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FLOTA, CISNE, FLOTA

¿Qué lleva a un genio escoger la muerte antes que la vida? ¿Qué pulsión instiga a la curiosidad por saber lo que hay más allá del tiempo y de los hombres?

Dos hombres se recriminan entre murmullos su destino. Uno de ellos, que es de Dublín y que acaba de escribir un libro que será memorable, le dice al otro: “¿Y si nos arrepintiéramos de haber nacido?”. El otro, que es también de Dublín pero que no lo sabe, le responde: “Es tan largo morir…”.

Paul Valery mira por su ventana y dice: “Debo escoger entre el polvo y el vaho o lo que hay detrás. Y escojo”.

Los nombre que vienen son algunos, solo algunos de los que escogieron ver lo que hay detrás de esa ventana que da a los insondables territorios de la muerte. No esperaron que la ventana se abriera; la echaron abajo con sus propias manos. No los animaba la curiosidad, sino una extraña pulsión que era parte entrañable de sí mismos. El vaho despareció y se asomaron, por fin, al tiempo inasible. ¿Pasado, presente, futuro? Quién sabe…

Por: Jorge Alania Vera

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

Arguedas

Antes de pegarse un tiro la mañana del 28 de noviembre de 1969, José María Arguedas había dispuesto todo para que su decisión no contraria a nadie, ni siquiera a quienes iban a ocuparse de los más mínimos detalles de sus pompas fúnebres. En el oficio diurno de su muerte guardó un lugar para la indecible letanía de la música. Mientras el féretro era introducido en el nicho perpetuo y polvoriento, la multitud llorosa cantaba a viva voz los huainos que él mismo había escogido —Warma kuyay— y que acompañaron a su corazón de niño hasta el jardín del Edén de Dios y de los huérfanos.

Su depresión era tan honda como permanente. Cierto día uno de sus amigos le preguntó: “¿Qué podemos hacer para que no te mates?”. Y él respondió sin titubear: “Impidan la llegada de los españoles”. Pero los españoles llegaron como la muerte de su mamá y los atropellos del hermanastro. Y él sin saber qué hacer corrió y corrió despavorido hasta alcanzar el riachuelo y luego la chacra y luego el vasto páramo de la literatura y del silencio hasta que un día más triste que otros días todas las sangres le latieron demasiado fuerte dentro del pecho y los ríos profundos de su heredad y de su vida desembocaron con inimaginable furor en el encrespado mar de sus angustias y el zorro de arriba y el zorro de abajo aullaron en su derredor como jamás lo habían hecho y él —“un animal de los llanos fríos perdido en tierras calenturientas y extrañas”— sintió, como Vallejo, que “no poseía nada para expresar su vida sino su muerte”, y entonces la expresó sin decir palabra ni silencio.

SILVIA PLATH

Silvia Plath

Vivió en una campana de cristal que ella misma describió meticulosamente en un libro que firmó como Victoria Lewis y que al final convirtió (ya derrotada para siempre) en una letal cámara de gases. El horno encendido, la llave abierta, la cabeza que cruje: “morir es un arte y yo lo hago excepcionalmente bien”, había escrito en su último poemario. Y en su última nota antes de partir: “debería haber un ritual para nacer dos veces”.

No nació dos veces, por cierto pero sí murió muchas más. Primero con su padre a la edad de diez años y luego con sus poemas enigmáticos y lúgubres como un cementerio. Su locura latente, sin embargo, probaría que, de alguna manera, había muerto incluso ya antes ahogada en los pantanos de su sangre y de su heredad. Tenía solo treinta años, una obra pródiga y dos pequeños hijos, pero aun así quería a toda costa ser “reparada, remendada y con el visto bueno previo volver a la carretera”.

La carretera (de Boston o de Londres) sigue estando allí, pero ella ya no. Agotada de esperar esa reparación eligió marcharse esa hermosa mañana de 1963 con alguien que la esperaba trémulo, incesante, en la brasa más vívida del horno de su casa.

MARTÍN ADÁN

Martín Adán

Vivió algo más de setenta años, la mayoría de los cuales los pasó en manicomio recluido por voluntado propia, consciente de que —como lo dejó grabado en un verso— aquel que se quería salvar debía asirse bien a su grito. Así lo hizo y se pasó la vida entera matándose, abrazado a su propia voz y a todo lo que esa voz traía y evocaba. Era su plenilunio, pero él sabía que era nada.

Su nombre sonaba aristocrático, pero decidió cambiárselo por aquel otro con el que sería reconocido durante más de cincuenta años en las tabernas de Lima y en el vestíbulo del hospital para enfermos mentales de Magdalena, en el que, de cuando en cuando, algún curioso preguntaba por él: Martín Adán. El mono y el hombre en una lucha desigual e insoportable que nutrió su monólogo interior y que algunas veces salió a luz en los poemas que conocemos.

Estaba perdidamente enamorado de las estrellas (¿quién, si no, podría escribir: “desde antes del tiempo Dios me espera”?), pero también tan hundido en el barro que no intentó jamás alzar vuelo. Solía decir: “Lima tiene muy hermosos crepúsculos, por ejemplo yo”. Una tarde, en medio de los locos y de los predestinados, ese crepúsculo se ocultó por última vez. Alucinante y rojo sigue hasta ahora allí, en el patio del sanatorio que por más de cincuenta años fue su madriguera, su jardín, su casa con gladiolos y claveles.

