba unos metros a la derecha. Este intentó conectar de cabeza, pero un defensa inglés le ganó en el salto. El balón fue al centro del área. Maradona corrió y saltó antes que el arquero Shilton. De pronto, la pelota estaba en el fondo de las redes. Diego celebraba sin ninguna vergüenza ante sus compañeros atónitos, mientras que los ingleses reclamaban airados al réferi tunecino porque había usado la mano.

Cuatro minutos después, Maradona recibe la pelota de Héctor Enrique, y antes de cruzar la línea central del campo, se deshace de dos ingleses. Comienza una larga carrera en la que combina velocidad con gambetas, y deja en el camino a dos ingleses más. Ya en el área, burla a otros dos defensores, y cuando Shilton le sale al frente, logra anidarla en la red. Pero esta vez con el pie. La imagen de Diego corriendo hacia la esquina con el puño en alto nunca se borrará de mis retinas. Años después, Héctor Enrique, el Negro, se ufanará de que él hizo el pase gol.

Eso fue suficiente para que Diego Maradona me hiciera caer en el pecado de la idolatría. Después, comencé a verlo en el Nápoli, cada domingo a las doce —como cantaba el ‘Zambo’ Cavero—, cuando Canal 7 transmitía los partidos del fútbol italiano. Las jugadas vistas en México 86 eran pan de cada jornada futbolera, para placer de los tifosi napolitanos y de un niño que bordeaba ya los siete años.

Uno se acostumbra a ver ganar a su héroe y cree que es invencible. Llegó el mundial de Italia 90, y Argentina llegó con más garra que talento a la final. Maradona ya no era el mismo por una lesión en el tobillo, pero aun así le dio aquel pase imposible a Claudio Caniggia para derrotar a un Brasil que era favorito para eliminar a los campeones del mundo.

Pero poco a poco, el héroe comenzó a fallar. Un penal errado en la definición ante Yugoslavia fue el inicio del fin, pese a que Argentina de igual forma venció a los de los Balcanes. En la final, Argentina perdió ante Alemania. Pero eso no fue lo que más me dolió, sino ver, cuando entregaban las medallas de subcampeón, el llanto de Diego. No necesité hacerlo yo porque él ya lo hacía.

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En paralelo a mi idolatría con Maradona, me permití adorar a otro ídolo deportivo: el estadounidense Mike Tyson. El boxeo, como la salsa, fueron aficiones que mi padre compartió conmigo durante mi infancia. Y el deportista del que más se hablaba en casa, en cuanto a la lucha entre puños, era Tyson.

Parecía más pequeño que sus rivales, todos enormes, de casi dos metros, en la categoría de los pesos pesados. Sin embargo, Tyson medía un metro ochenta. No era un boxeador en el pleno sentido de la palabra: era una máquina de golpear. Un boxeador no solo golpea, sino que esquiva, se mueve en el cuadrilátero como un bailarín, espera al rival. Ese es el concepto más estratégico y artístico de este deporte.

Tyson salía de esa convención. Él salía al cuadrilátero y golpeaba. Y no golpeaba por golpear: lo hacía con exactitud, en zonas del cuerpo que el rival no podía esconder y donde dolía más. Así, fue construyendo su camino hasta llegar a aquella pelea con Larry Holmes, el mismo que destronó a Alí y se había retirado invicto del boxeo.

Holmes quiso hacer la heroica y volvió a los cuadriláteros nada menos que contra Tyson. A los 38 años, el exmonarca intentó retomar aquel cinturón dorado que lució y retuvo en muchas ocasiones, a lo largo de su carrera, con estrategia y contundencia en los rounds finales.

Pero al frente tenía a un muchacho de 21 años que estaba en todo su apogeo. Con más velocidad y fortaleza, Tyson derribó al excampeón en el quinto round. De esa manera, se convirtió en el monarca de los pesos pesados más joven de la historia. Y lo había logrado en 1986, el mismo año en que Maradona se consagró como el nuevo rey del fútbol.

El reinado de Tyson en el boxeo duró cinco años. En todo ese período, no hubo rival que pueda derrotarlo. Parecía encaminarse a tener una monarquía prolongada como la de Holmes. Pero de pronto, desde la mafia del boxeo, que tanto daño le ha hecho a este deporte, le bajaron el dedo.

En 1991, Tyson defendió su título ante James “Buster” Douglas, un boxeador que no era de renombre pero que estaba en el top ten del ranking. En un momento de la pelea, como ya era costumbre, el héroe del boxeo envió a Douglas a la lona. El árbitro demoró el conteo de diez, y permitió que “Buster” se tomara su tiempo para recuperarse. Poco después, el enviado a la lona era Tyson, a quien el árbitro abrazó hipócritamente antes de declarar la pelea finalizada. Era el final de otro héroe. Años después quiso volver, pero solo atrapó la oreja de Evander Holyfield entre sus dientes.

 

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El tercer héroe deportivo que apareció en mi infancia era un corredor de Fórmula 1. Se llamaba Ayrton Senna Da Silva y era brasileño. A bordo de su Mc Laren rojo, Senna fue el Meteoro humano que superaba al de los dibujos. Había otros competidores más renombrados como el francés Alain Prost, pero fue Senna el que se llevó la admiración de mis ojos. Su carisma trascendía cualquier laurel de sus rivales.

