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HOMENAJE A LAS NOVELAS BRASILEÑAS

“Las novelas brasileñas, a diferencia de sus pares en otros países, tenían una temática innovadora que lograba trasladarnos a una dimensión del tiempo muy diferente a la rutina gris que proyectaba la TV nacional. Además, eran muy graciosas. El humor sofisticado salía de la calle latinoamericana y las alturas se mezclaban con el amor, la cultura, el fútbol (mirando “Vereda Tropical” me hice hincha del Corinthians) y los dramas nacionales. Hasta cierto punto, sus historias eran más democráticas. Ver una novela brasileña era anticiparnos a los debates existenciales de la época que anunciaban un cataclismo planetario. Lo podíamos ver en “El Clon”, “La próxima víctima”.”

Por: Elvis Mori Macedo

Viajar fuera del país era un sueño que me acompañaba desde muy niño. Mi primer destino preferido era Brasil, no solo porque era seguidor apasionado de Pelé, de Romario y de los goles espectaculares de Bebeto; sino, por otra razón más pellejuda, embrionaria: siempre fui hincha de las novelas brasileñas. Cumplir aquel sueño fue como despertar al niño que se quedaba con sus padres y sus hermanos hasta el final de cada capítulo de una novela; aquel adolescente que esperaba las vacaciones del colegio para encontrarse con Malu Mader en Top Model. Conocer tierras cariocas cerca a los 30 años, era desplazarme en el tiempo y recorrer cada centímetro de aquellas memorables historias que transformaron mi niñez y el destino de todo mi barrio.

Las novelas brasileñas son parte de un enorme fenómeno de masas que hizo de América Latina su audiencia innumerable, variada y pretenciosa. La academia no lo entiende bien, quizá porque prefiere las explicaciones políticamente correctas, pero la novela latinoamericana fue un terreno esencial para la construcción de los imaginarios más bizarros que guiaron el destino de las multitudes principalmente plebeyas. Más que la lectura de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, de nuestro amauta José Carlos Mariátegui, o El otro sendero, del economista Hernando de Soto, las novelas eran (¿son?) auténticas escuelas de adoctrinamiento social y político de las masas.

Por eso, las preferencias entre una y otra versión, entre la producción mexicana, brasileña, colombiana y argentina, no era una cuestión solamente de gustos, sino de pulsiones culturales más complejas que nos llevarían —quién sabe en qué nivel— a orientar nuestras preferencias sociales y políticas.  En esa premisa, mis preferidas eran las novelas brasileñas, sin duda; y en segundo plano, las mejores producciones eran las de Colombia y Argentina. No exagero si afirmo que algunas de las serias contemporáneas más afamadas en Netflix no son superiores a las novelas brasileñas, como “El Rey del Ganado”, “El dueño del mundo”, entre otras.

Pero con las novelas mexicanas tenía distancia casi esquimal, porque sigo considerando que, a diferencia de aquella respiración levitante en la que nos envuelve la pluma de Octavio Paz, o la estridencia elaborada del rock urbano mexicano, la novela mexicana me parecía un género cultural muy elemental, del lugar común, y que, además de ser sumamente ilusa, tenía la fatal consecuencia de reducir las conversaciones vecinales a la fantasía muy doméstica de uno que otro personaje estereotipado, anclado a una realidad conciliadora con el “destino”. (Un punto aparte, qué duda cabe, fue “Mirada de mujer”, una espectacular novela que hizo una ruptura narrativa respecto al lugar de la mujer-madre en la familia dividida).

Las novelas brasileñas, a diferencia de sus pares en otros países, tenían una temática innovadora que lograba trasladarnos a una dimensión del tiempo muy diferente a la rutina gris que proyectaba la TV nacional. Además, eran muy graciosas. El humor sofisticado salía de la calle latinoamericana y las alturas se mezclaban con el amor, la cultura, el fútbol (mirando “Vereda Tropical” me hice hincha del Corinthians) y los dramas nacionales. Hasta cierto punto, sus historias eran más democráticas. Ver una novela brasileña era anticiparnos a los debates existenciales de la época que anunciaban un cataclismo planetario. Lo podíamos ver en “El Clon”, “La próxima víctima”. Ambas novelas hicieron que la gente, en los incipientes centros comerciales o los comités de vaso de leche, se preguntara sobre el orden de la vida, las otras culturas en el mundo, y nos revelaba, en clave latinoamericana, que las relaciones familiares y comunitarias no eran tan celestiales como nos decía el cura cada domingo durante la misa. Detrás de un embarazo, podía haber un secreto fecundado por la madre y los avances de la ciencia, la crisis de la fe y los lazos de familia; detrás de un amigo querido por todos, se podía ocultar un serial killer amoroso y sigiloso.

Pero los homenajes solamente son reales cuando se escriben con reverenda honestidad. Así que no dudaré en referirme a mis sentimientos más primarios. Porque, me disculparán el ‘machirulismo’, pero no puedo rendir tributo a las novelas brasileñas sin obviar el lugar central de mis fantasías más adolescentes y hasta juveniles: las actrices. Por eso, todavía recuerdo que aquel trayecto desde Sao Paulo a Rio de Janeiro sirvió para desempolvar mis imágenes de Gloria Pires y buscarla en los anuncios que serpenteaban la gigantesca avenida Paulista. Un tramo más allá, estiraba el cuello para encontrar los ojos de Vera Fisher y Maite Proenca (si en ese tiempo hubiera existido Google, ambas hubiesen sido las más buscadas en la categoría “milfs”). Ellas, junto a Malu Mader, Taís Araujo, Letícia Sabatella, Sonia Braga, y muchas más, eran el equivalente femenino al estereotipo del chico malo que tanto fascinaba a mis amigas. Nos magnetizaban hasta dejarnos sin respiración, o babeando, para ser más exacto.

Por eso, mi homenaje a las novelas brasileñas es un intento de hacer justicia con mis recuerdos formativos y entrañables. Pero, además, es una forma epidérmica de revalorar un género que puede ser muy útil para construir nuevos sentidos comunes en la sociedad. Trabajar en cambiar las historias de sangre fácil, burlas estereotipadas y personajes de consumo, por relatos de gran alcance, abstracciones suburbanas y preguntas shakesperianas que nos destapen el cerebro y el corazón. Sería una gran apuesta que nos permitiría evaluar nuestras opciones en la TV nacional y recuperar el espectro de la comunicación de masas para transformar el imaginario nacional y popular.

Para los interesados, comparto una lista de las novelas y actrices de mi buen recuerdo. Todo muy variado.

  1. La próxima víctima. Una novela fuera de serie

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2. Dueño del mundo. Odiarás al actor principal.

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3. Vereda tropical. Hermosa novela popular que mezcla amor plebeyo y futbol.

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4. Fiera Radical. Malu Mader es todo.

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5. Ti ti ti. Cómica y dramática

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6. Uga uga. Comedia y situaciones bizarras.

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8. El Clon. Existencialista (casi)

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9.Top model. Insisto, Malu Mader es todo.

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10. El rey del ganado. El maestro, Antonio Fagundes

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11. Pantanal. Drama inigualable.

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12. Doña bella. Maite Proenca lo dice todo.

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13. La reina de la chatarra. Extraordinaria (desde la canción de intro)

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14. Vale todo. Antonio Fagundes, de nuevo.

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15. El color del deseo. Comedia de amor mezclado con dramas sociales.

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15. Lazos de familia. Se adelantó a los síntomas de la época.

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