GILLES DELEUZE

Gilles Deleuze

Tenía una extraña clarividencia y un sentido casi místico del coraje. Mató al Sujeto en sus textos y en sus encendidos panegíricos, pero fue consciente de que todo leopardo muere con sus manchas, por lo que convivió con él hasta el último día en que, harto de no saber cómo respirar, se lanzó desde la ventana de su departamento de la avenida Niel, en París, tal como suelen los leopardos lanzarse ávidos pero inocentes sobre sus presas. Había, a sus setenta y tantos años, más que escrito, vivido una obra. Miche Foucault dijo que él fue el único espíritu filosófico de Francia.

La vida como resistencia: ese ha sido su gran legado. Porque es vida, impulso hacia delante, horizonte perpetuo, la vivió buscando y acechando desde su guarida nocturna. Lobo de la estepa o leopardo de los bosques, lo mismo da, porque lo que queda son el nombre y sus significantes: Gilles Deleueze, el Levante, la noche, el ruboroso aire.

LOS TRÁGICOS RUSOS

Serguei Esenin.

Serguei Esenin.

Su época no fue lírica (la frase es de Trotsky), pero su mérito está en que aun en medio de las vicisitudes de las guerras y las perplejidades de la sangre, cantaron el amor y el dolor de la gente e hicieron que ese canto tuviera un eco colectivo que se escuchó como el murmullo de un abedul sobre la vasta estepa. “Envidio a aquellos a quienes la vida empuja a luchar”, escribió Serguei Esenin, que trató de luchar y que no pudo.

Abrumado por el deber y por la culpa se dio muerte, pero antes escribió: “Morir no es nada nuevo y vivir tampoco nada nuevo es”. Maiakovsky, a quien la vida empujaba a luchar en ese instante, le respondió: “Morir es difícil, pero vivir es mucho más difícil”. Tanto, que una fría mañana de abril se disparó un escopetazo. “No está bien, Serguei; no está bien, Volodia”, les increpó a los dos Marina Tsvetáieva y unos años más tarde se colgó de un árbol, tal vez el único cuya sombra no pudo ver y sentir como tantos otros en las afueras de su casa.

Esenin quería vivir pero algo lo empujaba a hacer realidad el título de uno de sus primeros libros: Ritual para la muerte. En los pocos años de su azarosa existencia no hizo otra cosa que ensayar ese ritual, empeño en el que, sin duda, lo ayudó Isadora Duncan. Maiakovsky no quería escribir en silencio y por ello tituló su último e inacabado libro Hablando a gritos. Él, que quiso ser un soldado de las letras, escribió a gritos y por eso un día no pudo más con su fusil y lo volvió contra sí mismo. Martina Tsvetáieva escribió el poema de la montaña cuando algo ya le decía desde muy adentro que jamás iba a poder ascender a ella. Por eso, en 1926, quince años antes de su muerte, en la insondable inmensidad de su propia llanura y tan lejos de la cima, empezó a escribir unos versos que, visionariamente, quedarían registrados en un libro que llamó desde el principio El poema del fin.

SCOTT FITGERALD Y ZELDA SAYRE

Scott Fitgerald y Zelda Sayre

“Flota, cisne, flota”, le gritó Francis Scotte Fitzgerald a Zelda Sayre unos instantes antes del naufragio. Pero el ave de sus sueños y de sus soledades no flotó. Como Jeanne Hebuterne (el cisne de Modigliani), se ahogó en el lago de la desesperación y la locura. Y no solo eso: algunos años después su largo cuello alado se consumió para siempre entre las llamas, cuando la clínica psiquiátrica en donde estaba confinada se incendió. Era 1948, pero desde el 30 (y tal vez antes) ella ya había empezado a ser un túmulo de delirios y de cenizas.

“Olvida el pasado, da la vuelta despacio en las aguas en las que te mueves y regresa”, le dijo en una carta fechada en 1931 y que ella llevaba consigo en su último día. Pero el cisne no se pudo detener y siguió de largo. En el estrecho horizonte ya acechaban la hoguera y el silencio. El hombre al que amó todo lo que ella sabía amar (y que era tan poco), le había dicho que la vida era solo un continuo proceso de deterioro, pero también que la vitalidad se revelaba no solamente en la capacidad de persistir sino en la de volver a empezar. Ninguno de los dos lo pudo hacer. Uno destruido por el alcohol y el otro abrasado por la locura. Pero la huella que el cisne dejó en el lago y la que él imprimió en sus libros es aún querida y visible para muchos.

JHON KEATS

Jhon Keats

El ruiseñor, cuyo nombre suena tan bello en todas las lenguas, le enseñó que la muerte es también belleza. “Siento que las flores crecen en mi cuerpo”, dijo unos meses antes de morir, cuando en la lucidez de la fiebre se preguntó: “¿Cuándo acabará esta vida póstuma?”. La caballeriza de la infancia, los grises muros de los hospitales, la golondrina del ardiente verano, la posada de Swan and Hoop como el pequeño pesebre, el trabajoso título de boticario, la víspera inacabada de Santa Inés: “La belleza es verdad, la verdad es belleza; eso es todo lo que necesitas saber”. Y él lo supo, a pesar de haber dicho que no sabía ni había escrito nada.

Tuvo dos grandes pasiones en la vida y a ellas dedicó sus versos más memorables: Fanny Brawne y el ruiseñor de la ventana abierta. A Fanny la conoció en 1918, al ruiseñor en la primavera de ese mismo año. A ambos trágicos amores debemos los versos más hermosos de toda la lírica inglesa. El ruiseñor, el mismo del jardín de Hampstead, el único ruiseñor que ha existido siempre, se para de cuando en cuando en su tumba. Fanny no, pero las cartas que le escribiera en esos años trémulos están con él hasta hoy bajo la hierba verde. No las quiso leer. No las pudo leer en las vísperas de la hora suprema, cuando el pájaro del sueño (nightingale) se posa sobre las ramas del árbol Bo y canta hasta morir.

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