Aunque para muchos puede ser aburrido ver una carrera en que las monoplazas pasan como rayos de luz, para mí era divertido, especialmente cuando enfocaban desde la cámara ubicada en el carro, que daba cuenta de la adrenalina que sentía el conductor y cómo sobrepasaba a un competidor cercano a toda velocidad.

Entre 1988 y 1991, Senna fue campeón mundial de Fórmula 1 en tres ocasiones. En la última vez, consiguió el título con una carrera de anticipación, durante la cual, ya sabedor que su principal retador, el británico Nigel Mansell, había quedado fuera por problemas técnicos, se dejó pasar por su compañero de equipo, el austriaco Gerhard Berger, para que obtenga el primer lugar de la carrera. Un gesto de generosidad en medio del campeonato ganado.

En 1992 y 1993 Senna no pudo repetir los laureles conseguidos. En 1994, se propuso con todo retomar la senda victoriosa. En los dos primeros “Grand Prix”, el brasileño no pudo terminar su faena. Pero en el tercero, en Italia, partió primero en la “pole-position” tras los ensayos del sábado. Aquel domingo 1 de mayo, Senna denunció la inseguridad con que competía él y sus compañeros, tras el fallecimiento de uno de ellos en dichos entrenamientos, acaso anticipándose a su destino inmediato.

Senna mantuvo el primer puesto en las vueltas iniciales. Pero en la séptima, chocó con su bólido contra un muro, a más de 300 kilómetros por hora. El accidente le produjo una decena de golpes en la cabeza dentro del casco, por lo que quedó en coma. El Meteoro brasileño estuvo cuatro horas luchando por su vida hasta que finalmente expiró. Y lo hizo a su estilo: como decíamos, iba primero en la competencia.

Su muerte me dejó impactado. Desde allí, no quise saber más de la Fórmula 1, hasta que aparecieron Fernando Alonso y Lewis Hamilton. Al español lo admiré mucho más luego de notar que, más allá de sus dos títulos mundiales, en muchas carreras arrancaba en el puesto 13 o 14 de 20, y al final terminaba segundo, como alguna vez Senna hiciera en 1983: partió en el puesto 13 en el Gran Prix de Mónaco, uno de los circuitos más estrechos. En medio de la lluvia, no dejó de esquivar monoplazas hasta quedar a milésimas de segundo de Prost, quien iba primero y fue declarado ganador en medio de la polémica. Pese a ello, allí comenzaría su brillante estela que se detendría a su estilo: primero en una carrera de Fórmula

1.

BONUS TRACK

Cuatro años después, llegó una nueva oportunidad para Diego. Tras una suspensión por consumo de drogas, Maradona fue convocado otra vez para jugar un mundial de fútbol. Estados Unidos 94 era la nueva y última oportunidad para el Pelusa, que se preparó como nunca para retirarse campeón del mundo, como Pelé en México 70. Quería corresponder al sentir del pueblo argentino, que había pedido su vuelta.

Su retorno fue espectacular: Argentina goleó cuatro a cero a Grecia, con tres goles de un pibe llamada Gabriel Batistuta y uno de Diego como en los viejos tiempos. Este inició la jugada en el medio campo con una serie de toques de balón con sus compañeros que los griegos solo podían mirar, y al final quedó en la antesala del área grande. Allí, de zurda, la envió al ángulo derecho del arquero helénico. Diego explotó y corrió a gritar ese golazo a una cámara. Esa explosión quedó registrada para la posteridad.

El siguiente rival era Nigeria, un buen equipo africano. El oponente se puso en ventaja con gol de Samson Siasia, un sombrero a la salida de Islas. Sin embargo, resucitó esa vieja sociedad con Caniggia, un delantero veloz y explosivo, quien puso la paridad. Luego, el Pájaro le gritó dos veces Diego mientras éste último se disponía a cobrar una falta. Maradona hizo como que iba dar el pase al medio pero al final se la cedió exacta a Caniggia, que desde la punta izquierda se hizo imparable para los defensores nigerianos. Luego, ante Peter Rufai, no tuvo contemplación para inflar la red.

Al final, Maradona fue cambiado y fue llevado por una enfermera de la mano para el control antidoping. Allí comenzó una nueva pesadilla para Diego. El resultado de dicho examen arrojó positivo, y antes de que recibiera sanción alguna, Argentina decidió retirarlo de la competencia. Esto golpeó fuerte en sus compañeros de equipo, que fueron derrotados por Bulgaria por dos a cero, y luego eliminados en octavos por la Rumania de Hagi, Raducioiu y compañía.

Eso también me golpeó a mí, que luego de la muerte de Senna, veía que una nueva oportunidad para ver resucitar a uno de mis ídolos se había desvanecido. Argentina no sería nunca más campeón del mundo y Diego Maradona no levantaría nunca más la Copa. Y como él no habrá futbolista alguno por muchos años.

Sin embargo, hubo un premio consuelo en ese feo año de 1994: luego que Brasil ganó la final de ese mismo mundial, con lo que se convirtió en tetracampeón del planeta, los futbolistas brasileños mostraron una bandera que rezaba: “Senna, el tetra es nuestro”. Con eso, reivindicaban al ídolo de su país por ese cuarto título que no pudo obtener. Y al de este adolescente de 13 años que por dentro se sentía consolado.

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